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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
9
L
a utilización de esta nueva modalidad energética
dio paso a la revolución industrial del siglo XIX. Las
máquinas permitieron un gran progreso. Liberaron a
muchos humanos del trabajo manual, que pudieron
hacer labores más intelectuales. Como consecuencia, en los
últimos 150 años se han asentado las bases del desarrollo
científico (química, física, biología), se ha producido un gran
desarrollo tecnológico (motor vapor, motor explosión, energía
nuclear, conquista del espacio, etc.) y se han mejorado
enormemente las condiciones sanitarias de la población
(vacunas, antibióticos, etc.). Todo ello ha dado lugar a un
aumento muy importante de la esperanza de vida, hasta 75-
80 años, y a un crecimiento demográfico espectacular. Antes
de este período, en la Tierra había cerca de 500 millones de
personas. Ahora ya somos más de 6.300 millones (Figura 1)
y estamos aumentando a un ritmo de 70 millones por año.
¿Estamos ante
un cambio climático?
Joan O. Grimalt y Belén Martrat
Departamento de Química Ambiental
Instituto de Investigaciones Químicas y Ambientales de Barcelona
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
La humanidad, a lo largo de su evolución,
ha conseguido desarrollar usos energéticos
nuevos. A principios del siglo XIX los
humanos aprendimos a obtener trabajo a
partir del calor con la ayuda de máquinas.
Este uso energético, que para muchos de
nosotros puede parecer obvio, no es accesible
a ninguna otra especie viva. Para conseguirlo
es preciso sortear el segundo principio de
la termodinámica, que dice que la entropía
tiende a aumentar en todo proceso
debidamente aislado. Las máquinas que
hemos inventado los humanos permiten
"engañar" a este principio mediante el gasto
de un exceso de energía. En las centrales
térmicas, un tercio de la energía generada en
forma de calor (la proveniente de quemar
cosas) se transforma en electricidad. El resto
se gasta al refrigerar la caldera y todo
el sistema o se pierde por la chimenea.
Se puede aprovechar una parte del calor de
refrigeración para calentar uno o varios
edificios circundantes pero no como trabajo.
En todos los procesos en que se obtiene trabajo
a partir del calor se debe pagar el peaje de
disipar al medio ambiente una gran parte de
la energía producida, que no se aprovecha.
CAMBIO CLIMÁTICO
Figura 1. Evolución de la población humana del mundo
a lo largo de los últimos 6.000 años.
LA FIRMA DE
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10
n.
o
32
Entre estos 6.300 millones, no todo el mundo gasta ener-
gía por igual, porque no todos tenemos el mismo grado de
desarrollo económico. El hombre tecnológico, nosotros, gas-
ta, per cápita, por encima de doscientas veces más energía
que el hombre primitivo.
Este consumo tan elevado puso pronto de manifiesto que
con la madera de los bosques no había suficiente, y se empe-
zó a extraer, en el siglo XIX, el carbón del subsuelo; después,
en el siglo XX, el petróleo; y recientemente, a finales del siglo
XX e inicios del XXI, el gas natural. Hoy por hoy, el 85% de la
energía que gasta nuestra civilización se obtiene a partir de
estos recursos energéticos fósiles. Al gastarlos utilizamos un
recurso no renovable. Este gran consumo de recursos fósiles
ha dado lugar a un aumento importante de CO
2
en la atmós-
fera. En los últimos 150 años, la concentración de este gas
se ha elevado unas 90 partes por millón debido a la acción
humana. Este incremento es equivalente al ocurrido de forma
natural cada vez que nuestro planeta ha pasado de época
glacial a época interglacial (Figura 2). No sólo eso, sino que
la concentración actual de CO
2
(375 partes por millón) es
más alta que la observada en todas las épocas interglaciales
(280 partes por millón) y glaciales (190 partes por millón)
del Cuaternario. El planeta se encuentra en la actualidad en
unas condiciones totalmente imprevistas según la evolución
natural. No existe equivalente de concentraciones tan altas
de CO
2
en la atmósfera en el pasado reciente.
El CO
2
es un gas de efecto invernadero, y por ello genera
un efecto de "manta térmica" en la atmósfera. A mayor con-
centración de este gas, mayor temperatura. Hay otros gases
de efecto invernadero, como por ejemplo el metano, óxidos
de nitrógeno y los freones. Se ha observado un incremento
de la concentración atmosférica de todos ellos a partir de la
revolución industrial.
Los datos de los científicos muestran que, con una proba-
bilidad del 95%, la temperatura media de las últimas décadas
es superior a la observada en los últimos 1.000 años. Como
consecuencia de este aumento (hoy por hoy, del orden de
0,6
o
C), se ha detectado un deshielo generalizado que se
puede identificar fundamentalmente en las montañas, pero
que también se observa en los polos norte y sur. Debido al
deshielo de las zonas continentales y al aumento de tempe-
ratura del agua, el nivel del mar está subiendo. Por ejemplo,
medidas hechas en la costa este de América del Norte mues-
tran un incremento de 25-30 cm en el siglo XX.
A pesar de ello, nos encontramos únicamente en el inicio
del proceso. El Panel Internacional sobre el Cambio Climático
(IPCC, un grupo de estudio que reúne los trabajos de unos
2.000 investigadores de todo el mundo) predice para finales
de siglo niveles de CO
2
entre 500 y 950 partes por millón.
Estos incrementos darán lugar a un incremento de las tempe-
raturas medias entre 1,4 y 5,8
o
C respecto a 1990 y subidas
del nivel del mar de entre 9 y 88 cm.
Estas predicciones, a pesar de su tono apocalíptico,
en realidad no reflejan ningún problema importante para la
naturaleza considerada en su conjunto. Cualquier experto
sabe que los ecosistemas terrestres y marinos siempre han
estado bajo la acción de un clima cambiante y que se pueden
adaptar perfectamente. Sin embargo, los humanos basamos
nuestro desarrollo en el mantenimiento del statu quo climáti-
co. Por ejemplo, si se considera con la perspectiva temporal
adecuada, el avance o retroceso de la línea de playa en unos
500-1.000 metros no tiene ninguna importancia a nivel na-
tural. Sin embargo, a nivel económico sus efectos son enor-
mes. Lo mismo se puede decir de muchos otros fenómenos,
como la nieve de las montañas o la sequía.
Por otro lado, los humanos estamos ocupando espacios
que antes quedaban libres precisamente porque no era se-
guros (por ejemplo, zonas propensas a recibir avalanchas
de lodo en caso de huracanes, etc.). La existencia actual de
colectivos cuyo bienestar depende de la estabilidad de las
condiciones climáticas hace que cualquier cambio o catástro-
fe local pueda provocar efectos devastadores.
Un mecanismo principal en el funcionamiento del clima es
la circulación termohalina. Ésta se debe fundamentalmente a
la acción de la corriente del Golfo, que recoge agua del mar
Caribe, baña parte de la costa este de América del Norte
y transporta calor hacia el margen oeste europeo. Estas
aguas cálidas y salinas provenientes del Caribe, al llegar a
las zonas de plataforma de los mares nórdicos se enfrían
rápidamente, se hielan, el viento aumenta la evaporación de
forma que se tornan muy densas, se hunden y se forman
aguas profundas (a una velocidad de hasta 15 millones de
metros cúbicos por segundo) y se libera a la atmósfera el
calor transportado. Estas aguas pueden llegar a aumentar la
temperatura del aire hasta 10
o
C en las regiones europeas a
donde llega su influencia.
Figura 2. Concentraciones de CO
2
en las épocas glaciales e interglaciales
(sin influencia humana) y nivel actual al que se ha llegado
debido a las emisiones humanas.
Playa de San Antolín de Bedón (Asturias)
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
11
Este mecanismo oceánico, que supone un intercambio de
calor y sal entre las zonas cálidas ecuatoriales y frías de alta
latitud, es típico de los periodos interglaciales. Durante los
periodos glaciales, no era operativo en forma significativa.
La puesta en marcha y parada de la circulación termo-
halina puede ocurrir en intervalos de tiempo muy cortos (de
decenas de años), mediante cambios bruscos. En el pasado,
dichos cambios conllevaron una reorganización del clima en
todo el hemisferio norte. Por ejemplo, en las aguas del mar
de Alborán tuvieron lugar cambios de hasta 6
o
C en interva-
los de menos de 1.000 años (Cacho et al., 1999), a la vez
que ocurrían variaciones equivalentes en las condiciones
atmosféricas de Groenlandia. Se trata de cambios climáticos
a gran escala extraordinariamente rápidos y abruptos.
Recientemente, otro estudio realizado en el mar de
Alborán ha puesto de manifiesto que este tipo de variabi-
lidad climática brusca se produjo también en los períodos
interglaciares. Las oscilaciones de temperatura de las aguas
superficiales fueron de hasta 10
o
C en pocos centenares de
años (Martrat et al., 2004; Figura 3). De acuerdo con estos
resultados, la frecuencia de las transiciones bruscas fue
menor durante el último interglaciar, pero su intensidad fue
significantemente mayor en relación a aquellas acontecidas
durante la época glacial.
Así, la introducción creciente de agua dulce en el mar
del Norte y el océano Ártico debida a la fusión de los hielos
allí presentes puede dar lugar a una dilución fuerte del agua
transportada por la corriente del Golfo y, por tanto, a una
gran pérdida de la densidad del agua que se encuentra a
latitudes altas del Atlántico Norte. Si ello ocurriere, la deses-
tabilización del clima en que vivimos ahora seria enorme, y
el hemisferio norte iría a un episodio glacial que podría durar
unos cuantos miles de años.
En este sentido, observaciones en el Atlántico Norte in-
dican una reciente desali-
nización de las aguas del
mar del Norte y el océano
Ártico y, consecuentemen-
te, una disminución en la
producción de agua pro-
funda atlántica (Hansen et
al
., 2001). Esta situación
acarrearía una reducción
en el aporte calorífico ha-
cia el norte de Europa por
la corriente del Golfo, y
así lo indican observacio-
nes recientes, según las
cuales este flujo se ha po-
dido reducir hasta un 30%
en los últimos 60 años
(Bryden et al., 2005).
Este mecanismo quizá ya
ha actuado como freno al proceso de calentamiento global
desencadenado por los crecientes gases invernadero.
Puede parecer paradójico, pero es posible que debido al
efecto invernadero por el aumento del CO
2
el planeta viviese
otro episodio de glaciación en el hemisferio norte en un plazo
breve de tiempo. Esta información contrasta con el hecho
constatado de que el aumento de los gases de efecto inver-
nadero está dando lugar a un calentamiento del planeta, tal
como ya se puede constatar hoy en día y predice el IPCC.
Sin embargo, la predicción del IPCC se ha elaborado a
partir de la extrapolación de la situación climática actual,
suponiendo que los procesos climáticos esenciales no cam-
biarán a pesar del gran aumento de CO
2
en la atmósfera y
que simplemente tendremos una transición suave hacia la
situación de mayor temperatura atmosférica debido al efecto
invernadero. Esta suposición no se basa en ningún principio
científico; simplemente es la hipótesis más razonable ante la
falta de datos sobre la posibilidad de alteraciones del siste-
ma climático actual.
Figura 3. Comparación del registro de temperaturas atmosféricas de Groenlandia (eje izquierdo, perfil gris claro) y la temperat-
ura superficial de las aguas del mar de Alborán (eje derecho, línea negra) a lo largo de los últimos 125.000 años. Datos a partir
de North Greenland Ice Core Project Members (2004) y de Martrat et al. (2004).
Referencias
Bryden, H. L., Longworth, H. R. and Cunningham, S. A. (2005)
Slowing of the Atlantic meridional overturning circulation at 25
o
N.
Nature 438, 655­657.
Cacho, I., Grimalt, J. O., Pelejero, C., Canals, M., Sierro, F. J.,
Flores, J. A. and Shackleton, N. J. (1999) Dansgaard/Oeschger and
Heinrich event imprints in the Alboran Sea paleotemperatures.
Paleoceanography 14, 698-705.
Hansen, B., Turrell, W. R. and Østerhus, S. (2001) Decreasing
overflow from the Nordic seas into the Atlantic Ocean through the
Faroe Bank channel since 1950. Nature 411, 927-930.
Martrat, B., Grimalt, J. O., López-Martínez, C., Cacho, I., Sierro,
F. J., Flores, J. A., Zahn, R., Canals, M., Curtis, J. H. and Hodell, D. A.
(2004) Abrupt temperature changes in the western Mediterranean
over the past 250,000 years. Science 306, 1762-1765.
North Greenland Ice Core Project members (2004). High resolu-
tion record of Northern Hemisphere climate extending into the last
interglacial period. Nature 431, 147-151
background image
LA FIRMA DE
12
n.
o
32
L
a tibieza con la que se está afrontando este problema
contrasta con la gravedad del mismo, teniendo en
cuenta la capacidad potencial de un cambio de
clima a gran escala para provocar un desastre de
imprevisibles consecuencias si la respuesta no es lineal o
se salta bruscamente a un estado preglaciar (teóricamente
posible e incluso probable según los registros paleoclimáticos).
Sólo esta posibilidad debería hacer que se sometiese a
una profunda revisión nuestro modelo de desarrollo que,
hoy por hoy, no parece compatible con la estabilidad del
entorno. Ante cualquier duda sobre la existencia real de
esta modificación climática puede consultarse la siguiente
dirección web que corresponde al Departamento de Comercio
de la administración norteamericana, muy poco sospechosa
de alarmista y bastante equilibrada en sus apreciaciones:
http://www.ncdc.noaa.gov/oa/climate/globalwarming.html.
El efecto invernadero es el responsable en primera
instancia de que haya vida, tal y como la conocemos, sobre
la Tierra, y el modelo que lo explica está bien validado
físicamente, analizando el balance de la radiación recibida y
emitida por el planeta. Si las condiciones del entorno en el
que actúa se modifican, este proceso natural tiene capacidad
para provocar un cambio climático que se puede estudiar a
través de sus bases teóricas (Modelos de Circulación General
de la Atmósfera, GCM) o analizando la evolución de los datos
instrumentales. Se puede decir en este momento, con poco
margen de error, que la Tierra durante los dos últimos siglos
se encuentra en una fase de calentamiento correlacionado
con un aumento sostenido de la concentración de CO
2
atmosférico en más de un 30% y de otros gases traza,
muchos de ellos nunca presentes anteriormente.
En las últimas décadas, la temperatura media de la
superficie terrestre ha subido 0,6
o
C ± 0,2
o
C. En la
Península Ibérica y Baleares los modelos locales calibrados
y verificados hasta el entorno del año 2050 estiman que la
temperatura media subirá aún 1,5
o
C más. Además, se ha
producido en España un aumento de sucesos extremos de
precipitación; de modo que se han alternado largos periodos
secos con años excepcionalmente lluviosos. En este contexto,
uno de los procesos previsibles es el desplazamiento de la
vegetación, y es en esa dirección en la que hay que estudiar la
mortalidad de árboles y arbustos observada en la Península
Ibérica, ya que ha sido relacionada con diversos episodios
de cambios en variabilidad, estacionalidad y tendencias
climáticas. En consecuencia, la predicción del comportamiento
de la vegetación a medio o largo plazo es un importante
problema científico actual que no debe ser soslayado.
En España, un gran número de especies parecen haber
sufrido una perturbación biótica y abiótica a gran escala,
sobre todo al sur del Sistema Central, donde el género
Quercus ha resultado muy afectado. Para comprender este
fenómeno y preservar la biodiversidad es imperativo el
conocimiento de los límites fitoclimáticos de existencia de
las especies autóctonas.
LA EVOLUCIÓN DEL CLIMA
H
asta hace pocos años, los GCM no contemplaban la incor-
poración de los efectos de los aerosoles y de los océanos,
dando estimaciones superiores a la subida real de las tempe-
CAMBIO CLIMÁTICO
La progresiva implantación de un Cambio
Climático Global es uno de los temas
candentes de la actualidad cuya realidad es
aceptada por sectores cada vez más
mayoritarios, tanto en la comunidad
científica como en la sociedad en general,
hasta el punto de provocar un importante
debate político con implicaciones menos
serias de lo que sería deseable.
Ángel Fernández Cancio*, A., Navarro Cerrillo, R.**, Fernández Fernández, R.**,
Calzado, C.**, Gil Hernández, P.*
* Centro de Investigación Forestal (CIFOR). INIA
** Departamento de Ingeniería Forestal, Universidad de Córdoba
El cambio climático y
la vegetación en Epaña
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
13
raturas. Los modelos AOCGCM (1998), acompañados de un
experimento de simulación climática, HADCM2SUL (1998) y
HADCM3SUL (2001), consideran estos efectos, y los ajustes
actuales se aproximan mucho más a la realidad climática.
