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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
9
L
a utilización de esta nueva modalidad energética
dio paso a la revolución industrial del siglo XIX. Las
máquinas permitieron un gran progreso. Liberaron a
muchos humanos del trabajo manual, que pudieron
hacer labores más intelectuales. Como consecuencia, en los
últimos 150 años se han asentado las bases del desarrollo
científico (química, física, biología), se ha producido un gran
desarrollo tecnológico (motor vapor, motor explosión, energía
nuclear, conquista del espacio, etc.) y se han mejorado
enormemente las condiciones sanitarias de la población
(vacunas, antibióticos, etc.). Todo ello ha dado lugar a un
aumento muy importante de la esperanza de vida, hasta 75-
80 años, y a un crecimiento demográfico espectacular. Antes
de este período, en la Tierra había cerca de 500 millones de
personas. Ahora ya somos más de 6.300 millones (Figura 1)
y estamos aumentando a un ritmo de 70 millones por año.
¿Estamos ante
un cambio climático?
Joan O. Grimalt y Belén Martrat
Departamento de Química Ambiental
Instituto de Investigaciones Químicas y Ambientales de Barcelona
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
La humanidad, a lo largo de su evolución,
ha conseguido desarrollar usos energéticos
nuevos. A principios del siglo XIX los
humanos aprendimos a obtener trabajo a
partir del calor con la ayuda de máquinas.
Este uso energético, que para muchos de
nosotros puede parecer obvio, no es accesible
a ninguna otra especie viva. Para conseguirlo
es preciso sortear el segundo principio de
la termodinámica, que dice que la entropía
tiende a aumentar en todo proceso
debidamente aislado. Las máquinas que
hemos inventado los humanos permiten
"engañar" a este principio mediante el gasto
de un exceso de energía. En las centrales
térmicas, un tercio de la energía generada en
forma de calor (la proveniente de quemar
cosas) se transforma en electricidad. El resto
se gasta al refrigerar la caldera y todo
el sistema o se pierde por la chimenea.
Se puede aprovechar una parte del calor de
refrigeración para calentar uno o varios
edificios circundantes pero no como trabajo.
En todos los procesos en que se obtiene trabajo
a partir del calor se debe pagar el peaje de
disipar al medio ambiente una gran parte de
la energía producida, que no se aprovecha.
CAMBIO CLIMÁTICO
Figura 1. Evolución de la población humana del mundo
a lo largo de los últimos 6.000 años.
LA FIRMA DE
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10
n.
o
32
Entre estos 6.300 millones, no todo el mundo gasta ener-
gía por igual, porque no todos tenemos el mismo grado de
desarrollo económico. El hombre tecnológico, nosotros, gas-
ta, per cápita, por encima de doscientas veces más energía
que el hombre primitivo.
Este consumo tan elevado puso pronto de manifiesto que
con la madera de los bosques no había suficiente, y se empe-
zó a extraer, en el siglo XIX, el carbón del subsuelo; después,
en el siglo XX, el petróleo; y recientemente, a finales del siglo
XX e inicios del XXI, el gas natural. Hoy por hoy, el 85% de la
energía que gasta nuestra civilización se obtiene a partir de
estos recursos energéticos fósiles. Al gastarlos utilizamos un
recurso no renovable. Este gran consumo de recursos fósiles
ha dado lugar a un aumento importante de CO
2
en la atmós-
fera. En los últimos 150 años, la concentración de este gas
se ha elevado unas 90 partes por millón debido a la acción
humana. Este incremento es equivalente al ocurrido de forma
natural cada vez que nuestro planeta ha pasado de época
glacial a época interglacial (Figura 2). No sólo eso, sino que
la concentración actual de CO
2
(375 partes por millón) es
más alta que la observada en todas las épocas interglaciales
(280 partes por millón) y glaciales (190 partes por millón)
del Cuaternario. El planeta se encuentra en la actualidad en
unas condiciones totalmente imprevistas según la evolución
natural. No existe equivalente de concentraciones tan altas
de CO
2
en la atmósfera en el pasado reciente.
El CO
2
es un gas de efecto invernadero, y por ello genera
un efecto de "manta térmica" en la atmósfera. A mayor con-
centración de este gas, mayor temperatura. Hay otros gases
de efecto invernadero, como por ejemplo el metano, óxidos
de nitrógeno y los freones. Se ha observado un incremento
de la concentración atmosférica de todos ellos a partir de la
revolución industrial.
Los datos de los científicos muestran que, con una proba-
bilidad del 95%, la temperatura media de las últimas décadas
es superior a la observada en los últimos 1.000 años. Como
consecuencia de este aumento (hoy por hoy, del orden de
0,6
o
C), se ha detectado un deshielo generalizado que se
puede identificar fundamentalmente en las montañas, pero
que también se observa en los polos norte y sur. Debido al
deshielo de las zonas continentales y al aumento de tempe-
ratura del agua, el nivel del mar está subiendo. Por ejemplo,
medidas hechas en la costa este de América del Norte mues-
tran un incremento de 25-30 cm en el siglo XX.
A pesar de ello, nos encontramos únicamente en el inicio
del proceso. El Panel Internacional sobre el Cambio Climático
(IPCC, un grupo de estudio que reúne los trabajos de unos
2.000 investigadores de todo el mundo) predice para finales
de siglo niveles de CO
2
entre 500 y 950 partes por millón.
Estos incrementos darán lugar a un incremento de las tempe-
raturas medias entre 1,4 y 5,8
o
C respecto a 1990 y subidas
del nivel del mar de entre 9 y 88 cm.
Estas predicciones, a pesar de su tono apocalíptico,
en realidad no reflejan ningún problema importante para la
naturaleza considerada en su conjunto. Cualquier experto
sabe que los ecosistemas terrestres y marinos siempre han
estado bajo la acción de un clima cambiante y que se pueden
adaptar perfectamente. Sin embargo, los humanos basamos
nuestro desarrollo en el mantenimiento del statu quo climáti-
co. Por ejemplo, si se considera con la perspectiva temporal
adecuada, el avance o retroceso de la línea de playa en unos
500-1.000 metros no tiene ninguna importancia a nivel na-
tural. Sin embargo, a nivel económico sus efectos son enor-
mes. Lo mismo se puede decir de muchos otros fenómenos,
como la nieve de las montañas o la sequía.
Por otro lado, los humanos estamos ocupando espacios
que antes quedaban libres precisamente porque no era se-
guros (por ejemplo, zonas propensas a recibir avalanchas
de lodo en caso de huracanes, etc.). La existencia actual de
colectivos cuyo bienestar depende de la estabilidad de las
condiciones climáticas hace que cualquier cambio o catástro-
fe local pueda provocar efectos devastadores.
Un mecanismo principal en el funcionamiento del clima es
la circulación termohalina. Ésta se debe fundamentalmente a
la acción de la corriente del Golfo, que recoge agua del mar
Caribe, baña parte de la costa este de América del Norte
y transporta calor hacia el margen oeste europeo. Estas
aguas cálidas y salinas provenientes del Caribe, al llegar a
las zonas de plataforma de los mares nórdicos se enfrían
rápidamente, se hielan, el viento aumenta la evaporación de
forma que se tornan muy densas, se hunden y se forman
aguas profundas (a una velocidad de hasta 15 millones de
metros cúbicos por segundo) y se libera a la atmósfera el
calor transportado. Estas aguas pueden llegar a aumentar la
temperatura del aire hasta 10
o
C en las regiones europeas a
donde llega su influencia.
Figura 2. Concentraciones de CO
2
en las épocas glaciales e interglaciales
(sin influencia humana) y nivel actual al que se ha llegado
debido a las emisiones humanas.
Playa de San Antolín de Bedón (Asturias)
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
11
Este mecanismo oceánico, que supone un intercambio de
calor y sal entre las zonas cálidas ecuatoriales y frías de alta
latitud, es típico de los periodos interglaciales. Durante los
periodos glaciales, no era operativo en forma significativa.
La puesta en marcha y parada de la circulación termo-
halina puede ocurrir en intervalos de tiempo muy cortos (de
decenas de años), mediante cambios bruscos. En el pasado,
dichos cambios conllevaron una reorganización del clima en
todo el hemisferio norte. Por ejemplo, en las aguas del mar
de Alborán tuvieron lugar cambios de hasta 6
o
C en interva-
los de menos de 1.000 años (Cacho et al., 1999), a la vez
que ocurrían variaciones equivalentes en las condiciones
atmosféricas de Groenlandia. Se trata de cambios climáticos
a gran escala extraordinariamente rápidos y abruptos.
