Pág. 2 - EDITORIAL
Pág. 4 - COLABORACIONES TÉCNICAS
Pág. 166 - REPORTAJE
Los pinos forman parte importante de la etnobotánica española por un vínculo histórico con sus habitantes. En etapas de baja intervención antrópica, los pinares apoyaron la economía, cubrieron necesidades materiales, aumentaron su acervo cultural y generaron un sentimiento espiritual. Sin embargo, la acción humana propició una regresión documentada desde la Antigüedad, hasta infravalorar un legado identitario, que es clave para la resiliencia ambiental por su diversidad intraespecífica; cualidad que dota a sus poblaciones de capacidad para responder a cambios ambientales. La controversia debida a su uso masivo en las repoblaciones de la época franquista derivó en una valoración negativa e injusta. Este determinismo sociológico provocó un rechazo contemporáneo en la ciencia y la sociedad, sectores que ignoraron su trayectoria histórica. Su valoración etnobotánica contribuye a recuperar una relación cultural notable y permite reivindicar un patrimonio natural que, más allá de la política, define nuestra propia historia.
INTRODUCCIÓN
Los sistemas forestales han constituido la base de la subsistencia y evolución humana. El dominio del fuego supuso un avance vital para nuestra especie: su control proporcionó calor, luz y protección contra depredadores, además de facilitar la digestión mediante la cocción de alimentos y la absorción de nuevos nutrientes. En este punto el ser humano comenzó, como indica Pyne (1998) a «cocinar el planeta». En simetría al crecimiento demográfico, aumentó la presión sobre las selvas a través de incendios antrópicos que iniciaron
el «Piroceno» (del griego pyr, fuego; Pyne, 2021).
Mediante el uso del fuego, el retroceso forestal habilitó terrenos para la caza, el cultivo y el pastoreo. El último afectó especialmente a los pinares, cuya vulnerabilidad reside en su incapacidad para rebrotar tras un incendio si va seguido de pastoreo. Hasta entonces, estas masas forestales habían sido el motor del desarrollo —desde la construcción naval hasta la producción de pez y carbón—, dejando una huella indeleble en la cultura.
La relación ser humano—pinares se conoce mediante disciplinas diversas. España, segundo país más montañoso de Europa, tiene algunas huellas lingüísticas propias. Una es la voz ‘empinado’ (en catalán, ‘empinat’), que carece de equivalencia en otras lenguas románicas, pues se debe a la presencia del pino en las vertientes más abruptas de las cordilleras, con unos suelos rústicos impropios para árboles más exigentes. El término procede del prefijo en- (adaptado a em-, ante una ‘p’), con el significado “sobre”, aplicado al sufijo latino pinus,
en su colectivo pinetum.
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