El estudio de la evolución del CO
2
atmosférico muestra
una tendencia creciente, por el momento, suavemente acele-
rada, paralela a la subida global de temperaturas. No existen
indicios de que el proceso se amortigüe tendiendo a un punto
de inflexión por la acción de los esperados sumideros de CO
2
(mayor biomasa generada, acumulación de CO
2
en los océanos,
etc.). Por lo tanto, la autorregulación del calentamiento global
es poco probable. La tendencias desde 1980 de incremento
de la temperatura parece ajustarse más a un crecimiento expo-
nencial que a uno lineal, y también se incrementa la pendiente
que se observaba en la fase 1910-1940 y que fue contenida
por el efecto tampón de los aerosoles entre 1940 y 1980. En
todos estos fenómenos, la componente antrópica podría ser
predominante (Figura 2). No se descarta la existencia de un
efecto natural de carácter solar asociado, aunque no pueda
explicar la magnitud del incremento de temperatura registra-
do en la actualidad.
Figura 1. Anomalía de las Temperaturas en el Hemisferio Norte
durante los últimos 1.000 años
Las Maladetas, agosto de 2005, desde Gorgutes
Ricardo
Montón
Figura 2. Tendencia de incremento mundial anual de temperatura media en superficie
relativa al periodo de normalización 1951-1980 hasta el año 2004. Fuente: Goddard
Institute for Space Studies, NASA Goddard Space Flight Center Earth Sciences.
Se observa que el período de estabilización, dada su naturaleza posiblemente artificial,
podría no ser adecuado tomado como periodo de referencia. Un período de referencia
como 1880-1920 aumentaría la anomalía térmica en superficie.
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14
n.
o
32
En España los datos dendroclimáticos del último milenio
indican que hay un recrudecimiento de la alta variabilidad
climática que tuvo lugar en los siglos XVI y XVII, con la
diferencia de que mientras en estos siglos el episodio tuvo
un carácter seco y frío, en este momento es seco y cálido.
En ambos extremos se registra mortalidad de especies
en dehesa, por lo que la variabilidad climática derivada
de sequías siempre tiene una incidencia clara sobre los
ecosistemas. No obstante, los patógenos que actuaron en
el siglo XVI no deben ser los mismos que están actuando en
la actualidad, al menos Phytopthora spp., que parece que se
extendió por España en fecha posterior y que es el agente al
que se le achaca gran parte de los procesos de mortalidad
de carácter biótico. Así, en 1565, según cita de Font Tullot,
se encuentra una ordenanza real que dice "...se iban los
dichos montes disminuyendo en gran número, pues dehesas
que tenían muchos árboles de encinas y alcornoques en que
se engordaban muchos puercos, que ya no tenían ningún
árbol, y otras dehesas que les faltaba la mitad y más de
monte que solían tener de diez años a aquella parte
...".
En estas fechas hubo una perturbación climática notable,
pero ni los patógenos eran los mismos, ni la epidemiología
asociada tampoco. Por otro lado, la dendroclimatología
en todo el Hemisferio Norte indica una caída suave de la
temperatura durante el milenio (Figura 1), que tuvo su punto
álgido en la Pequeña Edad Glaciar (PEG) de los siglos XVI y
XVII. En la actualidad, la subida de temperaturas ya rebasa
la banda superior que registra en el milenio.
Al principio de la aparición del decaimiento forestal
masivo se pensó que se debía a la variabilidad natural
de los ecosistemas mediterráneos, pero actualmente la
continua presión térmica y las secas, sobre todo en el género
Quercus, que aparecen incluso en fases húmedas, pueden
indicar que las modificaciones termométricas antrópicas
están asociadas con estos fenómenos. En lo que respecta a
las variaciones pluviométricas, se desconoce en qué medida
son de origen natural y si son o no reversibles.
Si el proceso fuese natural y con tendencia al calenta-
miento, sería probable que fuese transitorio, reversible y
húmedo sin superar el fondo de 0,5
o
C a 1
o
C, como ha
sucedido en los últimos 2.500 años. Sin embargo, el calenta-
miento global del planeta parece ser sostenido en el tiempo e
irreversible, y es probable que alcance e incluso supere los 2
o
C de incremento térmico en nuestra latitud. Esta posibilidad
es potencialmente muy peligrosa, porque se está actuando
de forma continua y progresiva sobre parámetros que rigen
un sistema muy sensible, la atmósfera, pudiendo desenca-
denar dinámicas no lineales que paradójicamente pueden
concluir en un enfriamiento preglacial brusco y desconocido
en Europa en los últimos 11.000 años.
Las estimaciones del impacto local del cambio de clima
sobre España están actualmente calibradas y validadas con
un error que no supera ±0,2
o
C en la temperatura y un 10%
en la precipitación. Las tendencias locales a medio y largo
plazo podrían ser las siguientes:
A) El horizonte previsto para el intervalo 2021 a 2050
indica que las principales variaciones tienen un carácter esta-
cional, encontrándose diferencias con la actualidad en las
temperaturas; las cuales no parecen que subirán más de 2
o
C
en otoño e invierno en el área suroccidental, con un aumento
medio de temperatura entre 1
o
C y 1,5
o
C. El patrón biogeo-
gráfico de precipitación podría modificase bastante, aumen-
tando las lluvias invernales y primaverales en prácticamente
toda la península entre un 10 y un 40%, quedando el verano
sin grandes cambios y disminuyendo en la Cornisa Cantábrica
un 10% durante el otoño. Así, el patrón medio de precipitación
se mantiene como el actual en todas partes a excepción de
la zona suroccidental, que puede aumentar un 10%, menos el
valle del Guadalquivir, que lo haría en un 20%.
B) El horizonte previsto para el 2081-2099 prevé una
situación que cambia drásticamente, con incrementos tér-
micos que pueden alcanzar en media entre 4
o
C y 5
o
C,
con un aumento de la precipitación invernal que alcanza en
algunos lugares hasta un 60% y una disminución en otoño de
un 30% en otros. Así, el patrón medio mantiene subidas plu-
viométricas en casi toda la península de en torno a un 20%,
a excepción del País Vasco y parte de Cantabria, que sufren
una disminución de un 10%. Sin embargo, este intervalo
temporal parece menos fiable, sobre todo en lo que respecta
a la intensidad y distribución de lluvias.

Estos horizontes locales de trabajo (escenarios) deben
aplicarse a la vegetación para simular la seca y la reforesta-
ción en el año 2050. Se podría analizar un aumento máximo
de 2
o
C a 2,5
o
C según las cuencas hidrográficas y un aumen-
to no general de la precipitación de un 10%-15%, con variacio-
nes estacionales. No parece probable un aumento superior
de temperatura en esta latitud, pero no se debe desestimar
como hipótesis. En todo caso, el límite superior de tempera-
tura no debería rebasar los 4
o
C. En cuanto a la pluviometría,
si nos atenemos a la evolución actual del episodio climático
1980-2006, se observa también una tendencia moderada a
la disminución que quizá ronde en media entre un 5% y un
10%, con modificaciones estacionales muy importantes para
la vegetación, ya que tienden a disminuir las precipitaciones
primaverales y a aumentar las otoñales. La disminución de la
lluvia está bastante de acuerdo con la predicha por los GCM
aplicados al mediterráneo occidental. En cualquier caso, el
episodio de cambio parece lo suficientemente potente como
para que en el presente y en el futuro se produzcan modifica-
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
15
ciones en nuestras estructuras vegetales.
Como la mayor parte del impacto parece estar desenca-
denándose en la actualidad sobre el cuadrante suroccidental
español, donde gran parte del territorio está dedicado a la
dehesa con formaciones esclerófilas, el estudio de la fitocli-
matología de los Quercus mediterráneos puede determinar la
sensibilidad de los mismos ante estos escenarios de cambio.
CAMBIO CLIMÁTICO ACTUAL Y
POSIBLE ASOCIACIÓN CON LA SECA DE LA VEGETACIÓN.
L
os principales episodios climáticos que inciden en la vege-
tación a lo largo de los últimos cuarenta años en España
parecen ser:
- Aumento continuo y progresivo en la atmósfera de gases
responsables del Efecto Invernadero que actúan sobre la
fotosíntesis de las plantas
- Sequías recurrentes desde 1980 hasta la actualidad
inéditas en el milenio, con un máximo en 2005 y una clara
asociación con el decaimiento forestal
- Episodio húmedo anómalo en el milenio en las décadas
de 1960 y 1970, que determinaron que algunas repoblacio-
nes estuviesen fueran de estación o "poco prevenidas" ante
un deterioro climático
- Aumento global sostenido de las temperaturas desde
1980 próximo a 0,8-0,9
o
C o a 0,6 ± 0,2
o
C, según se con-
sidere el período de referencia 1880-1920 ó 1940-1980,
originando un estrés hídrico sostenido en las plantas. Límites
superiores termométricos locales y globales nunca alcanza-
dos desde que se poseen registros meteorológicos, sobre
todo en el intervalo 1990-2006, con ruptura de la estructura
interna de las series temporales termométricas del milenio y
de su capacidad predictiva
- Aumento de las temperaturas medias de las mínimas y
máximas (especialmente de las máximas) con modificacio-
nes en la epidemiología de patógenos y plagas
- Comportamiento anómalo respecto al milenio en los
patrones de distribución espacial de las precipitaciones,
aumentando las otoñales y disminuyendo las primaverales,
con importantes consecuencias en todas las formaciones
vegetales y, sobre todo, en la vegetación occidental que no
posee recursos hídricos en la estación que más los necesita
- Aumento de la variabilidad termopluviométrica interanual
con aparición de cursos anuales inéditos, a veces tan áridos
que resultan infrarbóreos o extrailicinos. Estos procesos
están muy asociados con las secas de la vegetación
- Aumento de la erosión y alteraciones edáficas
- Aparición de olas de calor, sobre todo en 1995 y 2003,
cuyas consecuencias sobre las plantas no son bien conocidas
Algunos aspectos interesantes de esta relación clima-secas
surgen del hecho de que las plantas permanecen inmóviles
y son vulnerables a modificaciones ambientales, expresadas
mediante parámetros fitoclimáticos medibles como son las
temperaturas, precipitaciones y la evapotranspiración o
aridez. Las plantas, a su vez, responden a las condiciones
ambientales adoptando biotipos determinados, modificando su
fisiología y desarrollando hábitos estacionales y fenológicos.
Los límites de los factores fitoclimáticos sirven para estudiar
y simular la aparición de secas.
En el Mediterráneo, el episodio que comienza en el siglo
XX se va transformando en una perturbación que cada vez
tiene más implicaciones térmicas, aunque lo más llamativo y
alarmante haya sido la ausencia de precipitaciones. La apari-
ción de decaimiento y mortalidad era algo desconocido desde
el siglo XVI, en plena Pequeña Edad Glacial, y determina que
el cambio climático se convierta en cambio fitoclimático.
La ruptura de un esquema de vegetación estática en
España está dando lugar a un sistema dinámico que, en
las proximidades de los factores limitantes, se muestra ya
altamente inestable y que, aunque quizá comenzó hace ya
tiempo, no ha sido detectado en gran escala hasta las últi-
mas décadas del siglo XX.
La anomalía en el régimen estacional de precipitacio-
nes, provocada por la alteración del ciclo hidrológico, puede
conducir a la alteración de la composición y estructura de la
vegetación. El proceso de variación estacional, especialmen-
te importante desde 1980, no ha sido hasta la actualidad
objeto de investigación profunda, y parece, sin embargo, de
gran importancia.
El aumento de la variabilidad climática general puede
provocar cambios bruscos en muy poco tiempo, desencade-
nando decaimientos y mortalidad de especies, debido a la
imposibilidad de una adaptación rápida o a alcanzar límites
letales. Son de destacar las secas abióticas aparecidas en
relación con las olas de calor de 1995 y 2003 y que no han
sido bien estudiadas.
En resumen, estamos ante un Cambio Climático Global
sumamente preocupante a todos los niveles y que en nuestra
área de conocimiento se manifiesta mediante alteraciones
en la vegetación natural, expresadas a través de decaimien-
tos y mortalidad en las plantas, que son el preludio de un
desplazamiento general de los cinturones de vegetación y
que amenaza la biodiversidad y la estabilidad de los ecosis-
temas. Los procesos epidemiológicos emergentes, impactos
en la economía rural y alteraciones en los usos del territorio
son el primer aviso de un problema de consecuencias impre-
decibles.
Panorámica de Prado Herrero, Comunidad de Madrid. Las cigüeñas prolongan su extancia en la península Ibérica provocando imágenes como ésta.
Daniel
Díaz
Díaz
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LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
16
n.
o
32
UN PANORAMA PREOCUPANTE
L
os modelos climáticos actuales coinciden en una serie
de modificaciones a corto plazo de los principales pará-
metros meteorológicos cuyo impacto en los ecosistemas
forestales ha de ser muy significativo. Incluso las hipótesis
más conservadoras plantean un incremento generalizado
de la temperatura media global terrestre y la variación en la
distribución y régimen de las precipitaciones, que se concreta
no tanto en las variaciones en la cantidad anual como en la
distribución de las mismas. Los fenómenos meteorológicos
puntuales serán más intensos e irregulares en su cadencia,
lo que en unión de la intensificación y alargamiento de los
periodos secos durante la estación veraniega supondrá situa-
ciones de estrés cada vez más corrientes en el medio natu-
ral. La previsible mayor recurrencia de las denominadas olas
de calor, y una mayor frecuencia en fenómenos meteorológi-
cos violentos de carácter adverso (tormentas, inundaciones,
sequías...) pueden contribuir en gran parte a extremar las
consecuencias de esta situación1.
Estas imágenes de un posible futuro inducen a pensar
que el impacto previsible del Cambio Climático tenga una
especial incidencia en los ecosistemas forestales, tanto
directamente como a través de los diversos elementos que
forman este universo, y entre ellos, las plagas y enfermeda-
des pueden llegar a jugar un papel relevante en la fragmen-
tación de áreas forestales, la rarificación de especies y la
simplificación de la biodiversidad inherente a estos espacios,
coadyuvando en casos extremos a la desaparición de la vege-
tación. Cambio, simplificación y riesgo de desaparición son
consecuencias previsibles a corto y medio plazo
2
.
La presencia de plagas y enfermedades forestales está
indisolublemente asociada a los ecosistemas forestales.
Como un elemento más de la cadena trófica, contribuye,
actuando de forma endémica o epidémica, al proceso diná-
mico habitual y, en particular, al rejuvenecimiento de las
masas. Puntualmente son elementos clave en la sucesión
de formaciones vegetales y pueden utilizarse como un ajus-
tado indicador de la variabilidad climática: la poiquilotermia
inherente a la mayoría de los artrópodos los convierte en
bioindicadores ajustados del clima y sus variaciones
3, 4.
Por tanto, la importancia de las plagas y enfermedades ante
El cambio climático
y la salud de los montes
Gerardo Sánchez Peña
Ingeniero Técnico Forestal y Geógrafo
Dirección General para la Biodiversidad
Ministerio de Medio Ambiente
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
17
una situación de Cambio Climático debe ser analizada en el
ámbito forestal español, a caballo entre la sequedad medite-
rránea, la continentalidad esteparia y la humedad atlántica,
bajo dos enfoques radicalmente diferentes:
- su presencia o ausencia como indicadores de alerta
temprana de variaciones climáticas en el medio
- el impacto asociado al daño que provocan, elemento que
acelera la ruptura del equilibrio planta-sistema y a menudo
enmascara otros agentes precursores o inductores del des-
equilibrio (en este caso, la variación climática).
LAS PLAGAS COMO BIOINDICADORES
DE VARIACIONES CLIMÁTICAS
L
a presencia de plagas y enfermedades endémicas está
íntimamente asociada a ciertas formaciones forestales.
Sirva de ejemplo el caso de defoliadores tempranos como
Tortrix viridana, que están íntimamente asociados al género
Quercus: su eclosión suele coincidir con el desarrollo de las
yemas primaverales en las especies hospedantes. La modi-
ficación del ciclo fenológico anual de la planta puede incidir
en la presencia y abundancia de esta especie, y en su con-
currencia y competencia con otros defoliadores respecto a
los que su ciclo biológico está ligeramente adelantado, como
Lymantria dispar o Catocala spp.
3
.
Del mismo modo, algunos insectos perforadores, como
es el caso de los coleópteros del género Ips presentes en
nuestras coníferas, necesitan el mantenimiento de ciertos
niveles de humedad en la madera decrépita donde se desa-
rrollan sus galerías larvarias y de alimentación
5
. La rápida
desecación del material vegetal inhabilita su detección por
parte de los imagos, que ven reducida su posibilidad de
desarrollo. En estos casos, un primer análisis incluso podría
resultar francamente optimista, ante la previsión de que la
background image
18
n.
o
32
mayor dependencia que tiene un insecto de las condiciones
térmicas del medio hace que sea mucho más vulnerable ante
sus cambios, y por tanto el delicado equilibrio que hace posi-
ble su existencia en niveles óptimos se quiebre, condenán-
dolo a una difícil supervivencia o incluso a la desaparición.