Recientemente, otro estudio realizado en el mar de
Alborán ha puesto de manifiesto que este tipo de variabi-
lidad climática brusca se produjo también en los períodos
interglaciares. Las oscilaciones de temperatura de las aguas
superficiales fueron de hasta 10
o
C en pocos centenares de
años (Martrat et al., 2004; Figura 3). De acuerdo con estos
resultados, la frecuencia de las transiciones bruscas fue
menor durante el último interglaciar, pero su intensidad fue
significantemente mayor en relación a aquellas acontecidas
durante la época glacial.
Así, la introducción creciente de agua dulce en el mar
del Norte y el océano Ártico debida a la fusión de los hielos
allí presentes puede dar lugar a una dilución fuerte del agua
transportada por la corriente del Golfo y, por tanto, a una
gran pérdida de la densidad del agua que se encuentra a
latitudes altas del Atlántico Norte. Si ello ocurriere, la deses-
tabilización del clima en que vivimos ahora seria enorme, y
el hemisferio norte iría a un episodio glacial que podría durar
unos cuantos miles de años.
En este sentido, observaciones en el Atlántico Norte in-
dican una reciente desali-
nización de las aguas del
mar del Norte y el océano
Ártico y, consecuentemen-
te, una disminución en la
producción de agua pro-
funda atlántica (Hansen et
al
., 2001). Esta situación
acarrearía una reducción
en el aporte calorífico ha-
cia el norte de Europa por
la corriente del Golfo, y
así lo indican observacio-
nes recientes, según las
cuales este flujo se ha po-
dido reducir hasta un 30%
en los últimos 60 años
(Bryden et al., 2005).
Este mecanismo quizá ya
ha actuado como freno al proceso de calentamiento global
desencadenado por los crecientes gases invernadero.
Puede parecer paradójico, pero es posible que debido al
efecto invernadero por el aumento del CO
2
el planeta viviese
otro episodio de glaciación en el hemisferio norte en un plazo
breve de tiempo. Esta información contrasta con el hecho
constatado de que el aumento de los gases de efecto inver-
nadero está dando lugar a un calentamiento del planeta, tal
como ya se puede constatar hoy en día y predice el IPCC.
Sin embargo, la predicción del IPCC se ha elaborado a
partir de la extrapolación de la situación climática actual,
suponiendo que los procesos climáticos esenciales no cam-
biarán a pesar del gran aumento de CO
2
en la atmósfera y
que simplemente tendremos una transición suave hacia la
situación de mayor temperatura atmosférica debido al efecto
invernadero. Esta suposición no se basa en ningún principio
científico; simplemente es la hipótesis más razonable ante la
falta de datos sobre la posibilidad de alteraciones del siste-
ma climático actual.
Figura 3. Comparación del registro de temperaturas atmosféricas de Groenlandia (eje izquierdo, perfil gris claro) y la temperat-
ura superficial de las aguas del mar de Alborán (eje derecho, línea negra) a lo largo de los últimos 125.000 años. Datos a partir
de North Greenland Ice Core Project Members (2004) y de Martrat et al. (2004).
Referencias
Bryden, H. L., Longworth, H. R. and Cunningham, S. A. (2005)
Slowing of the Atlantic meridional overturning circulation at 25
o
N.
Nature 438, 655­657.
Cacho, I., Grimalt, J. O., Pelejero, C., Canals, M., Sierro, F. J.,
Flores, J. A. and Shackleton, N. J. (1999) Dansgaard/Oeschger and
Heinrich event imprints in the Alboran Sea paleotemperatures.
Paleoceanography 14, 698-705.
Hansen, B., Turrell, W. R. and Østerhus, S. (2001) Decreasing
overflow from the Nordic seas into the Atlantic Ocean through the
Faroe Bank channel since 1950. Nature 411, 927-930.
Martrat, B., Grimalt, J. O., López-Martínez, C., Cacho, I., Sierro,
F. J., Flores, J. A., Zahn, R., Canals, M., Curtis, J. H. and Hodell, D. A.
(2004) Abrupt temperature changes in the western Mediterranean
over the past 250,000 years. Science 306, 1762-1765.
North Greenland Ice Core Project members (2004). High resolu-
tion record of Northern Hemisphere climate extending into the last
interglacial period. Nature 431, 147-151
background image
LA FIRMA DE
12
n.
o
32
L
a tibieza con la que se está afrontando este problema
contrasta con la gravedad del mismo, teniendo en
cuenta la capacidad potencial de un cambio de
clima a gran escala para provocar un desastre de
imprevisibles consecuencias si la respuesta no es lineal o
se salta bruscamente a un estado preglaciar (teóricamente
posible e incluso probable según los registros paleoclimáticos).
Sólo esta posibilidad debería hacer que se sometiese a
una profunda revisión nuestro modelo de desarrollo que,
hoy por hoy, no parece compatible con la estabilidad del
entorno. Ante cualquier duda sobre la existencia real de
esta modificación climática puede consultarse la siguiente
dirección web que corresponde al Departamento de Comercio
de la administración norteamericana, muy poco sospechosa
de alarmista y bastante equilibrada en sus apreciaciones:
http://www.ncdc.noaa.gov/oa/climate/globalwarming.html.
El efecto invernadero es el responsable en primera
instancia de que haya vida, tal y como la conocemos, sobre
la Tierra, y el modelo que lo explica está bien validado
físicamente, analizando el balance de la radiación recibida y
emitida por el planeta. Si las condiciones del entorno en el
que actúa se modifican, este proceso natural tiene capacidad
para provocar un cambio climático que se puede estudiar a
través de sus bases teóricas (Modelos de Circulación General
de la Atmósfera, GCM) o analizando la evolución de los datos
instrumentales. Se puede decir en este momento, con poco
margen de error, que la Tierra durante los dos últimos siglos
se encuentra en una fase de calentamiento correlacionado
con un aumento sostenido de la concentración de CO
2
atmosférico en más de un 30% y de otros gases traza,
muchos de ellos nunca presentes anteriormente.
En las últimas décadas, la temperatura media de la
superficie terrestre ha subido 0,6
o
C ± 0,2
o
C. En la
Península Ibérica y Baleares los modelos locales calibrados
y verificados hasta el entorno del año 2050 estiman que la
temperatura media subirá aún 1,5
o
C más. Además, se ha
producido en España un aumento de sucesos extremos de
precipitación; de modo que se han alternado largos periodos
secos con años excepcionalmente lluviosos. En este contexto,
uno de los procesos previsibles es el desplazamiento de la
vegetación, y es en esa dirección en la que hay que estudiar la
mortalidad de árboles y arbustos observada en la Península
Ibérica, ya que ha sido relacionada con diversos episodios
de cambios en variabilidad, estacionalidad y tendencias
climáticas. En consecuencia, la predicción del comportamiento
de la vegetación a medio o largo plazo es un importante
problema científico actual que no debe ser soslayado.
En España, un gran número de especies parecen haber
sufrido una perturbación biótica y abiótica a gran escala,
sobre todo al sur del Sistema Central, donde el género
Quercus ha resultado muy afectado. Para comprender este
fenómeno y preservar la biodiversidad es imperativo el
conocimiento de los límites fitoclimáticos de existencia de
las especies autóctonas.
LA EVOLUCIÓN DEL CLIMA
H
asta hace pocos años, los GCM no contemplaban la incor-
poración de los efectos de los aerosoles y de los océanos,
dando estimaciones superiores a la subida real de las tempe-
CAMBIO CLIMÁTICO
La progresiva implantación de un Cambio
Climático Global es uno de los temas
candentes de la actualidad cuya realidad es
aceptada por sectores cada vez más
mayoritarios, tanto en la comunidad
científica como en la sociedad en general,
hasta el punto de provocar un importante
debate político con implicaciones menos
serias de lo que sería deseable.
