S
iempre es un peligro generalizar, más que nada por
lo que puede acarrear de injusto. Y pecar de injusto
en estas pocas líneas en cuanto a las puntualizacio-
nes que sobre un cuerpo tan entrañablemente cer-
cano a nosotros como es el de los Agentes Forestales (o
Guardas Forestales, nombre que todavía recibe en algunas
Administraciones, si no Guardas Rurales, Agentes Rurales o
Agentes del Medio Natural) nos parecería imperdonable.
Claro que, con todo el respeto del mundo, en estos mo-
mentos se asiste a una especie de explosión reivindicativa
que se propaga con rapidez y, a veces, se aventa con ciertas
dosis de demagogia barata. Las primeras chispas se prendie-
ron hace ya años en algunas Comunidades Autónomas.
Dieron lugar a experimentos que no siempre funcionaron
debidamente, al menos en sus inicios. Pero el tiempo, junto
a los tanteos y retoques precisos, han ajustado disfunciones,
cortado flecos y sofocado incendios, de manera que las nue-
vas vías abiertas ya parecen estar debidamente consolida-
das (sin entrar aquí a juzgar su bondad).
Lo razonable sería que cada vez que se buscaran nuevas
normativas en materia de estructura del Cuerpo de Agentes
Forestales (o como quiera que se llamen) en las diferentes
CC.AA. se tuvieran en cuenta los ensayos previos, para lo
que no hay como mirar a los que ya están de vuelta, con el
fin de incorporar los logros sin tener que recorrer sendas es-
pinosas.
Porque se da el caso de que las actitudes desde las que se
pretende exigir nuevas funciones en ciertas CC.AA. distan de
ser elegantes o, al menos, apacibles. Estamos hablando de
Cuerpos emergentes, poderosos en cuanto a número (si lo
comparamos con los exiguos efectivos de los cuerpos técni-
cos), en los que militan profesionales de índole diversa (en-
tre los cuales, como es natural, proliferan los Ingenieros
Técnicos Forestales), no tan sólo procedentes de las escuelas
de Capataces Forestales o similares de Formación
Profesional. Quizás sea ésta una de las causas por las cuales
tantos Agentes o Guardas Forestales de hoy en día buscan en
realidad dejar de serlo para integrarse como jefes de una es-
pecie de administración técnica paralela, mejor si para en-
trar en la misma se les habilita alguna puerta falsa (simi-
lar a las que a veces se han practicado para escalar en los
grupos, sin que nadie haya mostrado reticencias o puesto
impedimentos).
Claro que para formar parte de aquélla no cuentan con
los técnicos de los diferentes organigramas de la
Administración correspondiente, que al parecer pertenecen
a otro mundo cargado, a su entender, de las más variopin-
tas lacras-, sino que en sus proclamas se manifiesta bien a
las claras el deseo de actuar por su cuenta y riesgo, casi de
forma autogestionaria, para lo cual no dudan en investirse
en los nuevos detentadores de la verdad, ángeles custodios de
la Naturaleza, cruzados guardianes de la pureza del medio,
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
1
EDITORIAL
Los cuerpos emergentes
de agentes forestales
En estos momentos se asiste a una especie de explosión reivindicativa
que se propaga con rapidez y, a veces,
se aventa con ciertas dosis de demagogia barata.
Lo razonable sería que cada vez que se buscaran nuevas normativas
en materia de estructura del Cuerpo de Agentes Forestales
se tuvieran en cuenta los ensayos previos, con el fin de incorporar
los logros sin tener que recorrer sendas espinosas.
abanderados de la honestidad en el supuestamente corrupto
mundo de las administraciones públicas.
Uno de los métodos de exclusión a los técnicos consiste en
el desprestigio: cualquier acción puesta en práctica por los
mismos se pone en tela de juicio de inmediato, se procesa y
se condena, sin tener reparo en ocasiones en emplear méto-
dos poco ortodoxos durante el procedimiento, entre los que
no son excepcionales las acusaciones calumniosas y las acti-
tudes desleales. El caso es que, a su parecer, la gestión fores-
tal institucional no se encuentra con las actuales escalas de
técnicos en buenas manos (como si no tuviéramos bastante
con las continuas descalificaciones que parten de algunos re-
calcitrantes sectores del mundo del ecologismo). Todo es
cuestionable, pero lo que está claro es que con los magros
medios disponibles (y el escaso apoyo de las instancias supe-
riores, que prefieren invertir en personal "de campo" y su-
mir en el "abandono" al cuadro técnico) bastante se hace.