Desgraciadamente, no todo es tan sencillo...
EL IMPACTO DE LAS PLAGAS
ANTE UN NUEVO ESCENARIO CLIMÁTICO
E
l incremento de las temperaturas y el consiguiente alar-
gamiento de condiciones óptimas para el desarrollo de
plagas y enfermedades tienen como primera y más palpable
consecuencia un mayor y más duradero impacto de las pobla-
ciones de agentes nocivos sobre la vegetación de la que se
alimentan. En el ejemplo antes comentado, los perforadores
de coníferas Ips acuminatus e Ips sexdentatus pueden llegar
a completar más de dos generaciones en el año si el movi-
miento de imagos se puede adelantar un mes en primavera y
alargarse durante el otoño por la bonanza térmica
6
. De la
misma forma, defoliadores de espíritu errático e inconstante
como Diprion pini, sometidos al capricho de las condiciones
térmicas pueden desarrollar dos ciclos completos de forma
habitual
7
, con lo que su carácter de plaga explosiva y epi-
démica mudaría a agente nocivo endémico. Y, sin duda, el
mayor de los defoliadores mediterráneos, la procesionaria
del pino, incrementará su área de actuación, al poder subir
en altitud ante inviernos más benignos y colonizar de forma
natural pinares de pino silvestre hasta ahora libres de su
impacto
8, 9
.
En todos estos casos, los insectos no son sino meros
indicadores de las condiciones climáticas, y su impacto
únicamente enmascara el papel jugado por las cambiantes
condiciones climáticas. Frente a ello, los vegetales, someti
-
dos a un continuado estrés hídrico o térmico, se encuentran
repentinamente desplazados de su óptimo biológico y ven
gravemente afectada su capacidad de resistencia ante el
ataque de cualquier agente oportunista.
Ante estas escenas cuasi apocalípticas no podemos olvi-
dar lo que hoy en día es el mayor peligro al que se enfrentan
los ecosistemas forestales en el mundo: las plagas y enfer-
medades que "haciendo turismo" saltan de un continente a
otro, aprovechando el movimiento continuo de nuestra socie-
dad; son los denominados organismos de cuarentena (alien
species
). La combinación de la aparición de estas especies,
fruto indeseado del comercio internacional y de los viajes, con
la presencia de unos hospedantes desprovistos de mecanis-
mos de atenuación del impacto o adaptación, acompañada
de un clima óptimo para el desarrollo del patógeno, tienen
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
19
como consecuencia el desarrollo exponencial de daños ante
los cuales la vegetación no posee apenas defensa. El desa-
rrollo de Lymantria dispar en el continente norteamericano
10
,
la presencia de escolítidos y otros perforadores alóctonos
en cualquier sistema forestal
11
y el desarrollo de síndromes
como la Seca, en el suroeste europeo, o la Muerte Súbita
de los Robles (Sudden oak death) en Norteamérica, donde
interaccionan hongos como Phythopthora y Bothryosphaeria,
bacterias como Brennia, escolítidos y el impacto de conti-
nuados déficits hídricos y olas de calor que impiden la recu-
peración de las reservas hídricas del suelo
12
, plantean un
panorama que en mejor de los casos pasa por la sustitución
de unas especies forestales por otras mejor adaptadas a las
nuevas condiciones, o, en el más pesimista, por la progresiva
fragmentación del hábitat y desaparición de algunas especies
forestales. La preocupante situación del Abies alba
13
en
algunas zonas del Pirineo o de Quercus suber
12
en el cua-
drante suroeste peninsular pueden ser indicadores de este
complejo proceso.
EL EJEMPLO DE LA PROCESIONARIA
L
a procesionaria del pino es sin duda el más importan-
te defoliador de coníferas en el ámbito mediterráneo.
Presenta su mayor actividad alimenticia durante el invierno,
momento en el cual se encuentra en cuarto y quinto estadio
larval. Esta característica es propia de muy pocas especies
de lepidópteros. Debido a ello, uno de los factores más limi-
tantes en su desarrollo lo constituye la temperatura invernal,
particularmente, la temperatura mínima.
Los análisis de la dinámica climática que se están
llevando a cabo en toda Europa indican una tendencia al
alza en las temperaturas medias. La continuidad en la apa-
rición de inviernos suaves puede explicar la expansión en
la distribución geográfica, tanto latitudinal como altitudinal,
detectada en Europa en los últimos años. Varios estudios a
nivel europeo certifican este avance, particularmente apre-
ciable en países como Italia y Francia
14
. A modo de ejemplo
ilustrativo, la "mediterránea" procesionaria ha disfrutado del
clima y la alimentación a base de los pinos belgas durante el
último invierno (2005-2006), con gran sorpresa de la prensa
local, mientras su límite latitudinal norte de actuación ape-
nas superaba Burdeos en los anales de la sanidad forestal
francesa. Incursiones de este tipo son sin duda erráticas,
y las poblaciones que logran ubicarse presentan una gran
fragilidad por encontrarse en el límite de su ámbito, pero a
la vez puede suponer una punta de lanza efectiva en proce-
sos de colonización más duraderos y en la estabilización de
poblaciones.
Y a la vez que la procesionaria del pino coloniza nuevas
zonas, la menor mortandad invernal en las que ya estaba
instalada provoca fuertes defoliaciones. A pesar de que este
defoliador no induce la muerte del árbol de forma directa,
sí provoca disminuciones en el crecimiento, así como en la
producción de piña en los pinos afectados, con las corres-
pondientes consecuencias en su regeneración
3,9
. Esto
constituye un problema añadido en determinadas zonas,
como sucede en las masas de pino silvestre de la montaña
mediterránea, donde sufren de por sí importantes factores
limitantes que disminuyen la regeneración del pinar, como
son la baja producción de semilla, altas predaciones sobre
las mismas y baja supervivencia a los rigores estivales de las
germinadas, así como la presión del ganado en determinadas
zonas. En este sentido, proyectos europeos de investigación
como PROMOTH (Global Change and pine proccesionary),
actualmente en marcha, suponen un nuevo enfoque en el
ámbito de la sanidad forestal y de la gestión de los montes
ante las inquietantes situaciones que se están manifestando
en nuestro entorno.
1 IPCC, 2001: Climate Change, 2001: The Scientific Basis.
2 IPCC, 2001: Climate Change, 2001: Impacts, Adaptation,
and Vulnerability.
3 Romanik N. y Cadahía D. (coord.), 2002: Plagas de insectos
en las masas forestales.
4 Dajoz R., 2000: Insects and Forests.
5 Abgrall J.F. y Soutrenon, 1991: La forêt et ses ennemis.
6 LSF-Aragón y SPCAN-DGCN, 2004: Ensayos de atracción y
captura de Ips acuminatus. In Ecología 18. Ed. MMA
7 SPCAN, 1998-2003: Prospecciones de las poblaciones de
Diprion pini en el pinar de Valsaín: informes Técnicos anuales.
8 Rojo M. y Sánchez G, 2003: Variaciones en el ataque
de la procesionaria del pino en el Parque Nacional de Aigües-
Tortes.1987-2000 (Com. personal)
9 Hodar J.A. et al, 2003: Disrupción de una interacción como
consecuencia del cambio climático: la procesionaria del pino y el
pino albar nevadense. In Actas 7.º Congreso Nacional AEET
10 Global Invasive Especies Database (www.issg.org)
11 IUFRO Units 7.03.07 and 7.03.12: Population dynamic of
forest insects and Alien invasive species and international trade
12 Sánchez G., Tuset J. J. (coord.), 2004: La Seca: el decai-
miento de encinas, alcornoques y otros Quercus en España.
13 Montoya R. et al. (2002): La salud de los montes en los
Parques Nacionales y Centros Forestales.
14 Benigni M., Battisti A. (1999): Climatic change and the
pine proccesionary moth: adaptation of a defoliator to a changing
environmental condition.
Ismael
Muñoz
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LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
20
n.
o
32
Dr. Jaime Bosch
Museo Nacional de Ciencias Naturales, CSIC
Cambio climático
y declive de anfibios
A finales de la década de los 80 muchos
científicos de todo el mundo, de forma
paralela pero independiente, se hallaban
debatiendo la existencia de dos fenómenos
igualmente polémicos: el calentamiento
global del planeta y su relación con la emisión
de gases de efecto invernadero, por un lado,
y el declive global de los anfibios, por otro.
Y es que, en aquellos años, empezaban
a registrarse observaciones puntuales que
indicaban la existencia de ambos fenómenos.
Sin embargo, al tratarse de datos aislados
resultaba poco riguroso afirmar, con base
científica, la existencia real de ambos
sucesos. Las reticencias de muchos
investigadores eran claras: no existían series
temporales lo suficientemente extensas
sobre abundancias de anfibios y, por tanto,
las observaciones puntuales de desaparición
de poblaciones, e incluso de extinción de
especies, sólo podían considerarse casos
puntuales. Por otro lado, los estudiosos del
clima sabían que éste cambia constantemente,
por lo que sin una serie lo suficientemente
larga de tiempo, resultaba imposible
apuntar tendencia alguna. Todavía más difícil
resultaba, a finales de los 80, ligar el posible
fenómeno del cambio climático con
la actividad humana. Hoy en día, sin embargo,
ambos fenómenos han sido suficientemente
constatados, pero el nexo de unión entre
ambos resulta todavía incierto.
Rhinoderma darwini (Chile)
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
21
A
ctualmente, el cambio climáti-
co global es, probablemente,
la mayor preocupación de los
científicos conservacionistas.
Hoy sabemos con seguridad que el
clima del planeta ha cambiado signifi-
cativamente en los últimos 30 años,
dando lugar a un calentamiento gene-
ralizado que, sin embargo, no se ha
registrado en algunas zonas, o incluso
se ha producido en sentido opuesto
en otras.
Por otro lado, el carácter global
del declive de los anfibios resulta ya
incuestionable. El último estudio de la
situación, realizado por la UICN (Unión
Internacional para la Conservación de
la Naturaleza) a través del 0, indica
que casi un tercio de las especies de
anfibios del mundo se encuentran en
peligro, y casi 200 especies podrían
haberse extinguido ya. Pero lo más pre-
ocupante de este informe es, quizás,
que para muchas de las especies que
están en declive ni siquiera se conocen
cuáles son las causas de esta regre-
sión. Y es que son muchas las causas
que están motivando el declive de los
anfibios, y dado que existen otras más
inmediatas, el cambio climático ha reci-
bido en general poca atención.
Por ejemplo, cuando a primeros de
los 90 ya se conocía la desaparición
de al menos la mitad de las especies
de anfibios de la región de Monteverde
en Costa Rica y la extinción de Bufo
periglenes
, se apuntó a El Niño como
posible causa del desastre. Parecía
que, dado que el medio no había sido
alterado, sólo el aumento de la tempe-
ratura y el descenso de la precipitación
que provocaba El Niño podría explicar la
desaparición de las especies, al secar-
se las charcas de forma prematura
destruyendo las puestas. Sin embargo,
no había una explicación convincente
para la desaparición de los ejemplares
adultos y, en cualquier caso, no había
pruebas concluyentes de la implicación
del Cambio Climático en el declive.
Por otro lado, y sin lugar a dudas,
la degradación y pérdida de hábitat es
el principal problema de los anfibios.
Al tratarse de animales muy ligados
al medio y con reducida capacidad de
desplazamiento, cualquier agresión al
medio terrestre o acuático, por peque-
ña que sea, acaba repercutiendo en
sus poblaciones. Por otro lado, sabe-
mos que los anfibios cuentan con
una larga historia evolutiva sobre la
tierra, durante la cual se han producido
cambios drásticos en el planeta. Por
lo tanto, las especies de anfibios que
ahora pueblan la tierra son los descen-
dientes de aquellos que sobrevivieron
a esos cambios y podrían haber adqui-
rido adaptaciones que les permitieran
superar los cambios actuales. La expli-
cación a esta aparente contradicción
radica en la velocidad y en la naturaleza
de los cambios. Mientras que en el
pasado los cambios que se producían
en la tierra se medían en miles de
años, en la actualidad, los cambios
en el medio son increíblemente rápi-
dos. Además, ahora las agresiones al
medio son múltiples y de muy diferente
naturaleza, por lo que adaptarse a
todos estos nuevos retos resulta, sen-
cillamente, imposible. A nivel global,
los anfibios se enfrentan al cambio
climático, la lluvia ácida y el incremento
de radiación ultravioleta. A nivel local,
muchas poblaciones desaparecen por
la destrucción o alteración del medio,
la introducción de especies foráneas,
la contaminación o la muerte directa de
ejemplares. Tal es la rapidez a la que
se producen los cambios en la actuali-
dad, que se ha acuñado el término de
evolución contemporánea para referir-
se a los cambios evolutivos, relaciona-
dos con las actividades humanas, que
tienen lugar en unos pocos cientos de
años. Y es que el hombre es una fuerza
evolutiva de extraordinaria importancia
que motiva tasas de extinción de espe-
cies muy superiores a las observadas
en el registro fósil. Los fenómenos
relacionados con la evolución contem-
poránea son, precisamente, aquellos
que explican la actual crisis de la bio-
diversidad: la degradación y pérdida de
hábitat, la sobre-explotación del medio
y la introducción de especies.
El efecto más inmediato del cambio
climático sobre los anfibios es, sin
duda, los cambios que ha producido
en la fenología de su reproducción. En
Inglaterra, por ejemplo, dos especies
de anuros hacen sus puestas entre 2
y 3 semanas antes de lo que lo hacían
hace menos de 30 años, y 3 especies
de tritones llegan ahora a las charcas
para reproducirse entre 5 y 7 semanas
antes. Este adelanto de la reproduc-
ción está, sin duda, relacionado con
el aumento de la temperatura, y su
consecuencia es que muchos anfibios
ahora están más expuestos a las hela-
das tardías. Este hecho podría explicar
por qué cada vez es más frecuente
encontrar en las charcas un importante
número de ejemplares adultos muertos
al inicio de la estación.
Por otro lado, el aumento de las
temperaturas está provocando en
muchas zonas la desecación temprana
de las charcas y, por tanto, la consi-
guiente muerte de las larvas que aún
no han completado su metamorfosis.
Otras veces, el aumento de la tempe-
ratura del agua provoca un adelanto
en el desarrollo larvario, disminuyendo
la talla de los ejemplares recién meta-
morfoseados, comprometiendo así su
supervivencia.
Por si estos problemas no fuesen
suficientes para los anfibios, en los
últimos años hemos conocido otra
amenaza, quizás aún más preocupan-
Rhinoderma darwini (Chile)
background image
22
n.
o
32
te, que está afectando a los anfibios de todo el mundo.
Cuando están tan de moda las nuevas enfermedades que
afectan a los animales para el consumo humano, hemos
descubierto que también existen enfermedades propias de
los anfibios. Estas nuevas enfermedades son, sin duda,
enfermedades emergentes, como lo son la gripe aviar o la
encefalopatía espongiforme: se trata de enfermedades de
reciente aparición o cuyo rango de actuación se ha incre-
mentado notablemente en los últimos años. En los anfibios,
estas enfermedades son producidas por virus y hongos
específicos que eran desconocidos hasta hace pocos años, y
para las que aún no tenemos una explicación de su reciente
y rápida expansión.
El hongo patógeno Batrachochytrium dendrobatidis es el
responsable del declive y la extinción de numerosas pobla-
ciones y especies en todo el mundo, y aún no hemos sido
capaces de determinar si el cambio climático está jugando un
papel determinante en su incidencia sobre los anfibios.
Se sabe que las condiciones climáticas pueden facilitar
indirectamente las epidemias de enfermedades infecciosas,
e incluso que los cambios climáticos pueden producir brotes
de ciertos patógenos. En el caso particular de los anfibios,
por ejemplo, se ha demostrado que el calentamiento global
de los últimos años está haciendo que en ciertas charcas
someras del oeste de los Estados Unidos baje el nivel de
agua. Al reducirse el nivel del agua, la radiación ultravioleta
tipo B está llegando ahora con más intensidad a las puestas
de los anfibios, y esto hace que aumente su susceptibilidad
ante el hongo Saprolegnia ferax, que produce la muerte de
los embriones.
En el caso de la enfermedad mucho más preocupante
producida por B. dendrobatidis, y conocida como quitridiomi-
cosis, el nexo de unión con el cambio climático podría estar
relacionado con el aumento de la temperatura. Sabemos que
este hongo prefiere temperaturas frescas, pues su óptimo
de crecimiento en laboratorio está entre 17 y 25
o
C. Por
otro lado, el hongo muere tras una semana a más de 29
o
C,
mientras que es capaz de sobrevivir, e incluso crecer lenta-
mente, a 4
o
C.