Ángel Fernández Cancio*, A., Navarro Cerrillo, R.**, Fernández Fernández, R.**,
Calzado, C.**, Gil Hernández, P.*
* Centro de Investigación Forestal (CIFOR). INIA
** Departamento de Ingeniería Forestal, Universidad de Córdoba
El cambio climático y
la vegetación en Epaña
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
13
raturas. Los modelos AOCGCM (1998), acompañados de un
experimento de simulación climática, HADCM2SUL (1998) y
HADCM3SUL (2001), consideran estos efectos, y los ajustes
actuales se aproximan mucho más a la realidad climática.
El estudio de la evolución del CO
2
atmosférico muestra
una tendencia creciente, por el momento, suavemente acele-
rada, paralela a la subida global de temperaturas. No existen
indicios de que el proceso se amortigüe tendiendo a un punto
de inflexión por la acción de los esperados sumideros de CO
2
(mayor biomasa generada, acumulación de CO
2
en los océanos,
etc.). Por lo tanto, la autorregulación del calentamiento global
es poco probable. La tendencias desde 1980 de incremento
de la temperatura parece ajustarse más a un crecimiento expo-
nencial que a uno lineal, y también se incrementa la pendiente
que se observaba en la fase 1910-1940 y que fue contenida
por el efecto tampón de los aerosoles entre 1940 y 1980. En
todos estos fenómenos, la componente antrópica podría ser
predominante (Figura 2). No se descarta la existencia de un
efecto natural de carácter solar asociado, aunque no pueda
explicar la magnitud del incremento de temperatura registra-
do en la actualidad.
Figura 1. Anomalía de las Temperaturas en el Hemisferio Norte
durante los últimos 1.000 años
Las Maladetas, agosto de 2005, desde Gorgutes
Ricardo
Montón
Figura 2. Tendencia de incremento mundial anual de temperatura media en superficie
relativa al periodo de normalización 1951-1980 hasta el año 2004. Fuente: Goddard
Institute for Space Studies, NASA Goddard Space Flight Center Earth Sciences.
Se observa que el período de estabilización, dada su naturaleza posiblemente artificial,
podría no ser adecuado tomado como periodo de referencia. Un período de referencia
como 1880-1920 aumentaría la anomalía térmica en superficie.
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14
n.
o
32
En España los datos dendroclimáticos del último milenio
indican que hay un recrudecimiento de la alta variabilidad
climática que tuvo lugar en los siglos XVI y XVII, con la
diferencia de que mientras en estos siglos el episodio tuvo
un carácter seco y frío, en este momento es seco y cálido.
En ambos extremos se registra mortalidad de especies
en dehesa, por lo que la variabilidad climática derivada
de sequías siempre tiene una incidencia clara sobre los
ecosistemas. No obstante, los patógenos que actuaron en
el siglo XVI no deben ser los mismos que están actuando en
la actualidad, al menos Phytopthora spp., que parece que se
extendió por España en fecha posterior y que es el agente al
que se le achaca gran parte de los procesos de mortalidad
de carácter biótico. Así, en 1565, según cita de Font Tullot,
se encuentra una ordenanza real que dice "...se iban los
dichos montes disminuyendo en gran número, pues dehesas
que tenían muchos árboles de encinas y alcornoques en que
se engordaban muchos puercos, que ya no tenían ningún
árbol, y otras dehesas que les faltaba la mitad y más de
monte que solían tener de diez años a aquella parte
...".
En estas fechas hubo una perturbación climática notable,
pero ni los patógenos eran los mismos, ni la epidemiología
asociada tampoco. Por otro lado, la dendroclimatología
en todo el Hemisferio Norte indica una caída suave de la
temperatura durante el milenio (Figura 1), que tuvo su punto
álgido en la Pequeña Edad Glaciar (PEG) de los siglos XVI y
XVII. En la actualidad, la subida de temperaturas ya rebasa
la banda superior que registra en el milenio.
Al principio de la aparición del decaimiento forestal
masivo se pensó que se debía a la variabilidad natural
de los ecosistemas mediterráneos, pero actualmente la
continua presión térmica y las secas, sobre todo en el género
Quercus, que aparecen incluso en fases húmedas, pueden
indicar que las modificaciones termométricas antrópicas
están asociadas con estos fenómenos. En lo que respecta a
las variaciones pluviométricas, se desconoce en qué medida
son de origen natural y si son o no reversibles.
Si el proceso fuese natural y con tendencia al calenta-
miento, sería probable que fuese transitorio, reversible y
húmedo sin superar el fondo de 0,5
o
C a 1
o
C, como ha
sucedido en los últimos 2.500 años. Sin embargo, el calenta-
miento global del planeta parece ser sostenido en el tiempo e
irreversible, y es probable que alcance e incluso supere los 2
o
C de incremento térmico en nuestra latitud. Esta posibilidad
es potencialmente muy peligrosa, porque se está actuando
de forma continua y progresiva sobre parámetros que rigen
un sistema muy sensible, la atmósfera, pudiendo desenca-
denar dinámicas no lineales que paradójicamente pueden
concluir en un enfriamiento preglacial brusco y desconocido
en Europa en los últimos 11.000 años.
Las estimaciones del impacto local del cambio de clima
sobre España están actualmente calibradas y validadas con
un error que no supera ±0,2
o
C en la temperatura y un 10%
en la precipitación. Las tendencias locales a medio y largo
plazo podrían ser las siguientes:
A) El horizonte previsto para el intervalo 2021 a 2050
indica que las principales variaciones tienen un carácter esta-
cional, encontrándose diferencias con la actualidad en las
temperaturas; las cuales no parecen que subirán más de 2
o
C
en otoño e invierno en el área suroccidental, con un aumento
medio de temperatura entre 1
o
C y 1,5
o
C. El patrón biogeo-
gráfico de precipitación podría modificase bastante, aumen-
tando las lluvias invernales y primaverales en prácticamente
toda la península entre un 10 y un 40%, quedando el verano
sin grandes cambios y disminuyendo en la Cornisa Cantábrica
un 10% durante el otoño. Así, el patrón medio de precipitación
se mantiene como el actual en todas partes a excepción de
la zona suroccidental, que puede aumentar un 10%, menos el
valle del Guadalquivir, que lo haría en un 20%.
B) El horizonte previsto para el 2081-2099 prevé una
situación que cambia drásticamente, con incrementos tér-
micos que pueden alcanzar en media entre 4
o
C y 5
o
C,
con un aumento de la precipitación invernal que alcanza en
algunos lugares hasta un 60% y una disminución en otoño de
un 30% en otros. Así, el patrón medio mantiene subidas plu-
viométricas en casi toda la península de en torno a un 20%,
a excepción del País Vasco y parte de Cantabria, que sufren
una disminución de un 10%. Sin embargo, este intervalo
temporal parece menos fiable, sobre todo en lo que respecta
a la intensidad y distribución de lluvias.

Estos horizontes locales de trabajo (escenarios) deben
aplicarse a la vegetación para simular la seca y la reforesta-
ción en el año 2050. Se podría analizar un aumento máximo
de 2
o
C a 2,5
o
C según las cuencas hidrográficas y un aumen-
to no general de la precipitación de un 10%-15%, con variacio-
nes estacionales. No parece probable un aumento superior
de temperatura en esta latitud, pero no se debe desestimar
como hipótesis. En todo caso, el límite superior de tempera-
tura no debería rebasar los 4
o
C. En cuanto a la pluviometría,
si nos atenemos a la evolución actual del episodio climático
1980-2006, se observa también una tendencia moderada a
la disminución que quizá ronde en media entre un 5% y un
10%, con modificaciones estacionales muy importantes para
la vegetación, ya que tienden a disminuir las precipitaciones
primaverales y a aumentar las otoñales. La disminución de la
lluvia está bastante de acuerdo con la predicha por los GCM
aplicados al mediterráneo occidental. En cualquier caso, el
episodio de cambio parece lo suficientemente potente como
para que en el presente y en el futuro se produzcan modifica-
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
15
ciones en nuestras estructuras vegetales.
Como la mayor parte del impacto parece estar desenca-
denándose en la actualidad sobre el cuadrante suroccidental
español, donde gran parte del territorio está dedicado a la
dehesa con formaciones esclerófilas, el estudio de la fitocli-
matología de los Quercus mediterráneos puede determinar la
sensibilidad de los mismos ante estos escenarios de cambio.