Ahora bien, si para la gestión ambiental o meramente fo-
restal ya no es factible contar con el personal que se en-
cuentra sobre el terreno, nos espera a todos, a la vuelta de la
esquina, el más triste de los fracasos. El mismo que le depa-
ra el futuro a este personal de nuevo cuño en el momento en
que se vea obligado a incrementar su trabajo y enmarañar-
se en el papeleo que cada día genera esa gestión del medio
que pretende ostentar, sin contar con las nuevas responsabi-
lidades que tendrá que afrontar. Los tiempos, tenidos con
frecuencia por idílicos -tanto por agentes forestales como por
técnicos- en los que se trabajaba por administración han pa-
sado a los cajones de la historia, junto a otros que encierran
a las tristes épocas del abuso y el paternalismo humillante,
a pesar de que todavía se llegan a invocar sin sonrojo como
excusa para las demandas actuales (ahora que no pueden
sacarse a la palestra los míseros sueldos, desaparecidos tiem-
po ha, no así tantas prebendas compensatorias).
Estas líneas son susceptibles de originar enfados y con-
troversias. Para evitarlo cabría la acostumbrada opción de
callar (y otorgar, echando mano del refranero), o la de con-
tinuar oteando el horizonte desde nuestra torre de marfil
minada de caries como si el asunto no nos incumbiera; pero
las cosas están llegando en algunas CC.AA. demasiado lejos.
No se trata de obstaculizar las legítimas aspiraciones de los
diferentes Cuerpos de Agentes Forestales, sino de denunciar
que tales aspiraciones no son siempre todo lo legítimas que
se pretende, y que a veces entran en la categoría de lesivas
para los intereses del colectivo de técnicos. Sin olvidar el
ejercicio de la saludable autocrítica que desde estas páginas
siempre propugnamos: hay que ver qué hemos podido hacer
mal y, en su caso, corregirlo.
Así que, por el bien de todos, caminemos con pies de plo-
mo, no en lo pueda significar de lentitud, sino de prudencia.
Es necesario determinar con todo detalle el reglamento con
las funciones de los Agentes Forestales, no sea que al final
queden desvalidas las que nadie quiere y tan sólo se atien-
dan las que resulten más gratificantes: el monte no está pa-
ra satisfacer caprichos; ni para dejarlo al albur de decisiones
políticas irresponsables, interesadas o medrosas.
Retomemos la línea inicial: hay que mirarse en el espe-
jo de lo que ha cambiado para calibrar éxitos y fracasos y
arbitrar, en su caso y siempre que sea en verdad necesario,
nuevas vías. Pero éstas no pueden convertirse en trampoli-
nes para Agentes Forestales con títulos universitarios con los
que pretenden hacer carrera en la Administración, no sólo a
costa de los técnicos que ahora los detentan, sino incluso a
la de sus propios compañeros que carecen de aquéllos.
Porque no es necesariamente mejor Agente Forestal el que
tiene un diploma universitario aunque esté relacionado
con nuestro ámbito profesional, lo que no siempre sucede-
enmarcado en la pared, sobre todo si carece de la más míni-
ma vocación para ejercer sus menesteres.
Lo más triste es que da la sensación de que existe un cu-
rioso empeño en recorrer las sendas más pinchudas. Mas es-
peremos que se imponga la sensatez, y que la actual desco-
nexión no derive en incomunicación completa. No nos pode-
mos permitir el lujo de echar por tierra un camino recorri-
do hombro con hombro durante tantos años que cualquier
intento de divorcio no puede resultar sino traumático y, por
ende, doloroso. Y, desde luego, el maltrecho medio natural
que nos toca a todos proteger ya no está para estos trotes.
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n.
o
26, 2
o
trimestre 2004
Es necesario determinar con todo detalle el reglamento con las funciones
de los Agentes Forestales, no sea que al final queden desvalidas las que
nadie quiere y tan sólo se atiendan las que resulten más gratificantes.
Las nuevas propuestas para Agentes Forestales no pueden
convertirse en trampolines para aquellos que tienen títulos universitarios
con los que pretenden hacer carrera en la Administración,
no sólo a costa de los técnicos que ahora los detentan,
sino incluso a la de sus propios compañeros que carecen de aquéllos.