Tradicionalmente, se ha considerado que la gran virulen-
cia de este hongo patógeno de anfibios se explica porque
éste ha
e n t r a d o
en contac-
to reciente-
mente
con
sus nuevos hos-
pedadores. Las
bajísimas diferen-
cias genéticas encon-
tradas entre cepas de
países alejados apoyan
esta hipótesis. Además, los
análisis de ejemplares de anfi-
bios de colecciones científicas indi-
can que antes de que se produjeran las
mortalidades masivas en amplias zonas del
mundo, el hongo sólo se encontraba presente en el sur del
continente africano. Por lo tanto, la hipótesis más aceptada
consiste en que el patógeno ha sido introducido recientemen-
te y en grandes áreas del mundo, a partir de ejemplares de
Xenopus laevis (rana de uñas africana) criados en granjas
africanas como animal de laboratorio.
Sin embargo, recientemente algunos investigadores han
propuesto otra hipótesis alternativa: el cambio climático
podría ser la causa del aumento de incidencia de la quitri-
diomicosis. La nueva hipótesis de trabajo es que, en deter-
minadas zonas relativamente frescas, la temperatura está
alcanzando ahora el rango óptimo de crecimiento del hongo.
Es decir, según esta hipótesis, el hongo siempre habría
Epipedobates pictus (Perú)
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
23
estado presente en las zonas afectadas, y sería el aumento
de la temperatura lo que haría que el hongo resultase letal
para los anfibios en zonas de zonas tradicionalmente poco
calurosas.
Desgraciadamente, no es fácil descartar completamente
ninguna de las dos hipótesis. Nuestro trabajo en España y
en otros países del mundo indica que, sin duda, el hongo
patógeno está más distribuido de lo que cabría esperar, y que
en ciertas condiciones su presencia no parece patogénica
incluso para las especies más susceptibles. Sin embargo,
también resulta difícil pensar que el aumento de las tempe-
raturas puede explicar un aumento tan súbito de la incidencia
del hongo.
En el Parque Natural de Peñalara (Madrid) hemos
podido seguir la incidencia de la quitridiomico-
sis desde que fue detectada hace siete
años. Se trata de un espacio de alta
montaña bien conservado, donde
el medio ha sido poco alterado en
los últimos tiempos y donde, sin
embargo, se ha producido un
episodio grave de quitridiomico-
sis que compromete la super-
vivencia de varias especies de
anfibios. El análisis que hemos
realizado de las condiciones meteo-
rológicas antes y después del brote de
quitridiomicosis indica sin duda que las con-
diciones ambientales han variado en la zona:
cada vez hay mayor número de días soleados,
las temperaturas bajas se han moderado y los
inviernos cada vez son más cortos. Sin embargo,
la incidencia de la quitridiomicosis en la zona no se
registró en la forma gradual que cabría esperar. Con anterio-
ridad a 1997, nunca se observaron ejemplares muertos en
la zona sin causas evidentes, mientras que a partir de 1997
los ejemplares muertos de Alytes obstetricans (sapo partero
común) se contaban por miles, hasta su casi completa des-
aparición en la actualidad.
Así, en el caso de Peñalara, y en otros muchos casos
conocidos, resulta muy difícil creer que el cambio climático,
por si solo, haya podido incrementar drásticamente la viru-
lencia de este hongo o provocar su rápida dispersión. Parece
sensato pensar que, aunque las condiciones ambientales
puedan desde luego modular la aparición o la incidencia de
la enfermedad, la epidemiología de éste y otros casos en el
mundo sólo puede explicarse con la introducción rápida del
patógeno en el medio. Por otro lado, el cambio en las condi-
ciones ambientales de la zona podría ser el responsable de
la llegada del patógeno. En Peñalara, por ejemplo, la sua-
vización de las condiciones invernales de los últimos años
podría ser la causa de la increíble expansión de la rana verde
común (Rana perezi). Esta especie, más típica de zonas
bajas, y muy resistente a la infección fúngica, ha conseguido
colonizar las zonas altas del Parque, y es posible que con
ella el hongo patógeno haya llegado a zonas donde antes no
estaba presente.
Por desgracia, probablemente deberemos esperar algunos
años más para llegar a conocer, con rigor, cuál es el papel del
cambio climático en el declive de los anfibios. En la actuali-
dad, y siendo rigurosos, sólo podemos decir que el cambio
climático es uno de los muchos factores que están motivan-
do el declive de los anfibios. Sin embargo, lo que también hoy
podemos afirmar es que el cambio climático será,
en un futuro inmediato, probablemente
la amenaza más seria a la que
deberán enfrentarse los anfi-
bios en gran parte
del Planeta.
Salamandra salamandra (Galicia)
Chioglosa lusitanica (Galicia)
background image
LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
24
n.
o
32
Insectos y cambio climático
Sensores de alarma
José González Granados1
Ingeniero Técnico Forestal
Botánico del Parque Regional del Sureste. Comunidad de Madrid
José Luis Viejo Montesinos1
Catedrático de Zoología de la Universidad Autónoma de Madrid
Presidente de la Real Sociedad de Historia Natural
Carlos Gómez De Aizpúrua1
Científico experto en Ciclos Biológicos de Lepidópteros
INTRODUCCIÓN
E
n los últimos años se ha detectado un cambio en las
variables climáticas motivado por factores biofísicos y
humanos. La respuesta de los sistemas biológicos a los
vectores de cambio (aumento de la temperatura media y con-
centración de CO2, cambio de los patrones de precipitación y
aumento de la rigurosidad y frecuencia de eventos climatoló-
gicos extremos) ha sido experimentada por los distintos nive-
les de organización -ecosistema y comunidad, población e
individuo- de los sistemas biológicos de ambientes acuáticos
y terrestres. También los procesos ecológicos son influidos
por el cambio climático y determinan, junto a la capacidad
de adaptación, los efectos que los cambios generan sobre
la estructura y función de los sistemas biológicos (LORENTE
et al., 2004).
Estudios científicos indican que el cambio climático ya
está teniendo efectos sobre la biosfera. Recientes revi-
siones y metaanálisis de la gran cantidad de información
científica disponible indican que, en la actualidad, existen
claras evidencias de que el cambio climático está teniendo
efectos sobre especies animales y vegetales y sobre los
ecosistemas (HUGHES, 2000; WALTHER, POST, CONVEY,
MENZEL, PARMESAN y BAIRLEIN, 2002; ROOT, PRICE, HALL,
SCHNEIDER, ROSENZWEIG y POUNDS, 2003; PARMESAN y
YOHE, 2003).
En el año 2000, el Dr. Hughes definía cuatro categorías
con los cambios más sobresalientes a los que tendrán que
enfrentarse los animales y plantas afectadas por el cambio
climático:
· Cambios fisiológicos (fotosíntesis, respiración y
crecimiento).
· Cambios sobre la distribución geográfica (tendencia
de algunas especies a desplazarse hacia mayores altitu-
des o latitudes (hacia los polos).
· Cambios fenológicos (alteración del ciclo de vida por
efecto de fotoperíodo, horas de frío, etc.).
· Cambios de adaptación (cambios microevolutivos
in situ).

Las especies que no logren responder de alguna de
estas maneras (aquellas con rangos de tolerancia estrechos,
de distribución restringida o sin mecanismos de dispersión
adecuados) tenderán a desaparecer por estrés fisiológico
(ELIZONDO, TENA, LÓPEZ y MÁRQUEZ, 2001). Los cambios
fisiológicos, fenológicos, de distribución y la adaptación
in situ afectarán las relaciones interespecíficas actuales
(HARRINGTON, WOIWOD y SPARKS, 1999), lo que a su vez
desencadenará más cambios en la distribución, así como la
extinción de otras especies, dando lugar a notables cambios
en la estructura y composición de las comunidades. Se esti-
ma que uno de los efectos más graves será la extinción de
especies, y con ella, el empobrecimiento de la biodiversidad
y el deterioro de los procesos ecológicos que mantienen el
funcionamiento de los ecosistemas actuales.
Desde hace poco más de dos décadas se han publicado
numerosos estudios sobre las posibles respuestas de los
ecosistemas al cambio climático. Enmanuel et al., 1985, y
Peters y Darling, 1985, fueron de los primeros autores en
abordar el tema y en indicar que el cambio climático podría
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
25
originar grandes cambios en la distribución geográfica de
biomas y extinción de especies. Cada especie responde
de manera particular y sus respuestas afectan a su vez al
resto de los componentes del ecosistema (BAZZAZ, 1996;
HOBBIE, SHEVTSOVA y CHAPIN, 1999). De las especies que
están experimentando cambios en su distribución geográfica,
la mayoría, un 80%, se desplaza hacia los polos (6,1 km
por década) o hacia las partes más altas; algunos eventos
del ciclo de vida como la floración de las plantas y ovopo-
sición en insectos se están presentando más temprano en
primavera, 2 ó 3 días por década, lo que se correlaciona
directamente con un aumento en la temperatura mínima
local (MONES, PETERSON, SHETLER y ORLI, 2001). Por otra
parte, en los mapas predictivos de la distribución futura de
los bosques ibéricos que ya se están proponiendo (BENITO
GARZÓN, 2006), se aprecia una marcada reducción de
las áreas potenciales de las diferentes especies
forestales.
Una buena cantidad de estudios en
Europa y en América del Norte han repor-
tado tendencias fenológicas que muy
probablemente reflejan respuestas al
reciente cambio climático y provocan
graves problemas de desincroniza-
ción biológica. Entre los efectos más
comunes se hallan aquellos relacio-
nados con actividades propias de
la primavera, tales como floración
más temprana de plantas, ade-
lanto en el canto, en las puestas
y en los procesos de migración
de aves, aparición temprana de
mariposas o desove y coros antici-
pados en anfibios. Estos cambios
han ocurrido progresivamente des-
de los años 60 (GIAN-RETO et al.,
2002; HUGHES, 2000).
EFECTOS DEL CAMBIO CLIMÁTICO
SOBRE LA FAUNA ENTOMOLÓGICA
L
os insectos son los animales con
más éxito sobre la Tierra, pero a la
vez los más sensibles a cualquier cambio
que afecte al medio natural en el que se des-
envuelven. La enorme diversidad de especies
diferentes que reúnen (más del 50% de todos los
seres vivos conocidos, incluidos animales y vegetales,
son insectos), les proporciona una especial relevancia en el
reino animal, por lo que desempeñan un papel esencial en
todos y cada uno de los ecosistemas del planeta. El mayor
beneficio que prestan los insectos es su encomiable labor
de mantener el equilibrio necesario en cada ambiente, y,
sobre todo, el sostenimiento de las cadenas alimenticias y
la polinización vegetal.
Su pequeño tamaño y capacidad de volar les permite
acceder a casi todos los hábitats y microhábitats, tanto
terrestres como acuáticos, que se conocen. La mayoría de
los insectos son magníficos sensores de alarma y excelen-
tes bioindicadores del estado de salud ambiental de cada
ecosistema. Su estudio, catalogación y seguimiento de sus
poblaciones, desde un punto de vista tanto cualitativo como
cuantitativo, aportan a los científicos los datos necesarios
para desarrollar distintos modelos de seguimiento ecológico
de cada hábitat. Las respuestas de organismos y de ecosis-
temas al cambio climático son tan variadas y complejas como
los ecosistemas mismos.
Si bien de momento no existen estudios concretos
que demuestren una relación directa causa/efecto entre el
previsible "Cambio Climático" y la pérdida de biodiversidad
entomológica que se ha experimentado en los últimos 50
años, sí se tiene constancia de la evolución que han seguido
numerosas especies de insectos, al igual que ocurre con la
fauna de reptiles, anfibios, aves y mamíferos. Es un hecho
constatable que muchas especies de insectos han sufrido
un descenso importante en sus poblaciones, cuando no
han desaparecido por completo, de extensas áreas natura-
les donde antaño eran habituales. En unas pocas
décadas, muchos táxones han pasado de
tener una categoría biológica de especies
comunes a raras o extintas. Las cau-
sas no están claras, aunque a las ya
habituales: deforestación, contami-
nación, uso desproporcionado de
toda clase de biocidas, abandono
de los usos agrícolas tradiciona-
les, ampliación de la red de carre-
teras, fragmentación del territorio,
etc. habrá que añadir un aumento
de las temperaturas generalizado
y una disminución de las precipi-
taciones con un incremento de la
irregularidad de las mismas. En
"petit comité", la sensación de
nuestros colegas científicos es la
misma que la nuestra. Todos nos
preguntamos: ¿Qué está pasando
con los insectos? ¡No es posible
que en pocos años se hayan perdi-
do tantas especies otrora abundan-
tes! ¡Algo se nos escapa!...
La mayor parte de las especies
de insectos están asociados a unos
intervalos térmicos, de humedad y de
radiación, relacionados con su fenología y
fisiología. Como consecuencia del aumento
de la temperatura y la variación en el reparto de
las precipitaciones asociadas al cambio climático,
numerosas especies van a ver modificado su hábi-
tat, aumentando o disminuyendo su ámbito de distribución
(LORENTE et al., 2004). Las respuestas individuales de las
especies al cambio climático pueden desorganizar sus in-
teracciones con otras del mismo o adyacente nivel trófico,
y es posible que cambios rápidos en el clima o eventos
extremos puedan alterar la composición y estructura de las
comunidades (PARMESAN et al., 2000).
Los ciclos biológicos de la mayoría de los insectos son
muy sensibles a cualquier cambio, pero también los periodos
de adaptación a nuevas condiciones que necesitan algunas
especies son mucho más cortos que en otros animales de
mayor complejidad. En todo caso, las curvas de población
de muchos insectos pueden experimentar aumentos o des-
censos en un tiempo muy corto, y así pasar de raras a abun-
background image
26
n.
o
32
dantes o viceversa en pocos años, sobre todo en especies
oportunistas y en las consideradas plaga.
Con el propósito de determinar la certeza de este tipo
de predicciones, Samways et al., 1999, trabajaron con mari-
quitas (Coccinellidae: Chilocorus spp.), con la conclusión de
que sólo para el 26,7% de las especies analizadas se podían
predecir cambios con el 100% de certeza, lo que alerta de un
cierto error asociado a este tipo de estudios. Aunque es muy
probable esperar que estudios semejantes con otras familias
de insectos fitófagos y mejor conocidas, como por ejemplo
los Lepidópteros, se obtengan porcentajes muy superiores a
los publicados por Samways.
Es un hecho que los cambios producidos en el comporta-
miento y distribución de insectos no solo afectan a España,
el país con una mayor diversidad entomológica de toda la
Unión Europea:
· En la Sierra de Guadarrama, los senderistas mar-
chan entre mariposas que revolotean muy por encima de
sus niveles habituales,
· Algunas especies de libélulas y lepidópteros oriun-
das de regiones como Murcia y Andalucía se han cap-
turado en Cataluña con cierta frecuencia, mientras que
lepidópteros habituales del nordeste de España han pa-
sado la frontera y ahora son capturados por los científicos
galos en el sur de Francia,
· Especies de insectos de clima tropical y subtropical,
que en sus países de origen están consideradas como
plagas de algunas familias de plantas, se han adaptado
a las condiciones de nuestro país: Paysandisia archon,
Rhynchophorus ferrugineus
o Cacyreus marshalli son
varios ejemplos que lo testifican,
sino que también en otros países europeos se están per-
cibiendo cambios que conllevan problemas graves:
· En Alemania, un aumento de la temperatura media
ha provocado que las masas forestales de abetos, que
cubren por completo los bosques de Baviera, sean ata-
cados por primera vez por Coleópteros xilófagos. También
es un hecho constatable que algunas palmeras proceden-
tes de China se hayan aclimatado y puedan contemplarse
en alguna ciudad bávara
· En Italia, el adelanto de la floración de las especies
de flora silvestre, sobre todo de las melíferas, ha provo-
cado una menor actividad de las abejas y una reducción
de más del 50 % en la producción de miel
Las señales que se perciben en Europa también se hacen
tangibles en el Nuevo Continente. Nuestro entrañable amigo
y colega Dr. Esteban Durán es uno de los expertos más reco-
nocidos en el orden Coleoptera fuera y dentro de España, es-
pecialmente en todo lo referente a la familia Cerambycidae.
Su labor investigadora en la selva amazónica, más concreta-
mente en la Guayana Francesa, se remonta ininterrumpida-
mente a cinco lustros atrás. La gran experiencia acumulada
por él pone de manifiesto que muchas de las especies de
insectos, en otro tiempo abundantes, han pasado a ser raras
o simplemente han dejado de acudir a los cebos luminosos.
Como coloquialmente nos explica: "...en estos 25 años, la
abrumadora biodiversidad de la selva donde he investigado
todo este tiempo se ha disuelto como un azucarillo en un
vaso de agua hirviendo."