CAMBIO CLIMÁTICO ACTUAL Y
POSIBLE ASOCIACIÓN CON LA SECA DE LA VEGETACIÓN.
L
os principales episodios climáticos que inciden en la vege-
tación a lo largo de los últimos cuarenta años en España
parecen ser:
- Aumento continuo y progresivo en la atmósfera de gases
responsables del Efecto Invernadero que actúan sobre la
fotosíntesis de las plantas
- Sequías recurrentes desde 1980 hasta la actualidad
inéditas en el milenio, con un máximo en 2005 y una clara
asociación con el decaimiento forestal
- Episodio húmedo anómalo en el milenio en las décadas
de 1960 y 1970, que determinaron que algunas repoblacio-
nes estuviesen fueran de estación o "poco prevenidas" ante
un deterioro climático
- Aumento global sostenido de las temperaturas desde
1980 próximo a 0,8-0,9
o
C o a 0,6 ± 0,2
o
C, según se con-
sidere el período de referencia 1880-1920 ó 1940-1980,
originando un estrés hídrico sostenido en las plantas. Límites
superiores termométricos locales y globales nunca alcanza-
dos desde que se poseen registros meteorológicos, sobre
todo en el intervalo 1990-2006, con ruptura de la estructura
interna de las series temporales termométricas del milenio y
de su capacidad predictiva
- Aumento de las temperaturas medias de las mínimas y
máximas (especialmente de las máximas) con modificacio-
nes en la epidemiología de patógenos y plagas
- Comportamiento anómalo respecto al milenio en los
patrones de distribución espacial de las precipitaciones,
aumentando las otoñales y disminuyendo las primaverales,
con importantes consecuencias en todas las formaciones
vegetales y, sobre todo, en la vegetación occidental que no
posee recursos hídricos en la estación que más los necesita
- Aumento de la variabilidad termopluviométrica interanual
con aparición de cursos anuales inéditos, a veces tan áridos
que resultan infrarbóreos o extrailicinos. Estos procesos
están muy asociados con las secas de la vegetación
- Aumento de la erosión y alteraciones edáficas
- Aparición de olas de calor, sobre todo en 1995 y 2003,
cuyas consecuencias sobre las plantas no son bien conocidas
Algunos aspectos interesantes de esta relación clima-secas
surgen del hecho de que las plantas permanecen inmóviles
y son vulnerables a modificaciones ambientales, expresadas
mediante parámetros fitoclimáticos medibles como son las
temperaturas, precipitaciones y la evapotranspiración o
aridez. Las plantas, a su vez, responden a las condiciones
ambientales adoptando biotipos determinados, modificando su
fisiología y desarrollando hábitos estacionales y fenológicos.
Los límites de los factores fitoclimáticos sirven para estudiar
y simular la aparición de secas.
En el Mediterráneo, el episodio que comienza en el siglo
XX se va transformando en una perturbación que cada vez
tiene más implicaciones térmicas, aunque lo más llamativo y
alarmante haya sido la ausencia de precipitaciones. La apari-
ción de decaimiento y mortalidad era algo desconocido desde
el siglo XVI, en plena Pequeña Edad Glacial, y determina que
el cambio climático se convierta en cambio fitoclimático.
La ruptura de un esquema de vegetación estática en
España está dando lugar a un sistema dinámico que, en
las proximidades de los factores limitantes, se muestra ya
altamente inestable y que, aunque quizá comenzó hace ya
tiempo, no ha sido detectado en gran escala hasta las últi-
mas décadas del siglo XX.
La anomalía en el régimen estacional de precipitacio-
nes, provocada por la alteración del ciclo hidrológico, puede
conducir a la alteración de la composición y estructura de la
vegetación. El proceso de variación estacional, especialmen-
te importante desde 1980, no ha sido hasta la actualidad
objeto de investigación profunda, y parece, sin embargo, de
gran importancia.
El aumento de la variabilidad climática general puede
provocar cambios bruscos en muy poco tiempo, desencade-
nando decaimientos y mortalidad de especies, debido a la
imposibilidad de una adaptación rápida o a alcanzar límites
letales. Son de destacar las secas abióticas aparecidas en
relación con las olas de calor de 1995 y 2003 y que no han
sido bien estudiadas.
En resumen, estamos ante un Cambio Climático Global
sumamente preocupante a todos los niveles y que en nuestra
área de conocimiento se manifiesta mediante alteraciones
en la vegetación natural, expresadas a través de decaimien-
tos y mortalidad en las plantas, que son el preludio de un
desplazamiento general de los cinturones de vegetación y
que amenaza la biodiversidad y la estabilidad de los ecosis-
temas. Los procesos epidemiológicos emergentes, impactos
en la economía rural y alteraciones en los usos del territorio
son el primer aviso de un problema de consecuencias impre-
decibles.
Panorámica de Prado Herrero, Comunidad de Madrid. Las cigüeñas prolongan su extancia en la península Ibérica provocando imágenes como ésta.
Daniel
Díaz
Díaz
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LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
16
n.
o
32
UN PANORAMA PREOCUPANTE
L
os modelos climáticos actuales coinciden en una serie
de modificaciones a corto plazo de los principales pará-
metros meteorológicos cuyo impacto en los ecosistemas
forestales ha de ser muy significativo. Incluso las hipótesis
más conservadoras plantean un incremento generalizado
de la temperatura media global terrestre y la variación en la
distribución y régimen de las precipitaciones, que se concreta
no tanto en las variaciones en la cantidad anual como en la
distribución de las mismas. Los fenómenos meteorológicos
puntuales serán más intensos e irregulares en su cadencia,
lo que en unión de la intensificación y alargamiento de los
periodos secos durante la estación veraniega supondrá situa-
ciones de estrés cada vez más corrientes en el medio natu-
ral. La previsible mayor recurrencia de las denominadas olas
de calor, y una mayor frecuencia en fenómenos meteorológi-
cos violentos de carácter adverso (tormentas, inundaciones,
sequías...) pueden contribuir en gran parte a extremar las
consecuencias de esta situación1.
Estas imágenes de un posible futuro inducen a pensar
que el impacto previsible del Cambio Climático tenga una
especial incidencia en los ecosistemas forestales, tanto
directamente como a través de los diversos elementos que
forman este universo, y entre ellos, las plagas y enfermeda-
des pueden llegar a jugar un papel relevante en la fragmen-
tación de áreas forestales, la rarificación de especies y la
simplificación de la biodiversidad inherente a estos espacios,
coadyuvando en casos extremos a la desaparición de la vege-
tación. Cambio, simplificación y riesgo de desaparición son
consecuencias previsibles a corto y medio plazo
2
.
La presencia de plagas y enfermedades forestales está
indisolublemente asociada a los ecosistemas forestales.
Como un elemento más de la cadena trófica, contribuye,
actuando de forma endémica o epidémica, al proceso diná-
mico habitual y, en particular, al rejuvenecimiento de las
masas. Puntualmente son elementos clave en la sucesión
de formaciones vegetales y pueden utilizarse como un ajus-
tado indicador de la variabilidad climática: la poiquilotermia
inherente a la mayoría de los artrópodos los convierte en
bioindicadores ajustados del clima y sus variaciones
3, 4.
Por tanto, la importancia de las plagas y enfermedades ante
El cambio climático
y la salud de los montes
Gerardo Sánchez Peña
Ingeniero Técnico Forestal y Geógrafo
Dirección General para la Biodiversidad
Ministerio de Medio Ambiente
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
17
una situación de Cambio Climático debe ser analizada en el
ámbito forestal español, a caballo entre la sequedad medite-
rránea, la continentalidad esteparia y la humedad atlántica,
bajo dos enfoques radicalmente diferentes:
- su presencia o ausencia como indicadores de alerta
temprana de variaciones climáticas en el medio
- el impacto asociado al daño que provocan, elemento que
acelera la ruptura del equilibrio planta-sistema y a menudo
enmascara otros agentes precursores o inductores del des-
equilibrio (en este caso, la variación climática).
LAS PLAGAS COMO BIOINDICADORES
DE VARIACIONES CLIMÁTICAS
L
a presencia de plagas y enfermedades endémicas está
íntimamente asociada a ciertas formaciones forestales.
