Pág. 2 - EDITORIAL
Pág. 4 - COLABORACIONES TÉCNICAS
Pág. 166 - REPORTAJE
Los robles han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos como símbolo de fortaleza y vínculo con el mundo natural. En numerosas culturas europeas fueron considerados árboles sagrados y espacios de reunión, desde los bosques rituales celtas hasta los grandes robles donde los pueblos germánicos celebraban asambleas. Su fruto, la bellota, fue un recurso esencial para pueblos prehistóricos y siguió utilizándose como alimento en épocas de escasez. Además de su valor simbólico, los robles han sostenido economías tradicionales mediante la producción de carbón vegetal, la gestión de montes bajos y sistemas agrosilvopastorales como las dehesas, donde la bellota continúa siendo clave para la ganadería extensiva. También desempeñan un papel esencial en actividades de alto valor añadido, como la elaboración de barricas que mejoran vinos de calidad y la producción de trufas muy apreciadas en la alta cocina, reflejando así la profunda interdependencia entre robles y sociedades humanas.
La humanidad ha establecido una estrecha relación con los robles, profundamente arraigada en el folclore, la mitología e incluso la religión de numerosas culturas. En el conjunto de las culturas indoeuropeas las diferentes especies de roble (Quercus spp.) aparecen como árboles dotados de una sacralidad excepcional, muy probablemente asociado a la longevidad, la firmeza y la mediación entre el mundo humano y el celeste. Sin constancia aún en la mitología conocida, pero interpretando evidencias arqueológicas, Out (2017) concluye que las poblaciones asentadas en diferentes localidades de los Países Bajos durante el Neolítico mostrarían una clara preferencia por el roble en contextos funerarios, mientras harían un uso oportunista de los taxones leñosos más abundantes en su entorno para funciones más comunes. Esta selección, alejada de la que correspondería a una simple cuestión de disponibilidad del recurso, parece sugerir una voluntad expresa para ceremonias de alto significado espiritual. Su prominencia ecológica —altura, resistencia al fuego, longevidad— se proyectó en un sistema simbólico compartido que vincula el roble con la soberanía, el rayo y la protección comunitaria
(Cusack 1999).
En la mitología clásica, el roble fue un árbol especialmente sagrado para Zeus y Júpiter, los dioses supremos de griegos y romanos: dos tradiciones distintas, pero un mismo árbol venerado. En la antigua Dodona, uno de los oráculos más antiguos de Grecia, los sacerdotes interpretaban la voluntad de Zeus escuchando el susurro del viento entre las hojas de un gran roble sagrado. De manera similar, en la religión romana, los robles estaban consagrados a Júpiter y simbolizaban fuerza, longevidad y la conexión entre la tierra y el cielo. En ambos contextos, el roble era un símbolo vivo del poder celestial de Zeus y de Júpiter, capaz de transmitir, a través de su presencia imponente y su relación con el rayo, la voz de los dioses.
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