. Opina que en la actualidad, sin que
se tengan datos de precipitaciones ni de temperaturas de las
zonas de muestreo en medio de la selva tropical amazónica,
llueve menos y se acentúa más el calor. Este hecho se hace
más patente en la época de lluvias. ¿Consecuencia y efecto
de los cambios climatológicos percibidos, que no corrobora-
dos? Lo cierto es que es mucha casualidad que la sintoma-
tología sea la misma que en el Viejo Continente.
EFECTOS DEL CAMBIO CLIMÁTICO
SOBRE LA FAUNA DE LEPIDÓPTEROS
EN EL SUR DE LA COMUNIDAD DE MADRID
L
os regímenes climáticos influyen sobre la distribución de
las especies de Lepidópteros a través de sus umbrales
fisiológicos de tolerancia a la temperatura y precipitación.
Actualmente, la distribución de numerosas especies de
mariposas diurnas en España, los insectos que mejor se
conocen, está cambiando: se están desplazando en latitud
hacia los polos y también a mayores altitudes. Otras espe-
cies de Lepidópteros, como es el caso de las procesionarias
del pino (Thaumetopoea pityocampa y Thaumetopoea pini-
vora
), colonizan pinares de alta montaña donde hace años
las bajas temperaturas hacían imposible que pudiesen vivir.
Tal circunstancia se ha comprobado en el Pirineo Aragonés,
donde hasta hace poco nunca se habían localizado bolsones
de procesionaria en el valle de Pineta (Bielsa), a unos 1.450
m de altitud. En el Sistema Central, más concretamente en
el Monte de Abantos, a unos 1.500 m de altitud, también se
ha comprobado que los pinos silvestres acogen bolsones de
Thaumotepoea pinivora.
Un estudio reciente de la Universidad Rey Juan Carlos de
Madrid ha revelado que las mariposas de la sierra de Gua-
darrama han tenido que elevar su hábitat 212 m en los últi-
mos 30 años por el aumento de la temperatura a causa del
cambio climático. Entre 1973 y 2003, la temperatura media
de la zona se ha elevado 1,3
o
C, lo que según el biólogo bri-
tánico Robert J. Wilson ha provocado una importante merma
en las poblaciones de 16 especies de Ropalóceros, de las
120 aproximadamente censadas, que se han visto obligadas
a trasladar su hábitat por encima de los 1.000 m de altitud.
Otros estudios muestran que los márgenes de distribución de
algunas especies de mariposas también se han desplazado
más al norte y a mayor altitud (por ejemplo, 2
o
en latitud para
la mariposa Euphydryas editha, según Parmesan, 1996).
Es notorio que se hace preciso, además de la obser-
vación de las áreas de vuelo de los imagos, un profundo
estudio de los ciclos biológicos completos (puestas, orugas,
y crisálidas), plantas nutricias y hábitats que albergan a cada
especie de lepidóptero. En las investigaciones que llevamos
a cabo desde hace más de cinco años en la Reserva Natu-
ral El Regajal-Mar de Ontígola, en la Comunidad de Madrid,
y las observaciones efectuadas durante más de 25 años,
concernientes a los ciclos biológicos de numerosas especies
de lepidópteros, se ha podido comprobar que la ecología de
los imagos es un fiel reflejo de las preferencias que tienen
los estados inmaduros de cada especie de lepidóptero, y no
por el lugar de vuelo o de captura del imago. También se ha
constatado que el biotopo donde vive cada especie responde
a la presencia o ausencia de las plantas nutricias de las que
se nutren sus orugas (GÓMEZ DE AIZPÚRUA, GONZÁLEZ GRA-
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
27
NADOS y VIEJO MONTESINOS, 2004). A esto habría que aña-
dir que, obviamente, estas comprobaciones están sujetas a
parámetros estables en el tiempo en cuanto a las variables
que definen y caracterizan cada biotopo en concreto, entre
ellas las meteorológicas.
El estudio de la relación entre la fauna de mariposas y
las condiciones ambientales ha cobrado un notable impulso
en la última década, a causa principalmente del carácter
bioindicador de los lepidópteros y del reciente interés por su
conservación. Efectivamente, las mariposas constituyen un
grupo de insectos con moderada o intensa vinculación a de-
terminadas especies vegetales, de modo que la desaparición
de una planta nutricia acarrea la de la especie de lepidópte-
ro. Esta circunstancia individual, cuando se proyecta sobre la
comunidad, es decir, se suman los efectos de todas y cada
una de las especies de una taxocenosis de mariposas, tiene
por resultado un conjunto faunístico característico de una
determinada formación vegetal (VIEJO y TEMPLADO, 1986;
BAZ, 1986; VIEJO, VIEDMA y MARTÍNEZ FALERO, 1989).
Esta relación entre la vegetación y la fauna de mariposas se
manifiesta también en los diferentes estados de alteración
de aquélla, de modo que las etapas de sustitución de la
vegetación potencial tienen, asimismo, una fauna de mari-
posas acompañante distinta, normalmente más pobre en
espacios y diversidad (TEMPLADO, 1982; VIEJO, 1985;
BAZ, 1986), tanto por el empobrecimiento taxonómi-
co vegetal como por la simplificación de la ar-
quitectura de la cubier-
ta vegetal (LAWTON,
1983), aunque pue-
dan admitirse esta-
dos transicionales de
menor madurez ecoló-
gica y fauna de lepidóp-
teros relativamente rica
(EDHARDT, 1985).
La riqueza en especies
de Lepidópteros depende del
estado de conservación de
las formaciones vegetales,
y no sólo del tipo de bos-
que o de matorral consi-
derado. La diversidad
de mariposas aumen-
ta con la heteroge-
neidad estructural
vegetal. En general,
se puede decir que
la
conser vación
de las mariposas
españolas depende
en buena medida
de la conservación
del medio natural,
debido al carácter
e x t r e m a d a m e n t e
sensible de estos
insectos tan vincu-
lados en su fase de
oruga a plantas nutri-
cias concretas. Esta
estenofagia puede aprovecharse para utilizar las mariposas
como bioindicadores (GÓMEZ DE AIZPÚRUA, GONZÁLEZ
GRANADOS y VIEJO MONTESINOS, 1999). La relación entre
los Lepidópteros y la vegetación es tan íntima como incuestio-
nable, de tal manera que unos dependen de otros para llevar
a cabo con éxito la culminación de su ciclo vital (GONZÁLEZ
GRANADOS, 1995).
Si tenemos en cuenta que los botánicos prevén que como
consecuencia del cambio climático la distribución de la vege-
tación se desplace a una mayor altitud y a un ritmo de 8-10
m por década (GRABHERR et al., 1994), por lo que algunas
especies limitadas a las cumbres montañosas podrían extin-
guirse (PROMAS, 1999), este hecho obligará inexorablemen-
te a muchas especies de Lepidópteros a seguir y adaptarse
a la nuevas pautas que presidirán la fenología de sus plantas
nutricias (especies eurióricas con un alta valencia ecológica)
o reducir sus poblaciones, y, en el peor de los casos, extin-
guirse (especies estenóicas o con una baja valencia ecológi-
ca). La relación que existe entre los Lepidópteros y la flora y
vegetación
existente en todos los ecosistemas del sur de
la Comunidad de Madrid es tan eviden-
te que algunas especies de mari-
posas dependen de una sola y
única especie vegetal (GÓMEZ DE
AIZPÚRUA, GONZÁLEZ GRANADOS
y VIEJO MONTESINOS, 1999).
Los datos meteorológicos
de los que disponemos (existen
registros de unos 110 años) en
la región madrileña indican
que durante 80 años las llu-
vias mantuvieron un carácter
constante, con oscilaciones
de tiempos característicos
de unos 11 años, pero sin
grandes variaciones. Sin
embargo, desde 1984 las
tendencias han cambia-
do: la sequía prolonga-
da desde 1986 hasta
1996 no tiene pre-
cedente, así como
tampoco el episo-
dio extremado de
precipitación en
noviembre
de
1998, que apare-
ce como una de
las intensificacio-
nes catastróficas
de los fenómenos
naturales predi-
chas como conse-
cuencia del cambio
climático (RUIZ DE
ELVIRA, 2003). Si nos
atenemos a los datos reco-
gidos en todas las estaciones
meteorológicas completas con las
que cuenta el sureste de la Comunidad de Madrid,
las conclusiones son los siguientes:
background image
28
n.
o
32
En este gráfico, donde se recogen las temperaturas
medias desde 1893 hasta 2005, se comprueba que la esti-
mación de la tendencia lineal de las temperaturas se inclina
hacia un aumento de las mismas. En estos 112 años la
temperatura media se ha incrementado en el sur-sureste de
la Comunidad de Madrid 1,13
o
C (ha pasado de 13,32
o
C a
14,45
o
C).
En esta representación de las precipitaciones, la tenden-
cia lineal es a la disminución con constantes altibajos.
Llueve
menos que hace 100 años. La mengua que se ha producido
respecto a las precipitaciones medias es de casi 10 litros
por metro cuadrado menos (exactamente 9,67 mm). Especial
significado tiene la sequía de 2005, que logra la marca
como año más seco de todos los que se tienen registros en
la actualidad. No obstante, si observamos detenidamente
el gráfico, podremos advertir que los episodios de años
extremadamente secos se acentúan a
partir del año 1953, y el intervalo de
tiempo establecido entre estos años
excepcionalmente áridos se reduce
considerablemente a partir de 1971
(la tendencia es que son más frecuen-
tes y más intensos) .
La sequía sufrida entre 1991 y
1996 afectó gravemente a la Reserva
Natural de El Regajal, con una merma
apreciable de la cobertura y desarrollo
de la vegetación herbácea y un aumen-
to de la erosión debida a esporádicas
tormentas. Un censo de mariposas
realizado al final de este periodo de
sequía y publicado en 1998 (GARCÍA-
BARROS et al., 1998) reveló una sor-
prendente escasa presencia de ejem-
plares y de especies, lo que nos alertó
respecto a los problemas ambientales
que sufría la Reserva, habida cuenta
del valor de estos insectos como bioin-
dicadores (VIEJO, 2000). Más dramática fue la situación que
se originó en 2005, cuando las precipitaciones fueron nulas
en los meses de abril, mayo, junio, julio, agosto y septiem-
bre. Las especies vegetales herbáceas apenas germinaron, y
aquellas que lo hicieron no tuvieron tiempo de completar su
ciclo, y por tanto, los lepidópteros que se alimentan de ellas
no pudieron prosperar. Respecto a las
especies leñosas, hubo una importan-
te defoliación y muerte de numerosos
ejemplares. Los ciclos biológicos de
los lepidópteros se aceleraron y a
duras penas pudieron sobrevivir.
En 1999 ya se hacía alusión a
estas observaciones en la publicación
"Mariposas del sur de la Comunidad
de Madrid"
:
"Nos encontramos con una vegeta-
ción y flora excepcionalmente adapta-
da a las condiciones climatológicas y
edafológicas locales, siendo capaces
de vivir con precipitaciones muy irregu-
lares y por debajo de los 400 l/m
2
al
año y temperaturas estivales medias
que superan los 30
o
C en algunas
zonas. Todos los mecanismos emplea-
dos y adaptaciones establecidas per-
siguen un mismo fin: la supervivencia
y perpetuación de la especie. Estos
graves inconvenientes a lo largo del
tiempo han provocado en las plantas
una serie de modificaciones en sus estructuras anatómicas y
procesos biológicos que, a su vez, obligan a drásticos ajustes
en los ciclos vitales de la fauna entomológica que se alimen-
ta de ellas. Uno de los casos más apreciables y llamativos
es el reducido tamaño de los lepidópteros que viven y se
reproducen en estas áreas. Las descripciones de numerosas
subespecies y formas por afamados y eméritos entomólo-
gos, como consecuencia del tamaño de los Ropalóceros,
en parajes de yesos tan singulares como los existentes en
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
29
la Reserva Natural El Regajal-Mar de Ontígola de Aranjuez,
han demostrado y dejado totalmente claro que, los ejempla-
res de algunas especies de mariposas residentes en estas
zonas son los más pequeños de todas las razas existentes
en Europa. Como consecuencia de este fenómeno, los nom-
bres con los que se bautizaron a las subespecies y formas
descritas hacen referencia a este escaso tamaño o enanis-
mo:
Zerynthia rumina subsp. minima, Pontia daplidice forma
chikita, Euchloe ausonia forma infima, etc. Al comparar estos
ejemplares con los que vuelan en otros países europeos se
comprobó que su tamaño llegaba a ser al menos la mitad, del
que poseían los ejemplares nominotípicos".
A nuestro criterio, esta tendencia tiene una explicación
razonable, y está muy ligada a la evolución y desarrollo que
marcan las plantas a las orugas de estas mariposas. Lo cier-
to es que este suceso responde al corto periodo primaveral
del que disfrutan las plantas, provocado por las escasas e
irregulares precipitaciones y acrecentado por la mala capaci-
dad que tienen los suelos de retener el agua de lluvia. Las
plantas anuales se ven obligadas a acortar su ciclo vital,
mientras que las vivaces arbustivas y arbóreas frenan su
crecimiento, brotación de renuevos y hojas tiernas, floración
y fructificación por sequía fisiológica. Las orugas, ajenas a
este fenómeno, se ven obligadas a incrementar su ritmo de
alimentación. Muchas de ellas no se desarrollan totalmente
en su último estadio larvario, debiendo crisalidar prematu-
ramente y antes de lo habitual. De sus crisálidas emergen
imagos de muy pequeño tamaño.
Aun así, si este proceso se acen-
túa e incrementa por las perturbacio-
nes que suponen los efectos del cam-
bio climático, es muy previsible que
los imagos sean inviables y algunas
de estas especies, ya al límite de sus
posibilidades, no puedan adaptarse
lo suficientemente rápido al ritmo que
les exigen sus plantas nutricias, o
peor todavía, que sus plantas nutricias
desaparezcan por completo de estos
lugares más afectados y sensibles a
los cambios que se avecinan. En los
siguientes climodiagramas se demues-
tra cómo la abundancia, tanto en el
número de ejemplares como en el
número de especies de Lepidópteros,
está en relación directa con la tempe-
ratura y precipitaciones primaverales.
Gráfico 3. Diagrama ombrotérmico
de temperaturas y precipitaciones medias
para el sureste de la Comunidad de Madrid.
Diferencia de tamaño entre un
ejemplar de Papillo machaon
nominotípico del norte de la
Comunidad de Madrid y otro de
la Reserva Natural de
El Regajal en Aranjuez.
background image
30
n.
o
32
En el climodiagrama n.º 3 se obser-
va la media de temperaturas y precipi-
taciones para un periodo de 112 años
(1893-2005). Existe un periodo de 4
meses con una marcada sequía fisio-
lógica (meses de junio, julio, agosto y
septiembre). En 1988 y 1989 (gráfi-
cos 4 y 5, respectivamente), los climo-
diagramas son totalmente diferentes:
en 1988, la primavera fue especial-
mente lluviosa, sobre todo en el mes
de junio, lo que provocó unas pobla-
ciones especialmente significativas de
muchas especies de Lepidópteros;
aunque el suceso más llamativo fue
el de Vanessa cardui, cuya orugas se
alimentan de diversos cardos, espe-
cialmente del cardo mariano (Silybum
marianum)
, y que fue noticia en toda
la prensa nacional. En 1989, otro año
benigno, se pudo comprobar que el
tamaño de los imagos que emergieron
era considerablemente mayor que en
años secos, casi el doble. En el caso
contrario, año 2005, la sequía fisioló-
gica (7 meses) casi se duplica respec-
to a la media (4 meses), como mues-
tra el climodiagrama n.º 6, aunque en
algunos municipios de la Comunidad
de Madrid este hecho todavía se incre-
menta más, como queda reflejado en
Villamanrique del Tajo, climodiagrama
n.º 7, donde la sequía fisiológica
empieza al inicio del mes de marzo y
acaba en el mes de octubre. En 2005,
las altas temperaturas y escasez de
lluvias provocaron que se dieran unas
densidades cuantitativas y cualitati-
vas de Lepidópteros extremadamente
escasas. No hubo apenas mariposas
de ningún tipo, como ocurrió con otros
órdenes de insectos.