Sirva de ejemplo el caso de defoliadores tempranos como
Tortrix viridana, que están íntimamente asociados al género
Quercus: su eclosión suele coincidir con el desarrollo de las
yemas primaverales en las especies hospedantes. La modi-
ficación del ciclo fenológico anual de la planta puede incidir
en la presencia y abundancia de esta especie, y en su con-
currencia y competencia con otros defoliadores respecto a
los que su ciclo biológico está ligeramente adelantado, como
Lymantria dispar o Catocala spp.
3
.
Del mismo modo, algunos insectos perforadores, como
es el caso de los coleópteros del género Ips presentes en
nuestras coníferas, necesitan el mantenimiento de ciertos
niveles de humedad en la madera decrépita donde se desa-
rrollan sus galerías larvarias y de alimentación
5
. La rápida
desecación del material vegetal inhabilita su detección por
parte de los imagos, que ven reducida su posibilidad de
desarrollo. En estos casos, un primer análisis incluso podría
resultar francamente optimista, ante la previsión de que la
background image
18
n.
o
32
mayor dependencia que tiene un insecto de las condiciones
térmicas del medio hace que sea mucho más vulnerable ante
sus cambios, y por tanto el delicado equilibrio que hace posi-
ble su existencia en niveles óptimos se quiebre, condenán-
dolo a una difícil supervivencia o incluso a la desaparición.
Desgraciadamente, no todo es tan sencillo...
EL IMPACTO DE LAS PLAGAS
ANTE UN NUEVO ESCENARIO CLIMÁTICO
E
l incremento de las temperaturas y el consiguiente alar-
gamiento de condiciones óptimas para el desarrollo de
plagas y enfermedades tienen como primera y más palpable
consecuencia un mayor y más duradero impacto de las pobla-
ciones de agentes nocivos sobre la vegetación de la que se
alimentan. En el ejemplo antes comentado, los perforadores
de coníferas Ips acuminatus e Ips sexdentatus pueden llegar
a completar más de dos generaciones en el año si el movi-
miento de imagos se puede adelantar un mes en primavera y
alargarse durante el otoño por la bonanza térmica
6
. De la
misma forma, defoliadores de espíritu errático e inconstante
como Diprion pini, sometidos al capricho de las condiciones
térmicas pueden desarrollar dos ciclos completos de forma
habitual
7
, con lo que su carácter de plaga explosiva y epi-
démica mudaría a agente nocivo endémico. Y, sin duda, el
mayor de los defoliadores mediterráneos, la procesionaria
del pino, incrementará su área de actuación, al poder subir
en altitud ante inviernos más benignos y colonizar de forma
natural pinares de pino silvestre hasta ahora libres de su
impacto
8, 9
.
En todos estos casos, los insectos no son sino meros
indicadores de las condiciones climáticas, y su impacto
únicamente enmascara el papel jugado por las cambiantes
condiciones climáticas. Frente a ello, los vegetales, someti
-
dos a un continuado estrés hídrico o térmico, se encuentran
repentinamente desplazados de su óptimo biológico y ven
gravemente afectada su capacidad de resistencia ante el
ataque de cualquier agente oportunista.
Ante estas escenas cuasi apocalípticas no podemos olvi-
dar lo que hoy en día es el mayor peligro al que se enfrentan
los ecosistemas forestales en el mundo: las plagas y enfer-
medades que "haciendo turismo" saltan de un continente a
otro, aprovechando el movimiento continuo de nuestra socie-
dad; son los denominados organismos de cuarentena (alien
species
). La combinación de la aparición de estas especies,
fruto indeseado del comercio internacional y de los viajes, con
la presencia de unos hospedantes desprovistos de mecanis-
mos de atenuación del impacto o adaptación, acompañada
de un clima óptimo para el desarrollo del patógeno, tienen
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
19
como consecuencia el desarrollo exponencial de daños ante
los cuales la vegetación no posee apenas defensa. El desa-
rrollo de Lymantria dispar en el continente norteamericano
10
,
la presencia de escolítidos y otros perforadores alóctonos
en cualquier sistema forestal
11
y el desarrollo de síndromes
como la Seca, en el suroeste europeo, o la Muerte Súbita
de los Robles (Sudden oak death) en Norteamérica, donde
interaccionan hongos como Phythopthora y Bothryosphaeria,
bacterias como Brennia, escolítidos y el impacto de conti-
nuados déficits hídricos y olas de calor que impiden la recu-
peración de las reservas hídricas del suelo
12
, plantean un
panorama que en mejor de los casos pasa por la sustitución
de unas especies forestales por otras mejor adaptadas a las
nuevas condiciones, o, en el más pesimista, por la progresiva
fragmentación del hábitat y desaparición de algunas especies
forestales. La preocupante situación del Abies alba
13
en
algunas zonas del Pirineo o de Quercus suber
12
en el cua-
drante suroeste peninsular pueden ser indicadores de este
complejo proceso.
EL EJEMPLO DE LA PROCESIONARIA
L
a procesionaria del pino es sin duda el más importan-
te defoliador de coníferas en el ámbito mediterráneo.
Presenta su mayor actividad alimenticia durante el invierno,
momento en el cual se encuentra en cuarto y quinto estadio
larval. Esta característica es propia de muy pocas especies
de lepidópteros. Debido a ello, uno de los factores más limi-
tantes en su desarrollo lo constituye la temperatura invernal,
particularmente, la temperatura mínima.
Los análisis de la dinámica climática que se están
llevando a cabo en toda Europa indican una tendencia al
alza en las temperaturas medias. La continuidad en la apa-
rición de inviernos suaves puede explicar la expansión en
la distribución geográfica, tanto latitudinal como altitudinal,
detectada en Europa en los últimos años. Varios estudios a
nivel europeo certifican este avance, particularmente apre-
ciable en países como Italia y Francia
14
. A modo de ejemplo
ilustrativo, la "mediterránea" procesionaria ha disfrutado del
clima y la alimentación a base de los pinos belgas durante el
último invierno (2005-2006), con gran sorpresa de la prensa
local, mientras su límite latitudinal norte de actuación ape-
nas superaba Burdeos en los anales de la sanidad forestal
francesa. Incursiones de este tipo son sin duda erráticas,
y las poblaciones que logran ubicarse presentan una gran
fragilidad por encontrarse en el límite de su ámbito, pero a
la vez puede suponer una punta de lanza efectiva en proce-
sos de colonización más duraderos y en la estabilización de
poblaciones.
Y a la vez que la procesionaria del pino coloniza nuevas
zonas, la menor mortandad invernal en las que ya estaba
instalada provoca fuertes defoliaciones. A pesar de que este
defoliador no induce la muerte del árbol de forma directa,
sí provoca disminuciones en el crecimiento, así como en la
producción de piña en los pinos afectados, con las corres-
pondientes consecuencias en su regeneración
3,9
. Esto
constituye un problema añadido en determinadas zonas,
como sucede en las masas de pino silvestre de la montaña
mediterránea, donde sufren de por sí importantes factores
limitantes que disminuyen la regeneración del pinar, como
son la baja producción de semilla, altas predaciones sobre
las mismas y baja supervivencia a los rigores estivales de las
germinadas, así como la presión del ganado en determinadas
zonas. En este sentido, proyectos europeos de investigación
como PROMOTH (Global Change and pine proccesionary),
actualmente en marcha, suponen un nuevo enfoque en el
ámbito de la sanidad forestal y de la gestión de los montes
ante las inquietantes situaciones que se están manifestando
en nuestro entorno.
1 IPCC, 2001: Climate Change, 2001: The Scientific Basis.
2 IPCC, 2001: Climate Change, 2001: Impacts, Adaptation,
and Vulnerability.
3 Romanik N. y Cadahía D. (coord.), 2002: Plagas de insectos
en las masas forestales.
4 Dajoz R., 2000: Insects and Forests.
5 Abgrall J.F. y Soutrenon, 1991: La forêt et ses ennemis.
6 LSF-Aragón y SPCAN-DGCN, 2004: Ensayos de atracción y
captura de Ips acuminatus. In Ecología 18. Ed. MMA
7 SPCAN, 1998-2003: Prospecciones de las poblaciones de
Diprion pini en el pinar de Valsaín: informes Técnicos anuales.