EFECTOS DEL CAMBIO CLIMÁTICO
SOBRE ESPECIES
DE INSECTOS PLAGA
U
n hecho que no debe ser ignorado
es el de los posibles efectos del
cambio climático sobre aquellos insec-
tos vectores de graves enfermedades,
como en el caso de la malaria o el dengue. En los bosques
boreales y templados, el aumento de temperatura podría
ampliar los rangos temporales de crecimiento y reproducción,
favoreciendo su expansión hacia los polos, incrementando a
su vez la frecuencia de brotes de plagas (IUCN, 2000). El
mayor efecto del cambio climático sobre la transmisión de
enfermedades se observará probablemente en los extremos
del intervalo de temperaturas requerido para la transmisión
(14-18
o
C como límite inferior y 35-40
o
C como límite supe-
rior). Especies de mosquitos como el conjunto Anopheles
gambiae
, A. funestus, A. darlingi, Culex quinquefasciatus
y Aedes aegypti son responsables de la propagación de la
mayoría de las enfermedades transmitidas por vectores, y
son sensibles a los cambios de temperatura tanto en las
fases inmaduras en el medio acuático como es su estado
adulto. Cuando aumenta la temperatura del agua, las larvas
tardan menos tiempo en madurar (RUEDA et al, 1990) y, en
consecuencia, se puede producir un mayor número de crías
durante el periodo de transmisión. En los climas más cálidos,
las hembras de mosquito adultas digieren la sangre más
rápidamente y se alimentan con mayor frecuencia (GILLIES,
1953), y, debido a ello, aumenta la intensidad de transmi-
Gráfico 4. Diagrama ombrotérmico de temperaturas y precipitaciones registradas en el año 1988 para el sur-
este de la Comunidad de Madrid.
Gráfico 5. Diagrama ombrotérmico de temperaturas y precipitaciones registradas en el año 1989 para el sureste
de la Comunidad de Madrid.
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
31
sión. Para más información, recomendamos la lectura del
análisis regional que se hace de las enfermedades transmi-
tidas por vectores y sus relaciones con el cambio climático
que figura en la bibliografía.
Respecto a las plagas forestales, se puede esperar la
entrada de nuevas plagas provenientes de África y Suramérica,
mientras que las ya establecidas en España es previsible que
se desplacen hacia el norte y a mayores cotas, provocando
importantes problemas en áreas de montaña y localidades
hasta ahora libres de estos insectos parásitos. No obstante,
todavía no existen estudios serios que avalen esta hipótesis.
CONCLUSIONES
L
as mariposas diurnas de las
super familias Papilionoidea y
Hesperioidea reúnen muchos de los
requisitos reconocidos asociados a
los táxones con valor de indicadores
ambientales (PEARSON, 1995). Su
condición de elementos útiles es
reforzada por su estrecha relación
con el substrato vegetal, al tratar-
se de fitófagos de requerimientos
bastante específicos que, dentro
de unos límites razonables, pueden
reflejar las tendencias de otros gru-
pos de Artrópodos (MARTÍN CANO et
al.,
1996). Esto justifica su interés
a la hora de establecer o valorar
áreas de potencial utilidad para la
conservación del medio ambiente
(p. ej.: NEW et al., 1995). Sabido
es que las especies mejor indica-
doras de una comunidad, biotopo
o paisaje son aquellas que tengan
constancia (que aparezcan en todos
o casi todos los inventarios de ese
paisaje) y fidelidad (que aparezcan
sólo en esos inventarios) altas en los
muestreos (MARGALEF, 1974). La
actividad humana (explotación) sobre
la naturaleza produce su regresión
(MARGALEF, 1974), esto es, una
pérdida de complejidad y organiza-
ción del ecosistema, que queda de
manifiesto, entre otros fenómenos,
por la disminución de la diversidad y
el auge de las especies oportunistas
(VIEJO, 1982).
Se deberán intensificar las inves-
tigaciones que aborden el seguimien-
to de especies clave de insectos
sensibles a los cambios climatológi-
cos, puesto que como ha quedado
demostrado, los insectos, entre ellos
muchas especies de Lepidópteros,
son muy sensibles y a la vez estu-
pendos sensores de alarma a cual-
quier cambio que se produzca en
los hábitats donde nacen, viven, se
reproducen y mueren, dando lugar a
nuevas generaciones de individuos
de la misma especie. Que este proceso vital se perpetúe
en el tiempo está por ver: al igual que muchas especies de
Lepidópteros no lo han conseguido y se han extinguido, otras
no lo conseguirán ahora. El número de especies supervivien-
tes dependerá de los cambios que se produzcan en un futuro
previsiblemente demasiado cercano.
Como muchos científicos anuncian, puede que la sexta
gran extinción del tiempo geológico esté tan encima de noso-
tros que no nos demos cuenta de su presencia. El 99% de
todas las especies que han vivido en algún momento están
extinguidas (WILSON, 1994). Como un político inglés planteó
Gráfico 6. Diagrama ombrotérmico de temperaturas y precipitaciones registradas en el año 2005 para el sureste
de la Comunidad de Madrid.
Gráfico 7. Diagrama ombrotérmico de temperaturas y precipitaciones registradas en el año 2005 en la Estación
de Villamanrique de Tajo (Comunidad de Madrid).
background image
32
n.
o
32
recientemente, suponiendo que partamos de un patrimonio
de 8 millones de especies de insectos, tenemos que pre-
guntarnos: ¿queremos un futuro con 2 millones de especies
o, pongamos por caso, con 6 millones? Es posible que ya
sea demasiado tarde para conservar los 8 millones, pero es
evidente que 6 millones son preferibles a 2 millones. Esto
significa pensar en el futuro, a varias generaciones vista y
no en pasado mañana. ¿Seremos lo suficientemente inteli-
gentes como para saber decir ¡basta! e intentar encontrar
el equilibrio? Como dice la UICN: "ninguna especie debería
extinguirse"
. Puede que mitigar el cambio climático que se
nos avecina sea factible. En palabras de Miguel Delibes:
"Reiteramos que el futuro sea lo que nosotros, todos noso-
tros, queramos que sea. Está en nuestras manos. Además,
recordando a Antonio Gramsci, contra el pesimismo de la
inteligencia siempre podremos invocar el optimismo de la
voluntad. Queremos salvar la naturaleza y, además, necesita-
mos hacerlo"
. ¡Que así sea!
Colaboradores:
· Gráficos: Pedro López Nieva. Geógrafo. Sistema de
Información Geográfica del Parque Regional del Sureste.
Comunidad de Madrid.
· Datos de Guayana Francesa: José Rafael Esteban Durán.
Dr. Ing. Agónomo. I.N.I.A.
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LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
34
Pérdida de producción
de piña en los pinares de
piñonero como consecuencia
del cambio climático
La producción tangible de los ecosistemas forestales mediterrá-
neos muestra una fuerte dependencia de las condiciones climáti-
cas, una constatación válida no solamente para explicar sus di-
ferencias en el espacio, sino también en el tiempo. Especialmente
la baja disponibilidad hídrica limita muchos años el crecimiento
de los organismos, y con ello, los beneficios que se pueda obtener
del monte. Por tanto, el calentamiento global y los cambios en
el régimen de precipitaciones registradas en las últimas décadas
pueden traer consecuencias ecológicas y económicas importan-
tes para el sector forestal. En este contexto, este artículo repasa
como ejemplo práctico la influencia de factores climáticos en la
producción anual de piña del pino piñonero. Esta dependencia
explica la disminución de la cosecha media durante los últimos
cuarenta y cinco años en una zona de gran importancia piñera,
la Tierra de Pinares vallisoletana. Muy reveladores son los efec-
tos observados en años meteorológicos singulares, como la pri-
mavera calurosa de 1997 o la sequía de 2005.
Sven Mutke Regneri (smutke@montes.upm.es)
Ingeniero Técnico Forestal, Doctor por la UPM
Javier Gordo Alonso
Doctor Ingeniero de Montes
ST Medio Ambiente, Junta de Castilla y León
Luis Gil Sánchez
Biólogo, Doctor Ingeniero de Montes
ETSI Montes, UPM
n.
o
32
S.

Montaraz
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
35
L
a cosecha de la piña de Pinus pinea L. para extraer
su piñón comestible es uno de los aprovechamientos
no maderables más genuinos del monte mediterrá-
neo, con tradición milenaria en algunas zonas de
la Península Ibérica (Gil, 1999; Badal, 2001). Uno de sus
núcleos más importantes son los pinares situados en los
arenales de la Meseta Norte, en cuyos datos de producción
se basa el presente artículo, aunque sus conclusiones
pueden ser extensibles a otras regiones con pinares de la
especie.
La producción media anual de piña en los montes públicos
de la provincia de Valladolid, cuyos datos anuales se conser-
van en los archivos del Servicio Territorial de Medio Ambiente
de la Junta de Castilla y León a partir de 1960, muestran en
los últimos 40 años una tendencia a la baja. Se traduce en
una reducción en un tercio, a unos 120 kilogramos por hec-
tárea en los años 90 frente a las más de 180 kg en los años
60, aunque esta tendencia se ve fuertemente enmascarada
por la alta variación entre años (coeficiente de correlación
r de sólo 0,2 entre la serie temporal de la cosecha anual a
escala logarítmica y su tendencia lineal). Como se aprecia en
la figura 1, la disminución de la cosecha media se debe tanto
a series de malas cosechas durante los ciclos de sequía en
los ochenta y noventa como también a la ausencia desde
entonces de cosechas muy buenas, como aquellas en los
sesenta y setenta, cuando muchos años superaban los 300
kg por hectárea de media. La única excepción de esta falta
de cosechas destacadas fue la campaña excelente de 2001,
a la que volveremos más adelante.
Este descenso general de la producción va en paralelo
con las tendencias de las temperaturas y precipitaciones
registradas en este mismo intervalo en el observatorio de
Valladolid: la precipitación anual ha disminuido en un 15%
(-75 mm), la precipitación primaveral incluso en un 30% (-71
mm, especialmente en los meses de febrero y marzo) y la
temperatura media de los meses de junio y julio ha subido
en 1,7
o
C hasta los 20,7
o
C. Estas variables meteorológicas
muestran también una fuerte variación anual alrededor de
sus tendencias lineales que las relativizan, aunque estén en
línea con el aumento general
de la temperatura en España
en 1,5
o
C entre 1970 y 2000
(Ayala, 2004). Pero no fue
la tendencia en sí, sino pre-
cisamente los valores de
cada año de estas variables
de temperatura y precipita-
ción las que han servido,
junto con la presencia de
una autocorrelación negativa
con cosechas previas, para
ajustar un modelo para la
serie de producción media
anual de piña en la provincia.
Este modelo llega a explicar
un 75% de la vecería entre
años, como ilustra la figura 1
(Mutke et al., 2005a; Gordo
et al., 2005).
Si estas tendencias cli-
máticas hacia la africaniza-
Figura 1. Producción media de piña de Pinus pinea en kg por hectárea en los montes de U.P. de la provincia de Valladolid (línea
azul) y su media móvil de 5 años (línea roja discontinua) y valor predicho por el modelo de Mutke et al. (2005a) (línea verde).
Foto 1. Longitud final de las acículas de Pinus pinea del año seco 2005,
menos de la mitad que en años normales (foto abril 2006)
M.

V
entura
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36
n.
o
32
ción del clima peninsular
(Ayala, 2004) se mantienen,
la cosecha media esperada
de piña seguirá disminuyen-
do. Además, se observa que
esta pérdida de producción
se agudiza en los pinares
marginales con produccio-
nes de piña de por sí más
reducidas, de modo que ni
siquiera serían capaces de
asegurar su regeneración
natural al ser cada vez más
improbable que coincida un
año de cosecha abundante
con condiciones ambientales
en los años siguientes que
permitan el establecimiento
y la supervivencia de los brin-
zales (Gracia et al., 2005).
Pero mucho antes de
comprometer la propia per-
sistencia del pinar como for-
mación forestal, la disminu-
ción de la producción de piña
por hectárea hará que no sea
rentable su recogida, actual-
mente el principal ingreso
para el propietario del pinar.
Además, en un estudio rea-
lizado durante los últimos
once años se ha compro-
bado que el tamaño medio
que alcanza la piña en cada
cosecha guarda una relación
directa con la precipitación
del año (coeficiente de corre-
lación r 0,9), quedando su
peso medio en los años con
menos de 400 mm por deba-
jo de 200 gramos, frente a
los 250-300 gramos en años
normales, lo que implica una
pérdida adicional no sólo en
la cantidad, sino también en
la calidad del género y de su valor en el mercado (fig. 2;
Mutke et al., 2005b).
Por otra parte, el calentamiento global conlleva también
otros efectos, como el adelanto de la fenología primaveral
que hará que las especies sean más vulnerables a even-
tos extremos como las heladas. El piñonero normalmente
escapa holgadamente de heladas tardías al florecer en
esta región a finales de mayo o principios de junio. Pero en
años anómalos como 1997, con primaveras muy calurosas,
todo el desarrollo puede adelantarse en varias semanas,
exponiendo las flores a las ocasionales heladas tardías. Así,
tras una helada en la madrugada del 8 de mayo de 1997
se observó el aborto de hasta un 25% de las flores, cuyas
yemas en años normales ni siquiera habrían aparecido hasta
varias semanas más tarde (Mutke et al., 2003).
Pero las alteraciones del calendario fenológico pueden
traer otros efectos menos obvios: el citado adelanto de
la fenología en combinación con el verano especialmente
húmedo de 1997 (259 mm de lluvia entre mayo y agosto,
más del doble del promedio del cuatrimestre en la década
de los años 90) llevó en 1997 a una inducción floral muy
abundante para la floración del año siguiente. Su resultado
final fue la cosecha excelente de 2001 (la piña de piñonero
necesita tres años para madurar) que se situó muy por
encima del valor predicho para este año por el citado modelo
meteorológico (fig. 1). Este modelo se basa, entre otros
factores, en la precipitación primaveral del año anterior a la
floración, pero debido a que la fenología se adelantó en 1997
en casi un mes, los meses que influyen en años normales
no lo fueron en aquel año singular. La interpretación de la
cosecha excelente del 2001 como resultado de una floración
extraordinaria en 1998 se ve apoyada por la coincidencia
Figura 2. Peso medio de piña en dependencia de la precipitación del año forestal anterior a la cosecha (Mutke et al., 2005b
y datos sin publicar).
Foto 2. El piñonero crece y regenera en arenas donde sólo líquenes y herbáceas fugaces lo acompañan (Tierra de Pinares).
J.

Gordo
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
37
de una producción extraordinaria de
piña en los pinares de silvestre en
Valsaín en 2000, correspondiendo
en esta especie de maduración
bianual a la misma floración de
1998 (Celia Martínez, com. pers.).
Por otra parte, estos fenómenos
muestran que los procesos biológicos
y biometeorológicos implicados
en la vecería son complejos y
requieren cautela en su análisis o la
extrapolación a escenarios basados
en pocas variables de control.
Otra variable dependiente de la
precipitación es la masa foliar forma-
da cada año y su vida útil. Es ya un
tópico el acortamiento del ciclo de
vida del follaje bajo condiciones xéri-
cas, pero además se constata en el
piñonero una dependencia directa del
tamaño de las acículas de la precipi-
tación durante su formación (Mutke et
al
., 2003). Especialmente la sequía
extrema de 2005 ha llevado a una
cohorte llamativa de acículas que en
muchos pinos no superan los 5-8 cm
de longitud, frente a los 12-15 cm en
años normales (foto 1), llegando en
casos extremos a la ausencia total de
acículas nuevas y el secado de estos
brotes desnudos. Un fenómeno aná-
logo de una cohorte de follaje escaso
y de limbo muy reducido en 2005 se
observó también en los encinares
del interior de la Península (Fernando
Valladares, com. pers.).
Como reflexión final de estas
observaciones y datos de campo
obtenidos en los últimos lustros, que
dejan pocas dudas de la influencia de
la meteorología sobre los procesos
descritos, cabe preguntarse que trae-
rá el porvenir para esta especie. Los
expertos llevan alertando sobre los
riesgos del cambio climático desde
hace décadas -incluso más de un siglo
desde aquel famoso primer trabajo
de Arrhenius (1896) sobre el efecto
invernadero- y predicen especialmente
para la Península Ibérica un incremen-
to de temperatura y una disminución
de las precipitaciones estivales tales
que podrían reducir en el presente
siglo las áreas de distribución de las
especies mediterráneas más relevan-
tes como encina, alcornoque, pino
negral y carrasco (Schröter et al.,
2005). Pese a que -o precisamente
porque- el pino piñonero es una espe-
cie adaptada a zonas cálidas con mar-
cada aridez estival, su situación tipo
Foto 3. Masa mixta de pino piñonero y negral sobre dunas continentales (Monte "Las Arenas")
Foto 4. La colonización dispersa del encinar hueco por el piñonero depende de la disponibilidad
de árboles madre cercanos cuya semilla es dispersada por aves.
L.

F
ina
t
S.

Mutke
L.

F
ina
t
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38
n.
o
32
Foto 5. Repoblación pujante de pino piñonero en el norte de Burgos 25 años después del incendio que arrasó el pinar original de negral.