8 Rojo M. y Sánchez G, 2003: Variaciones en el ataque
de la procesionaria del pino en el Parque Nacional de Aigües-
Tortes.1987-2000 (Com. personal)
9 Hodar J.A. et al, 2003: Disrupción de una interacción como
consecuencia del cambio climático: la procesionaria del pino y el
pino albar nevadense. In Actas 7.º Congreso Nacional AEET
10 Global Invasive Especies Database (www.issg.org)
11 IUFRO Units 7.03.07 and 7.03.12: Population dynamic of
forest insects and Alien invasive species and international trade
12 Sánchez G., Tuset J. J. (coord.), 2004: La Seca: el decai-
miento de encinas, alcornoques y otros Quercus en España.
13 Montoya R. et al. (2002): La salud de los montes en los
Parques Nacionales y Centros Forestales.
14 Benigni M., Battisti A. (1999): Climatic change and the
pine proccesionary moth: adaptation of a defoliator to a changing
environmental condition.
Ismael
Muñoz
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LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
20
n.
o
32
Dr. Jaime Bosch
Museo Nacional de Ciencias Naturales, CSIC
Cambio climático
y declive de anfibios
A finales de la década de los 80 muchos
científicos de todo el mundo, de forma
paralela pero independiente, se hallaban
debatiendo la existencia de dos fenómenos
igualmente polémicos: el calentamiento
global del planeta y su relación con la emisión
de gases de efecto invernadero, por un lado,
y el declive global de los anfibios, por otro.
Y es que, en aquellos años, empezaban
a registrarse observaciones puntuales que
indicaban la existencia de ambos fenómenos.
Sin embargo, al tratarse de datos aislados
resultaba poco riguroso afirmar, con base
científica, la existencia real de ambos
sucesos. Las reticencias de muchos
investigadores eran claras: no existían series
temporales lo suficientemente extensas
sobre abundancias de anfibios y, por tanto,
las observaciones puntuales de desaparición
de poblaciones, e incluso de extinción de
especies, sólo podían considerarse casos
puntuales. Por otro lado, los estudiosos del
clima sabían que éste cambia constantemente,
por lo que sin una serie lo suficientemente
larga de tiempo, resultaba imposible
apuntar tendencia alguna. Todavía más difícil
resultaba, a finales de los 80, ligar el posible
fenómeno del cambio climático con
la actividad humana. Hoy en día, sin embargo,
ambos fenómenos han sido suficientemente
constatados, pero el nexo de unión entre
ambos resulta todavía incierto.
Rhinoderma darwini (Chile)
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
21
A
ctualmente, el cambio climáti-
co global es, probablemente,
la mayor preocupación de los
científicos conservacionistas.
Hoy sabemos con seguridad que el
clima del planeta ha cambiado signifi-
cativamente en los últimos 30 años,
dando lugar a un calentamiento gene-
ralizado que, sin embargo, no se ha
registrado en algunas zonas, o incluso
se ha producido en sentido opuesto
en otras.
Por otro lado, el carácter global
del declive de los anfibios resulta ya
incuestionable. El último estudio de la
situación, realizado por la UICN (Unión
Internacional para la Conservación de
la Naturaleza) a través del 0, indica
que casi un tercio de las especies de
anfibios del mundo se encuentran en
peligro, y casi 200 especies podrían
haberse extinguido ya. Pero lo más pre-
ocupante de este informe es, quizás,
que para muchas de las especies que
están en declive ni siquiera se conocen
cuáles son las causas de esta regre-
sión. Y es que son muchas las causas
que están motivando el declive de los
anfibios, y dado que existen otras más
inmediatas, el cambio climático ha reci-
bido en general poca atención.
Por ejemplo, cuando a primeros de
los 90 ya se conocía la desaparición
de al menos la mitad de las especies
de anfibios de la región de Monteverde
en Costa Rica y la extinción de Bufo
periglenes
, se apuntó a El Niño como
posible causa del desastre. Parecía
que, dado que el medio no había sido
alterado, sólo el aumento de la tempe-
ratura y el descenso de la precipitación
que provocaba El Niño podría explicar la
desaparición de las especies, al secar-
se las charcas de forma prematura
destruyendo las puestas. Sin embargo,
no había una explicación convincente
para la desaparición de los ejemplares
adultos y, en cualquier caso, no había
pruebas concluyentes de la implicación
del Cambio Climático en el declive.
Por otro lado, y sin lugar a dudas,
la degradación y pérdida de hábitat es
el principal problema de los anfibios.
Al tratarse de animales muy ligados
al medio y con reducida capacidad de
desplazamiento, cualquier agresión al
medio terrestre o acuático, por peque-
ña que sea, acaba repercutiendo en
sus poblaciones. Por otro lado, sabe-
mos que los anfibios cuentan con
una larga historia evolutiva sobre la
tierra, durante la cual se han producido
cambios drásticos en el planeta. Por
lo tanto, las especies de anfibios que
ahora pueblan la tierra son los descen-
dientes de aquellos que sobrevivieron
a esos cambios y podrían haber adqui-
rido adaptaciones que les permitieran
superar los cambios actuales. La expli-
cación a esta aparente contradicción
radica en la velocidad y en la naturaleza
de los cambios. Mientras que en el
pasado los cambios que se producían
en la tierra se medían en miles de
años, en la actualidad, los cambios
en el medio son increíblemente rápi-
dos. Además, ahora las agresiones al
medio son múltiples y de muy diferente
naturaleza, por lo que adaptarse a
todos estos nuevos retos resulta, sen-
cillamente, imposible. A nivel global,
los anfibios se enfrentan al cambio
climático, la lluvia ácida y el incremento
de radiación ultravioleta. A nivel local,
muchas poblaciones desaparecen por
la destrucción o alteración del medio,
la introducción de especies foráneas,
la contaminación o la muerte directa de
ejemplares. Tal es la rapidez a la que
se producen los cambios en la actuali-
dad, que se ha acuñado el término de
evolución contemporánea para referir-
se a los cambios evolutivos, relaciona-
dos con las actividades humanas, que
tienen lugar en unos pocos cientos de
años. Y es que el hombre es una fuerza
evolutiva de extraordinaria importancia
que motiva tasas de extinción de espe-
cies muy superiores a las observadas
en el registro fósil. Los fenómenos
relacionados con la evolución contem-
poránea son, precisamente, aquellos
que explican la actual crisis de la bio-
diversidad: la degradación y pérdida de
hábitat, la sobre-explotación del medio
y la introducción de especies.
El efecto más inmediato del cambio
climático sobre los anfibios es, sin
duda, los cambios que ha producido
en la fenología de su reproducción. En
Inglaterra, por ejemplo, dos especies
de anuros hacen sus puestas entre 2
y 3 semanas antes de lo que lo hacían
hace menos de 30 años, y 3 especies
de tritones llegan ahora a las charcas
para reproducirse entre 5 y 7 semanas
antes. Este adelanto de la reproduc-
ción está, sin duda, relacionado con
el aumento de la temperatura, y su
consecuencia es que muchos anfibios
ahora están más expuestos a las hela-
das tardías. Este hecho podría explicar
por qué cada vez es más frecuente
encontrar en las charcas un importante
número de ejemplares adultos muertos
al inicio de la estación.
Por otro lado, el aumento de las
temperaturas está provocando en
muchas zonas la desecación temprana
de las charcas y, por tanto, la consi-
guiente muerte de las larvas que aún
no han completado su metamorfosis.
Otras veces, el aumento de la tempe-
ratura del agua provoca un adelanto
en el desarrollo larvario, disminuyendo
la talla de los ejemplares recién meta-
morfoseados, comprometiendo así su
supervivencia.
Por si estos problemas no fuesen
suficientes para los anfibios, en los
últimos años hemos conocido otra
amenaza, quizás aún más preocupan-
Rhinoderma darwini (Chile)
background image
22
n.
o
32
te, que está afectando a los anfibios de todo el mundo.
Cuando están tan de moda las nuevas enfermedades que
afectan a los animales para el consumo humano, hemos
descubierto que también existen enfermedades propias de
los anfibios. Estas nuevas enfermedades son, sin duda,
enfermedades emergentes, como lo son la gripe aviar o la
encefalopatía espongiforme: se trata de enfermedades de
reciente aparición o cuyo rango de actuación se ha incre-
mentado notablemente en los últimos años. En los anfibios,
estas enfermedades son producidas por virus y hongos
específicos que eran desconocidos hasta hace pocos años, y
para las que aún no tenemos una explicación de su reciente
y rápida expansión.
El hongo patógeno Batrachochytrium dendrobatidis es el
responsable del declive y la extinción de numerosas pobla-
ciones y especies en todo el mundo, y aún no hemos sido
capaces de determinar si el cambio climático está jugando un
papel determinante en su incidencia sobre los anfibios.
Se sabe que las condiciones climáticas pueden facilitar
indirectamente las epidemias de enfermedades infecciosas,
e incluso que los cambios climáticos pueden producir brotes
de ciertos patógenos. En el caso particular de los anfibios,
por ejemplo, se ha demostrado que el calentamiento global
de los últimos años está haciendo que en ciertas charcas
someras del oeste de los Estados Unidos baje el nivel de
agua. Al reducirse el nivel del agua, la radiación ultravioleta
tipo B está llegando ahora con más intensidad a las puestas
de los anfibios, y esto hace que aumente su susceptibilidad
ante el hongo Saprolegnia ferax, que produce la muerte de
los embriones.
En el caso de la enfermedad mucho más preocupante
producida por B. dendrobatidis, y conocida como quitridiomi-
cosis, el nexo de unión con el cambio climático podría estar
relacionado con el aumento de la temperatura. Sabemos que
este hongo prefiere temperaturas frescas, pues su óptimo
de crecimiento en laboratorio está entre 17 y 25
o
C. Por
otro lado, el hongo muere tras una semana a más de 29
o
C,
mientras que es capaz de sobrevivir, e incluso crecer lenta-
mente, a 4
o
C.
Tradicionalmente, se ha considerado que la gran virulen-
cia de este hongo patógeno de anfibios se explica porque
éste ha
e n t r a d o
en contac-
to reciente-
mente
con
sus nuevos hos-
pedadores. Las
bajísimas diferen-
cias genéticas encon-
tradas entre cepas de
países alejados apoyan
esta hipótesis. Además, los
análisis de ejemplares de anfi-
bios de colecciones científicas indi-
can que antes de que se produjeran las
mortalidades masivas en amplias zonas del
mundo, el hongo sólo se encontraba presente en el sur del
continente africano. Por lo tanto, la hipótesis más aceptada
consiste en que el patógeno ha sido introducido recientemen-
te y en grandes áreas del mundo, a partir de ejemplares de
Xenopus laevis (rana de uñas africana) criados en granjas
africanas como animal de laboratorio.
Sin embargo, recientemente algunos investigadores han
propuesto otra hipótesis alternativa: el cambio climático
podría ser la causa del aumento de incidencia de la quitri-
diomicosis. La nueva hipótesis de trabajo es que, en deter-
minadas zonas relativamente frescas, la temperatura está
alcanzando ahora el rango óptimo de crecimiento del hongo.
Es decir, según esta hipótesis, el hongo siempre habría
Epipedobates pictus (Perú)
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Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
23
estado presente en las zonas afectadas, y sería el aumento
de la temperatura lo que haría que el hongo resultase letal
para los anfibios en zonas de zonas tradicionalmente poco
calurosas.
Desgraciadamente, no es fácil descartar completamente
ninguna de las dos hipótesis. Nuestro trabajo en España y
en otros países del mundo indica que, sin duda, el hongo
patógeno está más distribuido de lo que cabría esperar, y que
en ciertas condiciones su presencia no parece patogénica
incluso para las especies más susceptibles. Sin embargo,
también resulta difícil pensar que el aumento de las tempe-
raturas puede explicar un aumento tan súbito de la incidencia
del hongo.
En el Parque Natural de Peñalara (Madrid) hemos
podido seguir la incidencia de la quitridiomico-
sis desde que fue detectada hace siete
años. Se trata de un espacio de alta
montaña bien conservado, donde
el medio ha sido poco alterado en
los últimos tiempos y donde, sin
embargo, se ha producido un
episodio grave de quitridiomico-
sis que compromete la super-
vivencia de varias especies de
anfibios. El análisis que hemos
realizado de las condiciones meteo-
rológicas antes y después del brote de
quitridiomicosis indica sin duda que las con-
diciones ambientales han variado en la zona:
cada vez hay mayor número de días soleados,
las temperaturas bajas se han moderado y los
inviernos cada vez son más cortos. Sin embargo,
la incidencia de la quitridiomicosis en la zona no se
registró en la forma gradual que cabría esperar. Con anterio-
ridad a 1997, nunca se observaron ejemplares muertos en
la zona sin causas evidentes, mientras que a partir de 1997
los ejemplares muertos de Alytes obstetricans (sapo partero
común) se contaban por miles, hasta su casi completa des-
aparición en la actualidad.
Así, en el caso de Peñalara, y en otros muchos casos
conocidos, resulta muy difícil creer que el cambio climático,
por si solo, haya podido incrementar drásticamente la viru-
lencia de este hongo o provocar su rápida dispersión. Parece
sensato pensar que, aunque las condiciones ambientales
puedan desde luego modular la aparición o la incidencia de
la enfermedad, la epidemiología de éste y otros casos en el
mundo sólo puede explicarse con la introducción rápida del
patógeno en el medio. Por otro lado, el cambio en las condi-
ciones ambientales de la zona podría ser el responsable de
la llegada del patógeno. En Peñalara, por ejemplo, la sua-
vización de las condiciones invernales de los últimos años
podría ser la causa de la increíble expansión de la rana verde
común (Rana perezi). Esta especie, más típica de zonas
bajas, y muy resistente a la infección fúngica, ha conseguido
colonizar las zonas altas del Parque, y es posible que con
ella el hongo patógeno haya llegado a zonas donde antes no
estaba presente.
Por desgracia, probablemente deberemos esperar algunos
años más para llegar a conocer, con rigor, cuál es el papel del
cambio climático en el declive de los anfibios. En la actuali-
dad, y siendo rigurosos, sólo podemos decir que el cambio
climático es uno de los muchos factores que están motivan-
do el declive de los anfibios. Sin embargo, lo que también hoy
podemos afirmar es que el cambio climático será,
en un futuro inmediato, probablemente
la amenaza más seria a la que
deberán enfrentarse los anfi-
bios en gran parte
del Planeta.
Salamandra salamandra (Galicia)
Chioglosa lusitanica (Galicia)
background image
LA FIRMA DE
CAMBIO CLIMÁTICO
24
n.
o
32
Insectos y cambio climático
Sensores de alarma
José González Granados1
Ingeniero Técnico Forestal
Botánico del Parque Regional del Sureste. Comunidad de Madrid
José Luis Viejo Montesinos1
Catedrático de Zoología de la Universidad Autónoma de Madrid
Presidente de la Real Sociedad de Historia Natural
Carlos Gómez De Aizpúrua1
Científico experto en Ciclos Biológicos de Lepidópteros
INTRODUCCIÓN
E
n los últimos años se ha detectado un cambio en las
variables climáticas motivado por factores biofísicos y
humanos. La respuesta de los sistemas biológicos a los
vectores de cambio (aumento de la temperatura media y con-
centración de CO2, cambio de los patrones de precipitación y
aumento de la rigurosidad y frecuencia de eventos climatoló-
gicos extremos) ha sido experimentada por los distintos nive-
les de organización -ecosistema y comunidad, población e
individuo- de los sistemas biológicos de ambientes acuáticos
y terrestres. También los procesos ecológicos son influidos
por el cambio climático y determinan, junto a la capacidad
de adaptación, los efectos que los cambios generan sobre
la estructura y función de los sistemas biológicos (LORENTE
et al., 2004).
Estudios científicos indican que el cambio climático ya
está teniendo efectos sobre la biosfera. Recientes revi-
siones y metaanálisis de la gran cantidad de información
científica disponible indican que, en la actualidad, existen
claras evidencias de que el cambio climático está teniendo
efectos sobre especies animales y vegetales y sobre los
ecosistemas (HUGHES, 2000; WALTHER, POST, CONVEY,
MENZEL, PARMESAN y BAIRLEIN, 2002; ROOT, PRICE, HALL,
SCHNEIDER, ROSENZWEIG y POUNDS, 2003; PARMESAN y
YOHE, 2003).