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sobre sustratos muy permeables y profundos que aumentan
la xericidad de la estación podría comprometer la permanen-
cia de estas masas bajo el actual panorama hacia un clima
más caluroso y seco. Si peligran las formaciones forestales
naturales donde es insustituible esta especie psamófila para
fijar vastas extensiones de arenales costeros y de interior,
las implicaciones directas irán más allá del propio ecosiste-
ma: desde problemas para la captación de agua por parte
de los pueblos pinariegos hasta la erosión eólica hacia las
tierras colindantes, fenómeno ya conocido en el pasado tras
la degradación y roturación del pinar durante el siglo XIX
(Romero, 1884).
Aunque la propia persistencia de la especie no peligre
gracias a sus dispersores animales que la ayudan a coloni-
zar espontáneamente otros ecosistemas colindantes (foto
2) y gracias también a que sus repoblaciones experimentan
actualmente una importante expansión hacia el norte (foto
3), el pino piñonero podría verse expulsado precisamente de
su hábitat natural más genuino, donde ningún otro árbol ha
sido capaz de hacerle sombra: las arenas paupérrimas donde
su piñón ha sido el principal aprovechamiento del terreno por
parte del hombre desde tiempos del Neandertal.
S.

Mutke
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
39
background image
LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
40
n.
o
32
E
n este estudio han participado Rafael M.a Navarro
Cerrillo, del Departamento de Ingeniería Forestal­
Universidad de Córdoba, Ángel Fernández Cancio,
del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias­
Ministerio de Educación y Ciencia, e Israel Sánchez Osorio,
de la Universidad de Huelva, entre otros investigadores, así
como el equipo de Equilibrios Biológicos de Egmasa, que han
contado con la dirección técnica de la Consejería de Medio
Ambiente a través de Ángel Carrasco Gotarredona.
La Sierra de los Filabres es un antiguo macizo montañoso
ocupado en su mayoría por pinares de repoblación de las
especies Pinus halepensis (9.118 ha, 32,35%), P. pinaster
(5.658 ha, 20,08%), P. nigra (7.507 ha, 26,64%) y P. sylves-
tris
(5.900 ha, 20,94%). Los daños observados se concen-
tran en las dos últimas especies, y consisten en la aparición
de rodales con árboles completamente secos o pies más o
menos gravemente defoliados.
Se han distinguido tres categorías de daño:
· Sin afectar: no se aprecia ningún tipo de daños sobre
la vegetación.
· Moderado: arbolado parcialmente afectado.
· Alto: estrato arbóreo totalmente seco, con o sin pérdida
de hojas.
A través de un estudio de teledetección (uso de imágenes
de satélite) se elaboró una cartografía de daños para las dos
especies de pino, obteniéndose los valores superficiales que
se indican en la tabla:
De cara a plantear un
diagnóstico que explicara el origen
de los daños causantes del decaimiento de los pinares de
pino silvestre y pino salgareño, las hipótesis previas que se
barajaron en un principio fueron:
· Presencia de plagas
· Presencia de enfermedades
· Lluvia ácida
Los informes realizados por la Universidad de Huelva
sobre la presencia de plagas desestimaron dicha hipótesis
como causa principal. Respecto a la existencia de enfer-
medades como posible causa de los daños, el equipo de
Patología Forestal de la Universidad de Córdoba realizó
análisis de muestras pertenecientes a árboles afectados de
la zona y no se observaron signos que permitieran detectar
algún patógeno como causa primaria de los daños.
La proximidad de la Central térmica de Carboneras
hizo necesario comprobar si los pinares se habían visto
afectados por lluvia ácida. Sin embargo, según estudios
previos (Albizurri et al., 1988), las emisiones de Carboneras
se concentran en el área de Sierra Cabrera, no llegando sus
efectos a las inmediaciones de Filabres.
Desestimadas las hipótesis de partida, se abordó un
estudio del clima orientado a comprobar la adecuación
climática de esta sierra para albergar este tipo de pinares y,
especialmente, masas de Pinus sylvestris.
Estudiando el clima en estaciones meteorológicas de
las inmediaciones de la Sierra de los Filabres, se comprobó
que las precipitaciones en la zona son insuficientes para
mantener masas de pino silvestre. En el momento de la
repoblación, las condiciones climáticas eran excepcional-
mente húmedas, quizá en la mayor fase húmeda del milenio.
La diferencia de precipitación entre estas fases de máxima
pluviometría y las actuales es de casi un 30%. Esto explica
sobradamente el decaimiento masivo de estas masas.
El proceso de incremento térmico inducido por el Cambio
Climático ha agravado la situación desde el periodo 1970-
1980. Se ha comprobado la existencia de una perturbación
Francisca M.
a
de la Hoz Rodríguez
Jefa del Servicio de Ordenación y Defensa de los Recursos Forestales
Consejería de Medio Ambiente. Junta de Andalucía
Cambio climático en
la Sierra de los Filabres
El decaimiento de pinares en la Sierra de los
Filabres se viene observando desde el año
2001. Los daños han experimentado un
progresivo aumento hasta cubrir una gran
superficie de repoblaciones de pino silvestre
(
Pinus sylvestris) y pino salgareño (Pinus
nigra), por lo que surgió la necesidad de
realizar un diagnóstico de estas masas fores-
tales, en particular de
Pinus nigra y P. sylves-
tris, haciendo especial hincapié en esta última
especie por ser la más afectada en cuanto a
superficie e importancia de los daños.
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
41
amplia, modificando la estacionalidad de precipitaciones y
temperaturas. Como rasgos más significativos tenemos el
aumento de las temperaturas, sobre todo de las máximas, el
aumento de la oscilación térmica y de los extremos diarios,
la disminución global de precipitación y el aumento grave de
la aridez primaveral.
Con todo, las masas de pino silvestre estarían fuera
de estación, siendo lo más probable que desaparezcan
progresivamente, sobre todo si se agrava el cambio climático.
Sólo por encima de los 1.800 m, si la aridez baja de tres
meses y la precipitación supera los 400 mm, existe la
posibilidad del mantenimiento de pies o rodales aislados.
Se ha estudió también el efecto del clima sobre el cre-
cimiento de los árboles mediante dendrocronología. En el
caso del pino silvestre, el estudio ha permitido conocer la
pauta de crecimiento de los árboles entre 1970 y 2004. La
serie comienza con un periodo de fuerte crecimiento (1970-
1977), seguida de una caída y estabilización del crecimiento
por un largo periodo (1980-1997). Al final de ese periodo se
produce una fuerte reducción en la parte final (1998-2004),
ocasionadas con seguridad por problemas de competencia y
cambio en las condiciones climáticas, alcanzando valores de
crecimiento próximos a cero.
Se observan variaciones que pueden ser explicadas
por factores climáticos, como los mayores crecimientos
asociados a años particularmente lluviosos y las caídas
de crecimiento vinculadas a años de sequía. Sin embargo,
la combinación de un cambio brusco en las condiciones
climáticas (fuerte sequía de 1998-1999) y el incremento de
la competencia debida al crecimiento de la masa durante
la década de los 90 han hecho que la masa inicie un claro
declive hasta valores de crecimiento inferiores a 1 mm.
En el caso de pino salgareño, la
situación es semejante al pino silvestre,
aunque algunas caídas en el crecimiento
pueden deberse a la presencia de
agentes bióticos, en particular, defo-
liadores. Su crecimiento inicia un
ligero declive en el periodo 1990-1993
análogo al sufrido por pino silvestre,
que se acentúa a partir de 1998.
RECOMENDACIONES DE CONTROL
· Las actuaciones de control de
daños deben ser de naturaleza selvícola, mediante la
ejecución de un plan de claras adecuado a las condiciones
de decaimiento de las masas, y planificado en el tiempo y en
el espacio para adecuar los rodales con daños moderados
y bajos. El tipo de claras (claras selectivas) y la intensidad
deberían de discutirse en función de cada especie y
localización.
· La estructura espacial de estas masas debería
reproducir la propia de las especies en las zonas limítrofes
de alta montaña mediterránea, con rodales dispersos de
baja densidad en el interior de una matriz de vegetación
con presencia de matorral y otras especies arbóreas y
arbustivas. No se considera recomendable el plantear un
cambio de especie principal.
· Sería recomendable ampliar y profundizar en el estudio
en el complejo Baza-Filabres, dado el alto riesgo potencial
de que el problema afecte a otras especies (por ej., Pinus
pinaster
) y otras localizaciones (Sierra de Baza).
En cuanto a los Proyectos de Ordenación redactados
en la provincia de Almería, suponen del orden del 36% de
la superficie forestal de la provincia, estando vigentes casi
60.000 ha y cerca de 10.000 en redacción. En concreto,
a lo largo del 2005 se inició la redacción de los proyectos
de los montes pertenecientes a la Junta de Andalucía en
los TT.MM. de Albánchez, Bayarque, Cantoria, Castro de
Filabres, Fines, Laroya, Líjar, Máchale, Olula de Castro,
Purchena, Sierro y Velefique en la Sierra de los Filabres, así
como los de Abla, Abrucena y Las Tres Villas en la Sierra de
Baza en Almería, continuación de la anterior, de los que se
espera obtener la correcta planificación de actuaciones a
realizar en los próximos años.
ESPECIE
sin daños
(ha)
Moderados
(ha)
Elevados
(ha)
Totales
(ha)
Pinus nigra
905,8
6.272,3
325,7
7.503,8
P. sylvestris
1.614,4
3.961,5
324,0
5.899,9
Totales
2.520,2
10.233,8
649,7
Ismael
Muñoz
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LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
42
n.
o
32
El cambio climático y
la contabilización de
los bosques como
sumidero de carbono
Martínez de Saavedra Viciana, J.
Estadístico. SILCO, S.L.
Pérez Pérez, S.
Ingeniero de Montes. TECMENA, S.L.
Sánchez Peña, G.
Ingeniero Técnico Forestal y Geógrafo
Dirección General para la Biodiversidad
Ministerio de Medio Ambiente
LOS BOSQUES COMO SUMIDEROS
L
a vegetación, a través de los ciclos elementales de la
fotosíntesis, transforma energía solar en química absor-
biendo dióxido de carbono (CO
2
) del aire para fijarlo en forma
de biomasa, liberando oxígeno (O
2
) a la atmósfera. Gracias
a la absorción de carbono por parte de las formaciones
vegetales, la cantidad de este compuesto en la atmósfera
disminuye sensiblemente, lo que contribuye a la mitigación
de los efectos del Cambio Climático.
Los bosques en particular, siguiendo ese ciclo bioquí-
mico, juegan un papel preponderante en el ciclo global del
carbono, ya que:
- intercambian C con la atmósfera a través de la fotosín-
tesis y la respiración,
- son fuentes de emisión de C cuando son perturbados
por causas naturales o antrópicas,
- almacenan grandes cantidades de C en su bioma-
sa (tronco, ramas, corteza, hojas y raíces) y en el suelo
(mediante su aporte orgánico) y, por tanto, son sumideros
(transferencia neta de CO
2
del aire a la vegetación y al suelo,
donde son almacenados), cuando se favorece su crecimiento
y desarrollo,
- ofrecen productos que, aparte de fijar carbono durante
su vida útil, ahorran la energía que requiere la fabricación
de productos sustitutivos, que compiten con la madera en el
consumo, como pueden ser los metales, plásticos, cemento,
etc.,
- suponen una fuente de combustible, con carbono previa-
mente extraído de la atmósfera y que, por tanto, no altera el
balance del mismo, y sí evita el empleo de carbono fósil en
forma de hidrocarburos.
El carbono, una vez que se fija, es "almacenado" en dis-
tintos "compartimentos", donde su permanencia es variable
o lo largo del tiempo. Así mismo, ese carbono puede recircu-
lar entre las diferentes fracciones (ver Fig. 1).
LA CONTABILIZACIÓN DE LOS SUMIDEROS FORESTALES
EN EL MARCO DE LA CONVENCIÓN MARCO
SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO
L
a Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio
Climático fue adoptada en 1992 y entró en vigor en 1994.
Su objetivo es lograr una estabilización de las concentracio-
nes de gases de efecto invernadero en la atmósfera con el
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
43
fin de impedir perturbaciones
peligrosas de carácter antropo-
génico en el sistema climático.
En 1995, la Conferencia de
las Partes, órgano supremo
de la Convención, establece
que los países desarrollados
(Partes del Anexo 1) presenta-
rán en el marco de la comuni-
cación nacional un
Inventario
Nacional Anual de Gases de
Efecto Invernadero (en adelan-
te, GEI) como base para demos-
trar el cumplimiento de sus
compromisos. La comunicación
nacional es el cauce principal a
través del cual los países infor-
man a la Convención acerca de
sus actividades relacionadas
con la aplicación de ésta (pla-
nes y políticas, cooperación,
creación de capacidad y trans-
ferencia de tecnología).
El Panel Intergubernamental
sobre el Cambio Climático (en
adelante, IPCC, creado en 1988
en la Asamblea General de las
Naciones Unidas) ha publicado
en 2003 la Guía de Buenas
Prácticas para el Uso de la Tierra, Cambio del Uso de la
Tierra y la Selvicultura, con el fin de facilitar la aplicación
del sistema de presentación de informes. Las emisiones y
absorciones de GEI se deben notificar en los modelos comu-
nes de presentación de informes (Common Report Format,
CRF), donde se establecen los siguientes compartimentos:
Bosques, Cultivos, Pastizales, Humedales, Asentamientos y
Otras tierras. Esta información se integra con la del resto de
sectores implicados en las emisiones de GEI y se remite a
la Secretaría de la Convención Marco de Cambio Climático.
España presenta los Inventarios Nacionales en el ámbito
forestal desde el año 2002.
CONTABILIZACIÓN DE LOS SUMIDEROS FORESTALES
EN EL MARCO DEL PROTOCOLO DE KIOTO
E
l Protocolo de Kioto desarrolla y dota de contenido con-
creto las prescripciones genéricas de la Convención. Fue
adoptado en 1997, y establece por primera vez objetivos de
reducción de emisiones netas de gases de efecto invernade-
ro para los principales países desarrollados o con economías
en transición. La Unión Europea ha asumido los compromi-
sos de Kioto, que permiten, mediante su artículo 3.3, la
contabilización de las absorciones de GEI debidos a la fores-
tación y reforestación y de las emisiones de GEI debidas a la
deforestación, con la finalidad de cumplir los compromisos
suscritos. Es decir, se deben contabilizar las variaciones en
ALMACÉN
FRACCIÓN
EJEMPLOS
TIEMPO MEDIO DE
PREMANENCIA
BIOMASA
Leñosa
Fustes, ramas...
De décadas a siglos
No leñosa
Biomasa foliar
De meses a años
SUELO
Residuos
Hojarasca, restos de corta
De meses a años
Materia Orgánica
activa
Residuos parcialmente
descompuestos,
carbono en agregados
De años a décadas
Materia Orgánica
estable
Materia Orgánica
estabilizada en arcillas,
carbono recalcitrante, turba
De siglos a milenios
Fig. 1: compartimentos relacionados con los bosques que sirven de almacén de carbono. (Fuente: Valero et al, 2003)
background image
44
n.
o
32
el almacenamiento de carbono (stocks), verificables y pro-
cedentes de las actividades de forestación, reforestación y
deforestación, que cumplan las siguientes condiciones:
* que sean actividades "directamente inducidas por el
hombre"
* que sean verificables
* que estén recogidos desde el año 1990
Estas estimaciones deben realizarse según las nuevas
directrices ad hoc que va emitiendo el IPCC, y para lo cual
se utilizan los datos de superficie forestada y reforestada en
España desde 1990 hasta la actualidad y lo previsto hasta
2012, final del primer periodo de compromiso (2008-2012).
El artículo 3.4 del Protocolo permite contabilizar los
cambios en estos almacenes de carbono verificables pro-
cedentes de las actividades adicionales de gestión forestal,
gestión de pastizales, revegetación y gestión de tierras
agrícolas (información no obligada) que cumplan los mismos
requisitos que las actividades del artículo 3.3. En cuanto
a la gestión forestal, existe un máximo establecido en los
Acuerdos de Marrakech (COP7, 2001) de 0,67 Mt de C/año
(resolución FCCC/CP/2001/13/Add.1).
EL PROCESO DE CONTABILIZACIÓN
E
n el marco de la Convención y del Protocolo se toman en
cuenta los siguientes aspectos:
- Escala temporal: anual
- Escala espacial: todo el territorio nacional
- Gases considerados: dióxido de carbono (CO
2
), metano
(CH
4
), óxido nitroso (N
2
O), hidrofluorocarbonos (HFC), per-
fluorocarbonos (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF
6
)
- Sectores que cubren: energía, procesos industriales,
utilización de disolventes y otros productos relacionados,
agricultura y ganadería, uso de la tierra, cambio del uso de
la tierra y selvicultura (sector LULUCF) y residuos.