En el año 2000, el Dr. Hughes definía cuatro categorías
con los cambios más sobresalientes a los que tendrán que
enfrentarse los animales y plantas afectadas por el cambio
climático:
· Cambios fisiológicos (fotosíntesis, respiración y
crecimiento).
· Cambios sobre la distribución geográfica (tendencia
de algunas especies a desplazarse hacia mayores altitu-
des o latitudes (hacia los polos).
· Cambios fenológicos (alteración del ciclo de vida por
efecto de fotoperíodo, horas de frío, etc.).
· Cambios de adaptación (cambios microevolutivos
in situ).

Las especies que no logren responder de alguna de
estas maneras (aquellas con rangos de tolerancia estrechos,
de distribución restringida o sin mecanismos de dispersión
adecuados) tenderán a desaparecer por estrés fisiológico
(ELIZONDO, TENA, LÓPEZ y MÁRQUEZ, 2001). Los cambios
fisiológicos, fenológicos, de distribución y la adaptación
in situ afectarán las relaciones interespecíficas actuales
(HARRINGTON, WOIWOD y SPARKS, 1999), lo que a su vez
desencadenará más cambios en la distribución, así como la
extinción de otras especies, dando lugar a notables cambios
en la estructura y composición de las comunidades. Se esti-
ma que uno de los efectos más graves será la extinción de
especies, y con ella, el empobrecimiento de la biodiversidad
y el deterioro de los procesos ecológicos que mantienen el
funcionamiento de los ecosistemas actuales.
Desde hace poco más de dos décadas se han publicado
numerosos estudios sobre las posibles respuestas de los
ecosistemas al cambio climático. Enmanuel et al., 1985, y
Peters y Darling, 1985, fueron de los primeros autores en
abordar el tema y en indicar que el cambio climático podría
background image
Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales
25
originar grandes cambios en la distribución geográfica de
biomas y extinción de especies. Cada especie responde
de manera particular y sus respuestas afectan a su vez al
resto de los componentes del ecosistema (BAZZAZ, 1996;
HOBBIE, SHEVTSOVA y CHAPIN, 1999). De las especies que
están experimentando cambios en su distribución geográfica,
la mayoría, un 80%, se desplaza hacia los polos (6,1 km
por década) o hacia las partes más altas; algunos eventos
del ciclo de vida como la floración de las plantas y ovopo-
sición en insectos se están presentando más temprano en
primavera, 2 ó 3 días por década, lo que se correlaciona
directamente con un aumento en la temperatura mínima
local (MONES, PETERSON, SHETLER y ORLI, 2001). Por otra
parte, en los mapas predictivos de la distribución futura de
los bosques ibéricos que ya se están proponiendo (BENITO
GARZÓN, 2006), se aprecia una marcada reducción de
las áreas potenciales de las diferentes especies
forestales.
Una buena cantidad de estudios en
Europa y en América del Norte han repor-
tado tendencias fenológicas que muy
probablemente reflejan respuestas al
reciente cambio climático y provocan
graves problemas de desincroniza-
ción biológica. Entre los efectos más
comunes se hallan aquellos relacio-
nados con actividades propias de
la primavera, tales como floración
más temprana de plantas, ade-
lanto en el canto, en las puestas
y en los procesos de migración
de aves, aparición temprana de
mariposas o desove y coros antici-
pados en anfibios. Estos cambios
han ocurrido progresivamente des-
de los años 60 (GIAN-RETO et al.,
2002; HUGHES, 2000).
EFECTOS DEL CAMBIO CLIMÁTICO
SOBRE LA FAUNA ENTOMOLÓGICA
L
os insectos son los animales con
más éxito sobre la Tierra, pero a la
vez los más sensibles a cualquier cambio
que afecte al medio natural en el que se des-
envuelven. La enorme diversidad de especies
diferentes que reúnen (más del 50% de todos los
seres vivos conocidos, incluidos animales y vegetales,
son insectos), les proporciona una especial relevancia en el
reino animal, por lo que desempeñan un papel esencial en
todos y cada uno de los ecosistemas del planeta. El mayor
beneficio que prestan los insectos es su encomiable labor
de mantener el equilibrio necesario en cada ambiente, y,
sobre todo, el sostenimiento de las cadenas alimenticias y
la polinización vegetal.
Su pequeño tamaño y capacidad de volar les permite
acceder a casi todos los hábitats y microhábitats, tanto
terrestres como acuáticos, que se conocen. La mayoría de
los insectos son magníficos sensores de alarma y excelen-
tes bioindicadores del estado de salud ambiental de cada
ecosistema. Su estudio, catalogación y seguimiento de sus
poblaciones, desde un punto de vista tanto cualitativo como
cuantitativo, aportan a los científicos los datos necesarios
para desarrollar distintos modelos de seguimiento ecológico
de cada hábitat. Las respuestas de organismos y de ecosis-
temas al cambio climático son tan variadas y complejas como
los ecosistemas mismos.
Si bien de momento no existen estudios concretos
que demuestren una relación directa causa/efecto entre el
previsible "Cambio Climático" y la pérdida de biodiversidad
entomológica que se ha experimentado en los últimos 50
años, sí se tiene constancia de la evolución que han seguido
numerosas especies de insectos, al igual que ocurre con la
fauna de reptiles, anfibios, aves y mamíferos. Es un hecho
constatable que muchas especies de insectos han sufrido
un descenso importante en sus poblaciones, cuando no
han desaparecido por completo, de extensas áreas natura-
les donde antaño eran habituales. En unas pocas
décadas, muchos táxones han pasado de
tener una categoría biológica de especies
comunes a raras o extintas. Las cau-
sas no están claras, aunque a las ya
habituales: deforestación, contami-
nación, uso desproporcionado de
toda clase de biocidas, abandono
de los usos agrícolas tradiciona-
les, ampliación de la red de carre-
teras, fragmentación del territorio,
etc. habrá que añadir un aumento
de las temperaturas generalizado
y una disminución de las precipi-
taciones con un incremento de la
irregularidad de las mismas. En
"petit comité", la sensación de
nuestros colegas científicos es la
misma que la nuestra. Todos nos
preguntamos: ¿Qué está pasando
con los insectos? ¡No es posible
que en pocos años se hayan perdi-
do tantas especies otrora abundan-
tes! ¡Algo se nos escapa!...
La mayor parte de las especies
de insectos están asociados a unos
intervalos térmicos, de humedad y de
radiación, relacionados con su fenología y
fisiología. Como consecuencia del aumento
de la temperatura y la variación en el reparto de
las precipitaciones asociadas al cambio climático,
numerosas especies van a ver modificado su hábi-
tat, aumentando o disminuyendo su ámbito de distribución
(LORENTE et al., 2004). Las respuestas individuales de las
especies al cambio climático pueden desorganizar sus in-
teracciones con otras del mismo o adyacente nivel trófico,
y es posible que cambios rápidos en el clima o eventos
extremos puedan alterar la composición y estructura de las
comunidades (PARMESAN et al., 2000).
Los ciclos biológicos de la mayoría de los insectos son
muy sensibles a cualquier cambio, pero también los periodos
de adaptación a nuevas condiciones que necesitan algunas
especies son mucho más cortos que en otros animales de
mayor complejidad. En todo caso, las curvas de población
de muchos insectos pueden experimentar aumentos o des-
censos en un tiempo muy corto, y así pasar de raras a abun-
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26
n.
o
32
dantes o viceversa en pocos años, sobre todo en especies
oportunistas y en las consideradas plaga.
Con el propósito de determinar la certeza de este tipo
de predicciones, Samways et al., 1999, trabajaron con mari-
quitas (Coccinellidae: Chilocorus spp.), con la conclusión de
que sólo para el 26,7% de las especies analizadas se podían
predecir cambios con el 100% de certeza, lo que alerta de un
cierto error asociado a este tipo de estudios. Aunque es muy
probable esperar que estudios semejantes con otras familias
de insectos fitófagos y mejor conocidas, como por ejemplo
los Lepidópteros, se obtengan porcentajes muy superiores a
los publicados por Samways.
Es un hecho que los cambios producidos en el comporta-
miento y distribución de insectos no solo afectan a España,
el país con una mayor diversidad entomológica de toda la
Unión Europea:
· En la Sierra de Guadarrama, los senderistas mar-