La metodología aplicada para la realización de los inven-
tarios ha de seguir las directrices elaboradas por el IPCC
en:
1. Directrices del IPCC para los Inventarios Nacionales de
GEI (versión revisada en 1996)
2. Guía de Buenas Prácticas para el Uso de la Tierra,
Cambio de Uso de la Tierra y Selvicultura, del año 2003
(GPG2003)

Según la Conferencia de las Partes celebrada en
Marrakech en 2001 (COP7), dentro del Convenio Marco
sobre el Cambio Climático, en su decisión 11/CP.7 sobre
Uso de la tierra, cambio de uso de la tierra y selvicultura,
en su Anexo define "Bosque" como superficie mínima de tie-
rras de entre 0,05 y 1,0 hectáreas (ha) con una cubierta de
copas (o una densidad de población equivalente) que excede
del 10 al 30% y con árboles que pueden alcanzar una altura
mínima de entre 2 y 5 metros (m) a su madurez
in situ. Un
bosque puede consistir en formaciones forestales densas,
donde los árboles de diversas alturas y el sotobosque cubren
una proporción considerable del terreno, o bien en una masa
boscosa clara. Se consideran bosques también las masas
forestales naturales y todas las plantaciones jóvenes que
aún no han alcanzado una densidad de copas de entre el
10 y el 30% o una altura de los árboles de entre 2 y 5 m,
así como las superficies que normalmente forman parte de
la zona boscosa pero carecen temporalmente de población
forestal a consecuencia de la intervención humana, por
ejemplo de la explotación, o de causas naturales, pero que
se espera vuelvan a convertirse en bosque
. Son las Partes
(autoridades nacionales) quienes deben elegir las definicio-
nes entre los baremos antes establecidos, de forma que
sean coherentes con sus datos y con los acuerdos interna-
cionales y las bases de datos de referencia de FAO.
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
45
Para el bosque que se mantiene como bosque, en la
Guía de Buenas Prácticas se describe la estimación de los
cambios de existencias de carbono teniendo en cuenta cinco
factores de absorción o sumideros diferentes: biomasa aé-
rea, biomasa subterránea, madera muerta, residuos y mate-
ria orgánica del suelo. Al estar todavía en fase de recogida
de datos los referentes a los sumideros que comprenden la
materia orgánica muerta y los suelos, se toman los valores
que se establecen por defecto en la GPG2003.
Para la biomasa viva, se realizan los cálculos teniendo
en cuenta:
- En la fijación o absorción: se comparan las superficies
y m
3
por hectárea del Segundo y Tercer Inventario Forestal
Nacional, por provincia y por especie
- En la emisión: Se consideran las biomasa eliminada
por cortas, el consumo de madera como combustible y otros
usos de la madera
Los datos de superficie se obtienen a partir de los datos
del Segundo y Tercer Inventario Forestal Nacional, de los
Mapas de Cultivos y Aprovechamientos, Mapas Autonómi-
cos y Mapas Forestales Españoles. A partir de los datos
de volumen maderable con corteza de los IFN, y aplicando
factores de expansión de biomasa aérea y de raíces valida-
dos internacionalmente de acuerdo con la GPG, se obtiene
finalmente el carbono fijado y emitido por la biomasa viva de
los bosques que se mantienen como bosques.
Para las tierras que pasan a ser bosque, como en el
caso anterior, sólo se calcula el valor correspondiente a la
biomasa viva, y se supone que existe únicamente fijación o
absorción. En este apartado se establecen dos ámbitos:
- en el caso de manejo intensivo, las zonas elegidas
serán las correspondientes a las tierras agrarias refores-
tadas, ya que estas áreas se regeneran de forma artificial.
Se corresponden al sector denominado cultivos que pasan
a ser bosque
- en el caso de manejo extensivo se consideran las zonas
de regeneración natural, es decir, la conversión a bosque de
tierras que cumplen con la definición de pastizal, sobre todo
vegetación dominada por pastos como uso principal, y que
se distinguen del bosque por tener una fracción de cabida
cubierta menor que el usado en la definición de bosque. Se
incluyen las tierras agrícolas abandonadas no reforestadas.
Se denominan pastizales que pasan a ser bosque
Los resultados de una primera estimación del potencial
español en el ámbito LULUCF son presentados en la Fig. 2.
Son sin duda prometedores, si se consigue a la postre crear
y mantener una robusta base de datos que pueda ser valida-
da a escala internacional, requisito fundamental para que el
verdadero valor de nuestros ecosistemas forestales pueda
ser realmente contabilizado.
Para mayor referencia, se pueden consultar las páginas
web:
- del UNFCCC:
http://unfccc.int
- del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climáti-
co:
http://www.ipcc.ch/
- de la Guía de Buenas Prácticas, 2.003:
http://www.ipcc-nggip.iges.or.jp/public/gpglulucf/gpglu-
lucf.htm
Fig. 2: Estimación provisional de la evolución en la tendencia de emisión y fijación de CO
2
en el sector LULUCF (Gg de CO
2
). Años 1990-2004 en España
background image
LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
46
n.
o
32
C
iertamente, contamos con un variado conjunto
de propuestas para reducir las emisiones netas
de gases de efecto invernadero. Propuestas en
campos como el ahorro y la eficiencia en el uso de
la energía, la generación energética limpia, la conservación
de los sumideros de carbono o los estilos de vida y consumo
sostenibles. Sin embargo, el tiempo pasa, las nuevas formas
de hacer no se generalizan y las concentraciones atmosféricas
de gases de efecto invernadero siguen aumentando. Cabe
pensar que el principal reto que nos plantea el cambio
climático no es encontrar fórmulas para reducir las emisiones
sino generar la sensibilidad, la voluntad social y los acuerdos
necesarios para que algunas soluciones ya planteadas
empiecen a ser adoptadas de forma decidida.
Es evidente que la respuesta humana al cambio climáti-
co aún no está a la altura de la importancia del problema.
Algunos consideran que será uno de los grandes retos a los
que deberán dar respuesta las élites políticas y científicas en
este siglo. Pero sin el concurso de los ciudadanos no parece
fácil que puedan ponerse en pie cambios del calado reque-
rido. Los ciudadanos, de hecho, juegan un doble papel, de
gran importancia, en relación con el cambio climático:
- Como protagonistas de "emisiones difusas", los españo-
les somos responsables directos del 30% de las emisiones
de CO
2
: son las producidas en concepto de consumo de
energía en el hogar y transporte1
- Como actores políticos, de los ciudadanos depende la
aceptación o el rechazo de las iniciativas públicas, así como
la presión que se ejerza sobre los poderes públicos para que
actúen respecto al problema; ambas influyen de forma muy
significativa en las políticas públicas frente al cambio climáti-
co
En este sentido, el cambio climático debe considerarse
un gran reto colectivo que nos afecta a todos. Sin embargo,
el escenario social actual no resulta muy halagüeño, ya que
(Heras, 2003):
El cambio climático,
un reto social y educativo
Francisco Heras Hernández
Centro Nacional de Educación Ambiental­O.A. Parques Nacionales
El mensaje de los científicos es claro: para
frenar el cambio climático es imprescindible
reducir de forma sustancial las emisiones de
gases de efecto invernadero que se producen
como consecuencia de las actividades
humanas. Pero lograr estas ansiadas
reducciones dista de ser una tarea sencilla.
No se trata de cambiar un limitado conjunto
de prácticas, sino de replantear todo el sistema
de producción y consumo energético, que es,
a su vez, un elemento central del sistema
económico y cultural contemporáneo.
Sus ramificaciones afectan a aspectos tan
diversos como los modelos urbanísticos,
las formas de ocio, las pautas de movilidad
o las prácticas agrícolas y forestales,
por poner algunos ejemplos.
La sensibilización debe ir acompañada de capacitación para la acción.
Dos alumnas de secundaria colocan un plantón
en un área quemada en el pinar de Valsaín.
Carlos
de
Miguel
(CENEAM).
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
47
- La mayoría de la población desconoce el fenómeno del
cambio climático, sus causas y sus posibles consecuencias
o posee ideas erróneas al respecto; mucha gente minimiza
su importancia e incluso duda de su existencia real
- El modelo de vida basado en un elevado consumo ener-
gético goza de una elevada aceptación social
- Las personas que conocen mejor el problema mantienen
unos patrones de consumo energético, cuanto menos, simi-
lares a los del resto de la población, por lo que parece difícil
que la mera divulgación de la problemática genere, automáti-
camente, comportamientos responsables
- Importantes sectores económicos ven amenazados sus
intereses con las propuestas de reducción de emisiones
planteadas y se oponen de forma abierta a la puesta en pie
de alternativas de mitigación sustanciales
Como decíamos, el recorte sustancial de las emisiones
requiere cambios sustanciales, y éstos no parecen posibles
sin una adecuada comprensión de la gravedad del fenómeno
por parte de los ciudadanos y sin el convencimiento social de
que es urgente y prioritario poner en marcha respuestas ade-
cuadas. Sin embargo, respecto a la naturaleza del fenómeno
o su gravedad, se encuentran ampliamente extendidas ideas
como éstas (Marshal, 2000):
- La atmósfera es inmensa y no parece probable que
podamos alterarla de forma global
- El cambio se concreta en pequeñas variaciones de tem-
peraturas que no son peligrosas
- El cambio es muy gradual, lo que nos permitirá adaptarnos
No debe extrañarnos, por tanto, que uno de los estudios
de opinión más reciente sobre temas ambientales realizados
en nuestro país (CIS, 2005) señale que:
- Aunque el cambio climático se considera un problema
grave a escala global, muy pocos lo consideran importante a
escala nacional o local
- El cambio climático es considerado el menos urgente
de una serie de problemas ambientales presentados a los
encuestados
Es evidente que las percepciones y valoraciones más
extendidas entre los españoles no coinciden con las de los
expertos que siguen más de cerca el fenómeno. En este sen-
tido, parece deseable una evolución en la percepción social
sobre el cambio climático, avanzando hacia una nueva visión
del problema:
Visión actual
Nueva visión
Los cambios serán lentos y graduales
Los cambios son rápidos y no serán necesariamente lineales
Es un problema de cara al futuro
Es un problema que requiere acciones urgentes
A nosotros casi no nos afecta
A nosotros nos afecta de forma seria
Nosotros tenemos poca influencia en su
resolución
Aunque en ocasiones pueda ser así, sin la participación de todos,
será muy difícil lograr cambios efectivos
Es un problema tecnológico
Es un problema socioambiental
Hay que saber más antes de tomar decisiones
Hay que aplicar el principio de precaución y no aplazar las respuestas
Es necesario promocionar hábitos y estilos de vida de baja energía.
Carlos
de
Miguel
(CENEAM)
background image
48
n.
o
32
En el ámbito de las decisiones personales resulta pre-
ocupante comprobar que incluso las personas sensibilizadas
tienen importantes problemas para que su sensibilidad se
traduzca en acciones responsables. Por ejemplo, los ciudada-
nos tienen serias dificultades para identificar las actividades
y los servicios en los que consumen una mayor cantidad de
energía. Y las dificultades se multiplican a la hora de traducir
estos consumos a emisiones de gases de efecto invernade-
ro, debido, entre otras razones a que (Heras, 2003):
- Los productos energéticos se contabilizan en unidades
de medida diversas (litros, metros cúbicos, kilowatios), lo
que dificulta las comparaciones
- La traducción de consumo energético a gases emitidos
es complicada, especialmente para el caso de la electrici-
dad
- El consumidor carece de datos sobre las emisiones aso-
ciadas a numerosos productos y servicios que conllevan un
elevado consumo energético (por ejemplo, un viaje en avión)
Por otra parte, hay un conjunto de percepciones sociales
que dificultan de forma significativa los comportamientos
responsables frente al cambio climático; entre ellos:
- Las dudas sobre la gravedad del fenómeno, que llevan a
pensar a muchos que es mejor esperar "a tener más datos"
- La sensación de que las aportaciones personales resul-
tan insignificantes ante la magnitud del problema
- La percepción de que el ahorro de energía conlleva un
sacrificio personal muy elevado
Además, los pueblos y ciudades, los servicios públicos
y las infraestructuras están cada vez más pensados para
formas de vida con elevados gastos energéticos. Y con
frecuencia resulta muy complicado decantarse por opciones
personales de baja energía ante la inexistencia de alternati-
vas adecuadas.
En el ámbito de lo colectivo, y muy especialmente desde
la gestión pública, contamos con instrumentos útiles para
facilitar el cambio (por ejemplo, la normativa, la fiscalidad,
las políticas de subvenciones, la ordenación del territorio, las
infraestructuras...). Pero un replanteamiento de estos instru-
mentos y políticas será difícil sin un amplio consenso social,
que, a su vez, debe nacer de una percepción compartida
sobre la importancia del problema.
Parece evidente, por tanto, que la comunicación y la
educación ambiental tienen un papel que jugar para facilitar
respuestas inteligentes y responsables ante el cambio climá-
tico. Por sí mismas, difícilmente podrán catalizar el cambio
requerido; pero sin ellas, en una sociedad democrática, ese
cambio se adivina como inviable.
En los últimos años se han ido poniendo en marcha
iniciativas diversas que afectan a áreas como el acceso a
la información, la sensibilización ciudadana, la educación
formal, la formación técnica y profesional, la apertura de pro-
cesos participativos o la creación de redes de intercambio y
cooperación (ver algunos ejemplos en la tabla adjunta). Son
iniciativas promovidas por un conjunto variado de agentes y
se dirigen a jóvenes y estudiantes; pero también a trabaja-
dores, a empresarios, a técnicos y profesionales, a organi-
zaciones sociales y económicas. Porque no cabe concebir la
educación como la varita mágica que ha de crear "nuevos
ciudadanos" que resolverán en el futuro los problemas plan-
teados. Resulta mezquino y poco realista pretender que los
niños de hoy resuelvan mañana los problemas que nosotros
hemos generado. Y parece ciertamente inapropiado cuando
la urgencia de las respuestas es grande. Por eso, la educa-
ción ambiental2 que necesitamos frente al cambio climático,
que empieza ahora a dar sus primeros pasos, deberá dirigir-
se a todos los ciudadanos, contribuyendo a crear escenarios
en los que sea más fácil aprender y actuar para dar respues-
ta a esta grave amenaza.
Imagen cortesía del proyecto Clarity. Es necesario transformar nuestros espacios vitales
para facilitar formas de vida compatibles con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
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Campo de intervención
Ejemplos de iniciativas
Acceso a la información
Creación de bases de datos de acceso público3 Etiquetado sobre emisiones y sobre
eficiencia energética de productos y servicios
Divulgación, sensibilización
Campañas publicitarias, materiales divulgativos
Educación formal
Puesta en marcha de programas para facilitar el trabajo sobre el cambio climático en
las aulas
Formación técnica y profesional
Creación de cátedras de energías renovables, cursos de postgrado y másteres
sobre cambio climático y uso eficiente de la energía
Investigación social
Incorporación de ítems sobre cambio climático a los estudios de opinión y
ecobarómetros.
Investigaciones sobre las representaciones sociales ante el cambio climático
Participación
Creación del Consejo Nacional del Clima4
Puesta en marcha de mecanismos y procesos participativos para el cambio
hacia una nueva cultura de la energía5
Organización social
Creación de redes por el clima6
Bibliografía
CIS (2005). Ecología y medio ambiente. Estudio n.º
2.590. Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid.
Disponible en: www.cis.es
HERAS, F. (2003). Conocer y actuar frente al cam-
bio climático: obstáculos y vías para avanzar. Carpeta
Informativa del CENEAM
, diciembre 2003
Disponible en www.mma.es/ceneam (sección carpeta,
subsección "firmas")
MARSHALL GILMORE, G. (2000). Ten illusions that
must be dispelled before people will act on your glo-
bal warming message. Climate Change Communication.
Proceedings of an International Conference.
Kitchener-
Waterloo, Ontario, Canada, 20-24, junio. 2000
1. Indirectamente, como consumidores de determi-
nados productos y servicios que conllevan emisiones (ali-
mentación, ropa, servicios de ocio...), también tenemos
una cuota de responsabilidad significativa.
2. Siguiendo el Libro Blanco de la Educación
Ambiental en España, podemos señalar cuatro tipologías
de instrumentos dentro de la esfera de la educación am-
biental: información y comunicación; formación y capacita-
ción; participación; investigación y evaluación.
3. Entre ellas, el Registro Estatal de Emisiones y
Fuentes Contaminantes (www.eper-es.com) o el Registro
Nacional de Derechos de Emisión (www.renade.es)
4. Regulado por el Real Decreto 1188/2001
5. Una de las experiencias más interesantes es la
del foro navarro "Sumando energías" (www.crana.org),
activo desde 2003.
6. Recientemente se ha creado la "Red Española de
ciudades por el Clima" como fruto de un acuerdo entre el
Ministerio de Medio Ambiente y la Federación Española de
Municipios y Provincias.
Algunas intervenciones frente al cambio climático desde los campos relacionados con la educación ambiental
QUÉ SE ESTÁ HACIENDO
Ja
vier
Cantero